En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 34

La relación con Amanda iba más allá de lo que esperaba. Llevábamos tres meses juntas, viéndonos casi a diario, compartiendo cama, pero, también, copas de vino y conversaciones. Me encantaba estar con ella, adoraba cada vez que me preguntaba cómo había sido mi día o se preocupaba por los días en que los rodajes eran más largos. Había olvidado qué era estar con alguien que se preocupa por ti.
Lucía me llamó para charlar un rato. Parecía preocupada, y ella fue mi paño de lágrimas cuando Carmen me dejó tirada en Los Ángeles.

– No sé, es que me gusta, pero hay algo que no me cuadra.
– ¿Cómo que no te cuadra?
– A veces hace cosas raras. Empieza a decirme que todo el mundo opina que ella es la más guapa, a la que mejor le queda la ropa, una luchadora, la que más vale. Y así cada día, escuchando sus “monólogos del ombligo”. Y lo mío no es importante.
– Quizá esté nerviosa, o se sienta inferior a ti.
– Pues no sé en qué. Es guapa, tiene pasta, un buen trabajo… -paró en seco su exposición-. Basta de hablar de mí. Ya me he enterado que estás con Amanda. Anda que dices nada. Pero deberías tener cuidado, no quiero que te haga daño.
– ¿A qué te refieres?
– Supongo que no te lo ha contado. Es bisexual.
– ¿Y?
– Pues que cualquier día puede dejarte por un tío.

Lucía me llenó de pájaros la cabeza. No me importaba qué gustos tuviera, pero, no sé, algo en mí comenzó a revolverse.
Acababa de firmar el contrato para la siguiente película de Amanda. Leí el guión, y, aunque Javi me advirtió de lo bueno que era, no fue hasta leer la última página, ese final explosivo, inesperado, que me decidí a hacerla. Quería celebrarlo, y no esperé ni a que me saludara. Le agarré de la cintura, y la puse contra la pared, no tenía escapatoria, ella lo sabía, y me miraba con interés y desconcierto. El día que nos conocimos fue descarada conmigo, y pensaba devolver a esa Amanda a mi vida.
Comencé besándole el cuello, que se estiraba al ritmo que sus pantalones iban cayendo. Quería sentir su excitación, no solo oírla, e introduje la mano entre sus piernas. Ella se movía, intentando que le diera más placer, pero mi mano permaneció inmóvil, mandaba yo, y me gustaba ese poder. Poco a poco, fui desnudándola, sin dejar de mirar sus ojos, quería que notara que estaba a mi merced. Mi mano se había humedecido completamente, pero quería más, quería que me suplicara. Amanda intentaba llevarme a la habitación, y yo apreté más mi cuerpo contra el suyo. Gemía, no dejaba de hacerlo, y me estaba volviendo loca. Ella intentaba tocarme, yo no podía permitirlo, le cogí las manos por las muñecas, y las levanté por encima de su cabeza. Apenas me entraban en la palma, pero ya no se resistía, ya sabía que haría que tuviera unos orgasmos muy muy largos. Su boca me buscaba, yo solo le daba la dosis justa de mis labios. Ya era mía, por fin lo era, y pude bajar por su cuerpo, sosteniéndola de la cadera, y dibujando figuras picasianas por su piel con la punta de mi lengua. Cuando más excitada estaba, me detenía para que sintiera el calor de mi boca en su cuerpo. De nuevo gemía. Las piernas le temblaban, pero nada en comparación a cuando me paré entre ellas. Mi aliento inundó su pubis, el cual tomé entero, para mí. Sus rodillas se iban doblando. Permití tras un rato de jugueteos que se dejara vencer. El suelo estaba frío, su cuerpo ardía, y cuando entraron en contacto, se dobló. Aproveché ese contraste para introducir un dedo en su vagina, que esperaba ansiosa mucho más, no quise dárselo, no aún. Saqué mi mano e hice que se tumbara boca abajo, y mis dientes entraron en acción, dándole pequeños mordiscos por su cuello, por su espalda, deteniéndome en su culo. Adoraba su culo, ansiaba morderlo desde que la vi por primera vez. Su culo era mi fetiche. Lo tomé entre mis manos, mordisqueándolo. Ella se encorvaba, yo aproveché para separarle las piernas, quería que estuviera completamente a mi disposición. No aparté mi boca de sus glúteos, y volví a introducirme en ella, que no pudo resistirlo y tuvo su primer orgasmo. Lo sentí en mis dedos, noté cómo sus paredes se contraían, y eso me puso aún más. Me tumbé a su lado, y le pedí que bailara sobre mí. Amanda, con las pocas fuerzas que tenía, se puso en pie, con mi cuerpo entre sus piernas, regalándome unas vistas espectaculares de toda ella. Fue bajando lentamente, ahora quería hacerme sufrir. Por fin llegó a mi cuerpo, noté todo su calor, su humedad sobre mí. Se sentó y comenzó un movimiento que bien parecía un baile. No aguanté ni dos minutos, explotando en un tremendo orgasmo que ayudó a que ella también alcanzará el clímax. Se abrazó a mí, y me pidió que fuéramos a la cama, quería pegarse a mi cuerpo, que apoyara la cabeza en su pecho, que nos arropáramos, y descansar. Eso hicimos, pero en vez de dormir, ella decidió que quería charlar un rato.

– ¡Será genial! Hemos conseguido a Manuel Tamarós para el papel de amigo. Creo que quedáis muy bien en pantalla. ¿Has trabajado con él?
– No, pero he oído que es muy profesional. Se lo están rifando.
– Sí, es un tío estupendo. Y me ha hecho un gran favor al aceptar el papel.
– ¿Has tenido algo con él?
– No. ¿Por qué me preguntas eso?
– Parece que te gusta.
– No sé a qué viene esto. Me gustas tú. Es porque soy pansexual, ¿no?

¿Pansexual? Admito que desconocía la existencia de esa palabra. Y, después de su explicación, aún lo entendía menos. Y sí, era por ser pansexual o lo que quiera que fuese. Me llevaban los demonios cuando pensaba que un hombre tocaría su piel, sin saber apreciarla como mis manos sí lo hacían.

– No esperaba esto de ti, Sandra. Sabías que había hombres en mi vida, y parece que quieres tirarlo todo a la basura por algo que no tiene importancia alguna. Estoy -rectificó-, estaba contigo, el resto no era más que eso, lo que sobra cuando te tengo. Pero eso no te vale. Y a los celos les daría igual que fuera lesbiana, porque al miedo, lo único que le importa es separarnos. Yo no voy a dejar de ser quien soy, me ha llevado mucho tiempo aceptarme, y, por más que te quiera, más me debo querer a mí.

Esa fue la primera y la última vez que me dijo que me quería, y yo estaba tan cabreada por un absurdo, que no me di cuenta de cuánto me dolía. Y así fue como perdí a la primera mujer que me había hecho sentir libre en mucho tiempo. Así, por ser una inmadura, una estúpida que no pudo creer que la diversidad sexual existe.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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5 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 34

  1. Marieta dice:

    Pobres bisexuales, que mala fama tienen.
    No me parece justo

  2. Maddie dice:

    Pansexual
    – Wou.. eso si que no me lo esperaba
    Yo también soy Pansexual 😜 :3

  3. A. 🙈 dice:

    De todas tus historias que he leído, este capítulo ha sido lo mejor de todo… Si te preguntas el por qué, claro está, por la buena descripción del sexo que tuvieron. Excelente.
    Otra vez has llamado mi atención.
    Saludos.

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