En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 36

Los días que no tenía que ir al “Fula”, los pasaba en un estudio, repitiendo una y otra vez cada frase del guión, y Amanda diciéndome que le pusiera más sentimiento, como si fuera tan fácil ponerse en el papel de una lesbiana reprimida, a la que abandona su novio por un tío, termina trabajando en un bar de ambiente tras volverse homófoba, y que está colocada por todas las drogas que le da su psiquiatra.

– Sandra, ¿podemos hablar en privado?

Eso siempre acojonaba. Amanda me llevó hasta una pequeña sala con cortinas de láminas que hacía de su despacho. Encendió la luz, cerró la puerta y eliminó toda posible visión del exterior.

– Me ha comentado Manuel que no te muestras muy receptiva con él -dijo mientras se sentaba en una mugrienta silla.
– ¿En qué sentido? Porque si me estás pidiendo que me acueste con él, ya me puedes echar.
– No. ¿Cómo crees que soy? -recapituló y su tono se volvió más comprensivo-. Sandra, si esto es por nosotras, te aseguro que no tiene nada que ver. No pretendo putearte, solo quiero que vuestras escenas, vuestra complicidad parezcan reales. Sabes que te tengo una gran estima.
– Intentaré quedar con él, y conocerlo un poco mejor.
– Gracias. ¿Cómo te va de camarera?
– Bien, aunque te hace darte cuenta de lo que piensan de ti los demás.
– Subida en un pedestal no se escucha mucho. Pero no hagas caso, tú sabes cómo eres, yo sé cómo eres, eso es lo que importa.
– No creo que tú sepas cómo soy. Me volví una paranoica contigo por una gilipollez -en aquel momento me hundí-. Te echo de menos.
– Sandra, para mí tampoco es fácil, pero es así. Yo no puedo estar con alguien que no acepta como soy.
– Te acepto, y lo respeto, y lo comprendo, y lo que necesites. Pero lo que yo deseo es que me agarres de la cintura, me encamines a tus labios, que tus mano se cuelen por debajo de mi falda, que me jadees al oído, y que todo vuelva a ser como era.

No me dio tiempo a mucho más, y cuando quise darme cuenta, había hecho yo todo lo que le pedí. Ella estaba sobre una mesa en la que podía haber estudiado Matusalén, semidesnuda, disfrutando de mí, juntas. Yo comencé como siempre, acariciando sus muslos, esos que adoraba besar, introduciendo mis dedos en su cuerpo, mientras mi otra mano se regodeaba en su vientre, en sus pechos. Poco a poco le iba llevando por donde quería, aunque Amanda se revolvía para ser ella la que sintiera mis adentros, cosa que no permití. Después de no mucho tiempo, sus gritos me alertaron de que no podía más, de que ya era suficiente.

– ¿Y tú? -me preguntó con un hilillo de voz.
– Lo podemos hablar luego.

Ella sonrió, comenzó a recomponerse, y ambas salimos de allí como si nada hubiese pasado. Yo seguí su consejo, y quedé con Manuel para la tarde siguiente, esa, esperaba que Amanda me hiciera una visita y pudiéramos reconciliarnos.
Esperé con ansia su llegada. Me puse mi mejor traje de noche (un vestido de satén, que no ayudaba precisamente a conciliar el sueño), abrí una botella de vino, ordené la casa, y deambulé como una loca por el salón. Las horas iban pasando, y por más que me asomaba al balcón, no veía que ella apareciera. Si mi corazón ya se había acelerado después de nuestro encuentro, en ese momento sentía que podía explotarme.
Llegadas las diez, di toda posibilidad por perdida. Amanda no vendría, y yo tendría que hacerme a la idea de ello. Me preparé una tortilla francesa, me puse una copa de vino, y me senté delante de la tele, a ver alguna de esas series que llaman comedia y nunca me hicieron gracia. Me sentía defraudada, incluso sucia por haberle regalado todo lo que llevaba dentro, y que ella lo tirara así a la basura. ¿Cómo debía comportarme con ella en los rodajes? Aún tenía tiempo de renunciar al papel, ya miraría cuánto me costaría, las cláusulas están para romperse, y yo no deseaba tener que lidiar con ella, aunque eso supusiera la pérdida de muchos contratos, el tener que volver a ganarme el respeto de las productoras. Me daba igual, en ese momento la odiaba con toda la fuerza que había en mis mandíbulas y en mis rechinantes dientes.
El timbre sonó sobre las once, sin duda alguien que se equivocó de piso, sin duda era yo la que estaba equivocada.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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