En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 31

Amanda era una chica de esas que cuanto más habla, más guapa te resulta. No es que usara un lenguaje técnico, era cercano, natural; pero su tono de voz, tan apacible, tan calmado, hacía que te proyectaras en sus pensamientos. Era como estar en un sueño, en el que ella era una narradora omnisciente, que te guiaba por cada uno de los rincones de sus palabras. Creo que fue eso lo que me hizo perseguir su cuerpo.

– Tenéis que ver sus películas, son una conjunción entre la fantasía y la crítica social. Yo no pude dejar de mirar la pantalla ni un momento en el último certamen -explicó Lucía.

Charly se dio cuenta de mis intenciones, y me miraba con aquellos ojos de complicidad y sorna que ponía cuando se sentía poseedor de un secreto.

– Pues creo que deberías hablar con Sandra, le encanta el cine independiente -aquello era una mentira muy grande, yo no solía tener tiempo para ver películas-. Creo que formaríais un buen equipo, dos mujeres guapas en los títulos de crédito, ¿quién se perdería algo así? -le di un codazo para que se callara, pero no hubo manera -. ¿Sales con alguien? Sandra está soltera, y estamos buscándole una nueva amante.
– La verdad es que sigo su carrera desde hace tiempo, y tengo un papel perfecto para ella.
– Ya sabes, Sandra, si es “perfecto” para ti, no puedes negarte -Charly era capaz de avergonzar a cualquiera.
– Claro, le pasaré el guión a Javier para que lo estudien. Y sí, ahora no estoy con nadie.
– ¡Mira qué bien! Podéis quedar y salir juntas. Quizá así, Sandra encuentre el amor.

Me sentí como una niña, como cuando me vino la regla por primera vez y mi madre lo pregonaba a los cuatro vientos, “pues Sandra ya es toda una mujer”. Creí que nada superaría eso, pero me equivocaba…

– Entonces, ¿estás buscando pareja?
– Buscando, no. Pero si encuentro a alguien, no me cierro a nada -contestó Amanda sin ruborizarse.
– ¿Conoces a alguna mujer atractiva que le robe el corazón a Sandra?
– No sé, preguntaré por ahí, pero preferiría que quisiera conocerme más a mí.

Yo me quedé en silencio, ansiando ser avestruz y esconder mi cabeza bajo tierra, pero, en vez de eso, creo que parecía un búho, pues me encogí tanto, que mi cuello desapareció. Todos me miraban, como si no supieran que aquella situación me resultaba de todo menos cómica. Charly realizó su táctica envolvente y nada disimulada y se llevó a Jaime y a Lucía todo lo lejos que pudo. Y ahí me quedé yo, plantada ante una chica que ya me parecía arrebatadoramente sexy.

– ¿Qué tengo que hacer para que me hables?
– Eh…, no sé…, mmmm…
– ¿Eres siempre así de elocuente?
– No, lo siento -dije recomponiéndome-. Es que soy algo tímida y Charly siempre sabe cómo sacarme de mi zona segura.
– ¿Puedo entrar contigo?

Normalmente, aquellas insinuaciones me hubieran echado para atrás, pero esa chica me gustaba tanto, que mis preferencias por una mujer menos lanzada, se esfumaron. Y esa voz que me cautivaba, y esa manera de mover las manos, que conseguían que solo pusiera imaginármela acariciando mi cuerpo. Quizá mis hormonas me estaban jugando una mala pasada, pero no me importaba, le gustaba, y eso era en lo único que era capaz de pensar.

– Bueno, y ¿de qué va la película? -dije intentando cambiar de tema.
– Aún no he terminado la biblia, y no tengo los personajes definidos, pero, básicamente, es de una mujer que debe empezar de nuevo, y que no se ve capaz.
– No suena mal, pero eso está algo trillado.
– Sí, supongo que sí. Aunque intento dar un nuevo punto de vista sobre la depresión, no solo vista desde fuera, sino introducirme en los pensamientos de una persona que está hundida, y se ve en la necesidad de ir al psiquiatra, aunque en nuestra sociedad, eso signifique que la traten de loca.
– Me encantaría leer el guión. Es un tema interesante. Y muchas mujeres se sentirán identificadas con la protagonista.
– Se sentirán identificadas contigo, si es que aceptas el papel. Creo que eres la persona idónea para transmitir el mensaje, la moraleja.
– ¿Me ves deprimida?
– No, pero eres de esas mujeres de mirada triste, que son capaces de conquistar con solo verlas. ¿Por qué no nos dejamos de formalidades y nos vamos a mi piso? -me dijo acercándose a mi oreja y susurrando.

No pude decir nada, y me marché con ella en su coche. No sabía que vivía en Tres Cantos, hubiera sido mejor ir a mi casa, pero como soy así de gilipollas, no me atreví a proponérselo.
Esperaba un ático minimalista, con cuadros de mujeres desnudas, y todo en tonos blancos, pero me equivoqué. Era un apartamento diminuto, sin habitaciones, con la cocina justo al lado de un sofá-cama, que ella abrió con destreza.

– No se me da muy bien todo eso de la seducción. Hace mucho que no me sentía atraída por una mujer. Me gustas, y quiero besarte, arrancarte la ropa y pasarme la noche follando contigo.
– Está claro que la seducción no es lo tuyo.

Ambas reímos, aunque a mí no me hacía mucha gracia toda aquella situación. Quizá ya no se llevaba aquello de ir poco a poco, de no usar la palabra follar, pero hubiera deseado algo más de tacto, y no sabía si debía acostarme con ella. Había sido tan dulce toda la noche, que aquella exposición de deseos me chocó mucho, aunque su voz siguiera siendo calmada, me sonó demasiado brusco.

– Te he asustado, ¿verdad?
– Un poco.
– Lo siento. En mi defensa diré que he deseado conocerte desde que te vi en tu primera película. Estoy nerviosa, me pones nerviosa. ¿Quieres una copa de vino? -preguntó tras una pausa en la que parecía recapitular.
– Claro.

Amanda fue a la cocina, sacó dos copas y abrió una botella de vino. Antes de traerlo, cerró de nuevo el sofá, me invitó a sentarme, y me sirvió el vino. Estuvimos charlando durante mucho tiempo, relajando el ambiente, aunque sin tocarnos. No sabía si había fastidiado la oportunidad de estar con ella, pero disfruté de su compañía.

– Se ha hecho de día. Creo que nunca me sentí tan cómoda hablando con alguien.
– Yo también he estado muy a gusto.
– ¿Te apetece que quedemos a tomar un café?
– Claro, cuando quieras.
– Pues te llevo a casa y ya quedamos.

Y eso hizo, llevarme a Madrid a las ocho de la mañana, sin haberme besado, sin haberme arrancado la ropa y sin haberme follado.

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en En las orillas del Mar Rojo. Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s