En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 30

Adoraba las fiestas de producción. No sé por qué. No me refiero a esas que se dan con la prensa, sino a las de después, a las que solo vamos unos pocos, entre los cuales se encuentran mis amigos. Bueno, amigos dentro del mundo de la farándula, esos que te conocen algo más, de los que sabes algo más, que no hablan con los periodistas, que viven su vida y disfrutan de una buena copa de vino.
Jaime, Lucía, Charly y yo, siempre terminábamos juntos. Los cuatro estábamos en el mejor momento de nuestras carreras, empezamos más o menos al mismo tiempo, salvo Jaime, que fue una estrella infantil. Hemos vivido situaciones parecidas, y compartimos lo que Charly llama “el secreto del Apocalipsis”, que no era otro que el hecho de ser gays.
Jaime es un tío guapo donde los haya. Tiene una sonrisa de cine, un pelo envidiable, unos ojos turquesa, un porte y un saber vestir que lo llevaban a participar en desfiles y anuncios de fragancias. Tenía locas a todas las españolas, hasta Adonis lo envidiaría. Además es un hombre simpático, cariñoso, amable y está muy comprometido con distintas ONG’s.
Lucia es una actriz de teatro, de las que son realmente buenas. Hace que llores si ella llora, y que te duela la mandíbula si ha decidido hacer una comedia. Es de las pocas que ha estudiado para esto, pero no habla, como otros, de intrusismo laboral, ni menosprecia a los que no tenemos un método, todo lo contrario, es a quien recurro cada vez que me dan un nuevo papel y no sé cómo enfocarlo, y, por supuesto, ella me da una clase magistral. Es una chica normal, ni alta, ni baja, ni gorda, ni flaca, simplemente, es una mujer capaz de conquistarte con una sola mirada.
Charly es el gracioso, pero no un graciosillo, sino que realmente posee un sentido del humor digno de admirar. Es muy grande, en todos los aspectos de la palabra. Siempre hace de malo en las películas, su cara seria, su barba mal recortada, sus cejas pobladas y esa forma tan particular de moverse, logran que de algo de miedo. Pero, si lo llegas a conocer un poco, te das cuenta de que tras esa máscara de hombre rudo, se esconde una persona tierna y cariñosa.

– Bueno, ¿qué?, ¿quién es el novio de la semana?
– Ya estamos -respondió Jaime hastiado-. Que no es que yo no quiera comprometerme, es que no me dejan. No puede haber tantos tíos buenos sueltos.
– Más bien ligeritos.
– Déjalo ya, pobre, ¿qué puede hacer él para perder ese atractivo tan arrebatador? -apostilló Lucía.
– ¿Por qué no dejáis mis grandes amores a un lado y le preguntáis a Sandra con quién le han pillado?
– A mí dejadme en paz, que no me han pillado con nadie.
– Aún -matizó Charly-. Bueno, ¿quién era?, ¿cuánto lleváis?, ¿seré el padrino de la boda? Y no me vengas con que es mentira, que ya sabemos que cuando el río suena…
– Solo era una amiga, nada más.
– Ya, ya…
– Lucía, no me habías dicho que te codeabas con la “jet”.
– ¡Amanda!

Aquella chica me había salvado del interrogatorio. Todos nos quedamos mirando, como si la conversación entre ellas fuera la cosa más interesante que nos había pasado en la vida. Lucía se dio cuenta de la situación y decidió presentarnos a aquella chica. Era guionista y productora, y su carrera estaba despegando. Ella misma había pagado los costes de su primera película, que tuvo mucho éxito en festivales de cine independiente, y ahora se abría camino en un mundo más comercial y voraz.

– ¿Me puedes dar el número de tu agente?

Se lo di sin preguntar qué tipo de películas hacía, ni con qué presupuesto contaba. Me había fascinado, no sé exactamente qué, pero me quedé obnubilada con esa chica. No sabía si entendía, pero debía averiguarlo, no me iba a quedar con esas nuevas ganas de llevarme a una mujer a la cama y no pensar en Carmen.
Intenté que Lucía me abriera paso, pero no se dio cuenta de lo que me atraía Amanda. También fui cuarenta veces al baño, anunciándolo, para ver si alguna vez me acompañaba. Procuré que me hablara a mí de sus proyectos, alegando que me quería incluir en ellos. Nada funcionó, aquella chica era una oradora formada, pues mantuvo el contacto visual con todos nosotros, alternándolos en un orden que solo ella entendía. ¿Qué podía hacer? ¿Ya no sabía llevarme a una mujer a la cama? Debía dar un golpe de estado.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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