En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 28

Cada caricia me transportó a una época en la que quería dedicarme al espectáculo, en la que amaba con todas mis fuerzas, en la que me sentía una rebelde, con ganas de comerme el mundo, y, con energía suficiente para hacerlo. Un tiempo en que lo de mi familia me agobiaba, pero no les guardaba rencor, pensaba que terminarían aceptándolo, o, simplemente, me querrían por cómo soy.
Entonces participaba en todas las manifestaciones por los derechos LGTB, estuve ahí cuando se aprobó el matrimonio igualitario, lloré cuando fue ratificado y promulgado, me abracé a una chica que tenía al lado, y ambas nos mostramos nuestro entusiasmo por una victoria lograda, no por nosotras, sino por todas y cada una de las personas que llevaban años demostrando que el amor es un sentimiento bello, y que murieron a manos de gente que tenía miedo de la pluralidad (o de lo que eran, según las teorías más freudianas).
Y ahí estaba yo, en otra habitación y con la misma persona. Las ganas no eran las mismas que acumulábamos durante el tiempo que no nos veíamos, pero las había. Su cuerpo había cambiado poco, quizá su piel no era tan suave, la mía tampoco, quizá se nos descubriera alguna cana, o nuestra flexibilidad se hubiera visto mermada. Pero se notaban sus horas de gimnasio, sus músculos fibrosos, su torso tonificado, y su culo…, ¿qué decir sobre él?, me hubiera pasado horas mordisqueándolo.
El sexo ya me parecía igual con todas, pero con Meritxell había un vínculo que no se esfumó, y eso me gustaba. Aún éramos capaces de recordar qué era lo que nos estremecía, y quizá eso lo convirtió en un agujero de gusano, era como si no hubiésemos aprendido nada en todo ese tiempo.
Se tumbó a mi lado, sonriendo. Yo le acariciaba las mejillas, y ella se encorvaba como si añorase ese momento.

– No me arrepiento.
– ¿De qué? -pregunté desconcertada.
– De que lo hayamos hecho, de todo esto. Sigo sin estar de acuerdo con tu estilo de vida, pero sé que no irá a más.
– No te entiendo.
– No te vas a casar conmigo, ni tan siquiera te quedarías un día más en Barcelona por mí, lo sé, y yo tampoco te lo pediría. No quiero una relación, y tú tampoco, pero, si vuelves, me gustaría que en vez de en un hotel, vinieras a mi casa.
– No hay problema.
– ¿Sabes? Cuándo estuvimos juntas, soñé mil veces lo que sería vivir contigo, prepararte el café, ir a trabajar, y regresar a casa, que tú estuvieras esperándome con esas ganas incontrolables que siempre tenías, que me llevaras a la cama, que hiciéramos el amor hasta caer rendidas, y poder decirle al mundo que tenía la novia más preciosa del Universo.
– Suena bonito. Ojalá las relaciones fueran así de fáciles. ¿Crees que eso es lo que hubiera pasado?

No me contestó. Se tumbó de nuevo sobre mí, comenzó a besarme el cuello, y el resto es lo que cabía esperar, más sexo e igual de predecible.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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