En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 27

Aquella situación se estaba poniendo tensa y, en medio de una plaza, a la puerta de un hotel, no es que fuera el sitio más adecuado para que Meritxell continuara echándome en cara mi hipocresía. Cuando logré que se callara, la invité a subir a mi habitación. Ella no parecía estar por la labor de entrar en mi territorio, pero terminó accediendo, supongo que se dio cuenta de que aquella imagen era ridícula, estuvieras o no, fuera del armario.
No tardó en ponerse a la defensiva, y yo no sabía qué más podía hacer o decir.

– Meri, no lo entiendes. Mi trabajo, mi vida dependen de ello. No es cuestión de que sea lesbiana o no, es que debo llevar una vida lo más sosa posible.
– ¿Ser hetero es ser soso?
– No quise decir eso, se trata de una imagen, cuánto menos me salga del tiesto, menos periodistas me acosarán. ¿Sabes lo que es pasarte el día rodeada de cámaras, micrófonos y preguntas? ¿Sabes lo que es ir a comprar con la primera ropa que pillas y salir en todos los programas en donde aseguran que estás deprimida o estás drogas o borracha? ¿Sabes lo que es eso? Y no sólo es por mí, ¿sabes qué sería de tu vida? ¿Podrías ir a tu trabajo con la misma cara cuando todo el mundo sabe quién eres? O, mejor aún, ¿te gustaría que insinuaran que te aprovechas de mi fama? ¡No sabes lo que dices!
– Claro que lo sé, soy periodista.
– Lo sé, y ¿qué crees que pensarán? ¿Y si por tus propios méritos te llaman de una televisión nacional y todo el mundo te recrimina que es por follarte a una actriz? ¿Eso te gustaría?

Yo entendía su postura, aunque como periodista, debería saber cómo funcionan los medios, y ella parecía contentarse con dar las noticias del mediodía. Debía probar otra técnica, algo mucho más brusco, algo que hiciera que ella dejara de discutir conmigo. Y lo hice. Ella seguía dándome un discurso sobre moralidad y orgullo, yo me acerqué a ella, y, simplemente, le di ese beso que me pidió un rato antes. Su reacción no fue la esperada, y la bofetada que me llevé me sorprendió en exceso.

– ¿Te parece normal? ¿Aquí sí? ¿Eso soy para ti? ¿Un polvo fácil?
– Sólo quería besarte -contesté con una mano en la mejilla, intentando aliviar el picor que me había producido, o eliminar la humillación-. No sé qué más puedo hacer. Ya te he dicho mi postura, no voy a arruinar mi carrera, y no voy a arrastrarte a ti ni a nadie.
– ¿Arruinar tu carrera u ocultar tu vida? Porque eso es lo que haces, vivir una vida que no es tuya. Y quizá otras se presten por tenerte un rato entre sus piernas, pero pensaba que lo nuestro era más que eso.

Me acusó de hipócrita, de intentar aprovecharme de ella, de vivir una mentira, en una burbuja de fama y de colores. Sabía que tenía razón, pero el miedo era mucho mayor que mi fuerza de voluntad. Ya quise salir del armario, y Javier casi me cuelga del palo mayor.

– ¿A cuántas actrices españolas lesbianas conoces?
– A muchas.
– Ya, conoces a muchas, y ¿cuántas de ellas lo han dicho públicamente?
– Ya sabes que han pillado a más de una en la playa.
– Pero nunca lo han reconocido, y la gente quiere morbo. Está bien que te líes con una chica un día, levantar el espíritu machista, pero debes ser asequible para ellos.
– ¿Y por qué no serlo para ellas?
– Porque hay más hombres hetero que quieren follarte que mujeres lesbianas -concluyó Javier.

Meritxell me seguía mirando con aires de superioridad, y yo ya estaba lo suficientemente hundida como para que una persona a la que quería tanto, me recriminara mi forma de vivir. Me senté al borde de la cama, y me derrumbé.

– No me vale con que llores. Joder, Sandra, tú estás por encima de todo esto.
– No lo estoy. Me gusta mi trabajo, y no voy a perderlo por enamorarme de una mujer. Comprendo que no quieras iniciar algo clandestino, pero no puedo ofrecerte nada más.
– Supongo que nuestra época pasó, y es una pena, porque me sigues atrayendo como siempre, quizá más. No sé, Sandra, sigo pensando que te estás equivocando.
– Y yo no te lo voy a discutir más. Pero se te olvida que, hace unos años, era yo la que te soltaba ese discurso y a la que le dolía tener que besarte sólo en las sombras. Venía siempre con la ilusión de cogerte de la mano, de pasear por el casco antiguo, sin soltarte, de poder darte un beso cada vez que me sonreías. Pero eso nunca sucedió, tuve que guardármelos todos para gastarlos en una habitación de hostal barato. Y no te lo recriminé, lo acepté, y creo que te apoyé en todo lo que pude.

Algo pasó por su mente, algo que hizo que se lanzará sobre mis brazos y que me besara como si fuéramos unas adolescentes de nuevo, dos crías experimentando la sexualidad.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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