En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 29

El coche de producción me recogió en el hotel cinco minutos después de que Meritxell se marchara. El aeropuerto del Prat había crecido mucho en los últimos años. Cuando venía a verla, solo tenía dos terminales, era un lugar lúgubre y con pocas cosas que hacer en su interior. Ahora era todo distinto, hasta el hecho de que nos prohibieran fumar en todo el lugar. Eso sí que me molestaba. Ya sé que el tabaco es malo, que los fumadores pasivos no tienen por qué tragarse mi humo, pero podían meternos en una pecera, con un buen extractor, por mí como si nos teníamos que dar una ducha desintoxicante antes de salir. Ya, estoy enganchada y debo plantearme dejarlo. Fumar es uno de los mayores errores de mi vida, y admiro a la gente que es capaz de desengancharse y volver a llenar sus pulmones de aire sin que una tos les apremie.
Al llegar a casa me sorprendí del olor que había, olía a fresco, a limpio. Todo estaba recogido, mi ropa escrupulosamente colocada en el armario, y Lori, con su pelo recogido, se afanaba en fregar el suelo de rodillas.

– Buenos días, Lori.
– Buenos días, señora -me costó un poco que dejara de denominarme por un término tan machista como señorita.
– Hay una fregona por ahí, no tienes que dejarte la piel en el suelo.
– Estoy echando un producto para el suelo, está muy seco, así se hidrata.

No me iba a poner a discutir sobre temas de limpieza, estaba claro que yo no era una experta. Lori me había dejado los tíquets de la compra en el mismo cuenco donde yo le había dejado dinero.

– Señora, he visto que tiene muchos libros.
– ¿Quieres llevarte alguno?
– ¿Le importa? Quiero “mejor” mi español.
– Claro que no, coge los que quieras.

Siempre parecía tan asustada por lo que yo pudiera decir, siempre disculpándose, lo hacía hasta cuando entraba en una habitación en la que yo me encontraba y no había cerrado la puerta. Creía que un día me pediría permiso hasta para respirar. No sé cómo es la cultura de su país, pero llevan el concepto de educación hasta el extremo.
Dejé que Lori terminara su trabajo, y me fui a dar un paseo. Nunca he sido de caminar porque sí, pero me gustaba Madrid, me gustaba perderme, salir de mi zona de seguridad. Aunque no solía ser tan relajante como deseaba…

– ¿Es cierto que estás manteniendo un romance con una presentadora de televisión?

¿Cómo coño se habían enterado tan pronto? No te puedes fiar ni de los hoteles.

– Se te ha visto últimamente en locales frecuentados por lesbianas. ¿Se confirma tu ruptura con Sergio?
– ¿Forma parte de la promoción de tu última película?
– ¿Se oyen campanas de boda?
– ¿Puedes hablarnos más de esa chica?
– ¿Temes que salgan imágenes tuyas con otra mujer?

En los diez minutos que estuve fuera, eso era todo lo que oía, una pregunta tras otra. A cada cual más personal… Llegué a casa con ganas de llorar, de gritar, de mandarlo todo a la mierda. No sé qué poder tenía sobre mí Javier, que siempre me llamaba en el momento justo.

– Sandra, no te preocupes. He llamado a todas las agencias, no hay imágenes, solo recibieron un chivatazo, y cuando fueron a comprobarlo, ya te habías ido. Tranquila, ¿vale? Pero ten más cuidado por dónde te mueves.

Al final tendría razón Meritxell, y lo estaba pasando mal por tratar de dar una imagen ficticia de mí, una que jamás sería real, porque, de las pocas cosas claras que tengo en este mundo, una de ellas es mi homosexualidad.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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