En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 35

Amanda era de la línea americana, hacía una preproducción de casi un año, y eso terminaría conmigo. Aunque a mí solo se me exigió la lectura repetitiva de guiones y tener que trabajar en un bar de copas. Yo ya fui camarera cuando dejé la casa de mis padres, pero, al parecer, aquel proceso era fundamental, y discutir con Amanda no entraba en mis planes.
Producción se encargó de buscarme ese trabajo no remunerado, sería camarera en el Fulanita. Un bar que formó parte de mi juventud, que me vio besarme con algunas chicas, más de las que yo era capaz de recordar, aunque creo que no eran tantas, las hormonas exageran la imaginación.
Me presenté el jueves a las seis. Una chica monísima, con el pelo largo, y un corte moderno, con una camiseta de los Ramones, y unos pantalones muy ceñidos, me recibió. Me contó cómo funcionaba el local, y no solo el servir copas y cobrarlas, también el sonreír, dar charla a la clientela, y demás relaciones públicas.

– Cuanto más simpática seas, más vendrán a pedirte, y más se gastarán.
– Haré lo que pueda.
– ¿Sabes que este es un sitio de ambiente?
– Sí, claro. Lleva años abierto, creo que es de los más longevos.
– La gente se siente cómoda, y eso me gusta. Haz que se sientan así y todo irá bien.

No se había hecho público mi trabajo en el local, la cuestión era que fuera lo más normalizado posible. Tuve que cambiarme de nombre, y las chicas decidieron que Lena era un nombre bueno. A mí no es que me resultara feo, pero no es un nombre muy común en España.
Subimos, y el bar tenía ya bastante gente, tomando cafés, cervezas, copas. Su nuevo horario ampliado, hacía que te encontraras todo tipo de gente por allí, desde heteros hasta jovencitas que debían volver pronto a casa.
No tardaron mucho en preguntarme si yo era Sandra, a lo que respondí con mi mejor sonrisa que no, que me lo decían mucho. Alguna respondió: “Tía, ¿cómo va a ser ella? Esta sonríe y está buena, la Sandra esa tiene una pinta de gilipollas que no puede con ella”.
Me encantó poder relacionarme con todas ellas sin el estigma de la fama. Ligué, ligué mucho; no solo me hice con números de teléfono, sino con distintas proposiciones más o menos suaves.
Al principio, hubiera preferido no tener que pasar por eso, no tener que cambiar mi look, no tener que currar cada fin de semana; pero le cogí el gusto en cuanto me enteré de los precios, de los tickets, de cómo tratar con la clientela, y cómo es volver a ser alguien anónimo.
Terminó mi primera noche, me querían mandar a casa, pero creo que si tenía que aprender cómo funcionaba el mundo de la noche, lo menos que podía hacer era rellenar las cámaras. Tras eso, una ronda de cubatas nos hidrató la cuerdas vocales, aunque esa noche bebí más agua de la que tomé en toda mi vida.

– Bueno, Lena, ¿qué tal tu primer día?
– Me lo he pasado genial, aunque dudo que pudiera hacerlo siempre. Tienes que terminar con la cabeza como un bombo.
– Pero también tiene su parte buena, ligas como nadie.
– No creo que tú tengas que trabajar aquí para ligar mucho.
– Oye, si me estás tirando los trastos, yo los recojo.

Lo de Amanda estaba muy reciente, pero esa chica me gustó mucho. Me llevó a desayunar a un bar en Alonso Martínez, y luego me condujo de una forma sutil hasta su casa. Allí tomamos otro café, puso algo de música y, sin aviso previo, me vi rodeada por sus brazos, desnudada por sus dedos, recorrida por sus labios. No fuimos a ninguna cama, ni el sofá acompasó los movimientos pélvicos, el máximo apoyo fue al final, en el suelo de madera mal alineado, y que dejó más arañazos en mi espalda que sus uñas.

– No sé qué dicen los famosos después del sexo.
– Yo tampoco, ahora soy Lena.
– Si te soy sincera, nunca me gustaste. No sé por qué, estás muy buena, pero pareces tan borde en la tele. Mis amigas te tienen de fondo de pantalla. Yo les decía que no entendías, pero me equivoqué en todo.
– Que me haya acostado contigo no me hace lesbiana. Además, recuerda que estoy interpretando un papel, puede que no sea así.
– Pues eres una buena actriz.
– ¿Por qué seguimos hablando cuando podemos estar follando?

Se abalanzó sobre mí. Su piel ardía, mi cuerpo la deseaba, y en ese compendio de necesidades, sus labios en mi pecho eran un buen remedio. Me escribió El Quijote en mis pezones, y yo jugué con mis dedos entre sus piernas, entre sus pliegues, en su clítoris, dentro de ella. Ambas disfrutamos de aquella situación inesperada. Quizá debía dejarme de relaciones y volver al sexo de una noche, que tan buen resultado me había dado siempre, y olvidarme de las preocupaciones amatorias.
No sabía que la gente pensara eso de mí, que esa fuera la impresión que tenían. Sí que soy algo borde con la prensa, incluso en mi vida cotidiana, pero de ahí a ser borde en todo el sentido de la palabra, como que no. Respecto a mi condición sexual, quizá hiciera mal en no reconocer mi homosexualidad, pero Amanda sobrevoló mi cabeza, y me di cuenta de que juzgar a alguien, etiquetarlo por con quién se acuesta, es demasiado superficial, como ella diría “muy del siglo XX”.
Me fui a casa, con una sonrisa dibujada en los labios, con el recuerdo del sexo de una noche aún en mi piel, y con ilusión porque llegara de nuevo la noche, y me convirtiera en Lena.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 35

  1. Madiie dice:

    Pero, ser un poco borde da puntos a la hora de ligar 😝😆😆

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