En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 37

La voz de Amanda se distorsionaba en el telefonillo. Al principio, algo se adueñó de mi estómago, haciendo que se volteara a su voluntad, después, como si una ira inmensa se hubiera adueñado de mí, odie a aquella mujer por hacerme esperarla con entusiasmo.

– He traído sushi, espero que te guste.
– La verdad es que ya he cenado y me iba a la cama.
– Mejor, así puedo comerlo sobre tu cuerpo.

Me encontraba totalmente descolocada, pero Amanda había despertado un deseo fetichista desconocido para mí. Nuestras relaciones sexuales solían ser divertidas, pero nada fuera de lo común, y esa loca idea de cubrirme de arroz pegajoso y pescado crudo, no sabía si entraba dentro de mis fantasías.
Me llevó a mí y a la bandeja hasta la habitación. Posó ésta sobre la mesilla, y comenzó a desnudarme, acariciando cada parte que la ropa abandonaba, haciendo que mis hormonas se sintieran completamente locas. No contenta con esto, me echó sobre la cama, abrió mis piernas lentamente con sus manos, se arrodilló en el suelo, y comenzó a besarme y a realizar círculos concéntricos en mi ya expectante clítoris. Yo sujetaba el edredón con fuerza, intentando no salir volando. No había sido tan ágil ni tan paciente en otras ocasiones, pero esta vez, se había transformado en una maestra del cunnilingus.
Después de haberme llevado muy cerca del clímax, cesó en su empeño de pulirme, y fue subiendo, sin despegar su lengua de mi cuerpo. Me besó con ganas, unas ganas inusitadas, inesperadas. Se apoyó en sus brazos, posando su pelvis sobre la mía, logrando que volviera a contraerme. Se sentó sobre mí, y noté sus ganas en mi piel. Cogió la bandeja, y, como si se tratara de un plan maestro, comenzó a colocarme el sushi sobre zonas estratégicas. Yo no quería que comiera aquello, deseaba que me comiera a mí, pero Amanda no tenía eso en mente, y comenzó a rociarme con salsa de soja. El contraste de temperatura hizo que gimiera.
Poco a poco, el dichoso arroz fue desapareciendo de mi cuerpo. Me sentía pegajosa, húmeda, ansiosa, Amanda lo sabía, por eso, mientras tomaba los últimos pedazos, introdujo sus dedos en mí.
Podría intentar explicar el resto, pero mi memoria solo recuerda lo exhausta que terminé. Sé que tras esto, una ducha consiguió robarme un par de orgasmos más. Ambas terminamos dormidas, sin haber abierto la cama, con la luz encendida, con su pierna sobre las mías, su mano en mi pecho, y su boca rozando mi cuello.
Fuimos juntas al estudio. Manuel me recordó nuestra cita de aquella tarde, pero yo solo pensaba en repetir cada momento junto a Amanda. La quería, la quería tanto que hubiera hecho lo que fuera porque su película fuera un éxito. Quizá ella lo leyó en mi mente, y propuso, en una de las miles de lecturas de guión, un desnudo integral mío, no pude negarme, ya lo había hecho antes, y, aunque mi caché hubiera cambiado, no me importaba hacer una escena así.
Manuel resultó ser un hombre divertido. Mi idea era tomarme una caña y largarme, pero él se conocía los sitios más alucinantes de Madrid, pequeñas tascas que predicaban lo de dar de beber al sediento y de comer al hambriento. La conversación era amena, era distinto a otros actores, ególatras y monotemáticos, Manuel me habló de viajes, de mitología, de amor; se abrió a mí como si me conociera de toda la vida. Además, era todo un caballero, que me acompañó hasta casa.
En la puerta, una desencajada Amanda nos miraba mientras nos acercábamos, enhebrados por el brazo.

– ¡Vaya horas de volver!
– Mira, mamá nos espera con la zapatilla en la mano -dijo Manuel.

Amanda fue directa a besarme, y yo, de forma impulsiva, me eché hacia atrás.

– No me digas que ahora te has vuelto bi.
– No, pero ya sabes que en la calle no puedo.
– Uis, me encanta que estéis juntas. Podemos quedar un día los cuatro.
– ¿Quién es el cuarto invitado?
– Cuando encuentre a uno te lo digo.

Resultó que Manuel, el motivo de mi absurdo enfado, era gay, y yo idiota. Él se fue, y Amanda y yo subimos a mi casa, a disfrutar nuevamente de los placeres carnales. Si seguía durmiendo dos horas cada día, caería enferma, pero con una gran sonrisa en mis labios.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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