En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 25

Quizá rara no sea la palabra que mejor defina mi relación con Meritxell, fue extraña. Yo vivía en Madrid, ella en Barcelona. Ella estudiaba Periodismo, yo me abría camino como podía en pequeñas producciones. Nos conocimos por internet, y con mis primeros ahorros, me cogí el vuelo más barato para ir a verla. En principio solo iba a conocer a una amiga, pero nos gustamos desde el primer instante, aún no sé los motivos. Recuerdo que quedamos en la Rambla de las Flores. Ella venía con unos vaqueros cortos, unas zapatillas naranjas, y una camiseta de tirantes con otra debajo, una azul y otra blanca. Veía cómo andaba, cómo se acercaba a mí, que estaba apoyada junto a un kiosco. De primeras, pensé que sería una persona habladora, sin vergüenza, lo que facilitaría mi papel de mojigata. Nada más alejado de la realidad. Callejeamos durante horas, para terminar, como todos los turistas, en un centro comercial, para tomar unos refrescos. Era la primera vez que estaba en Barcelona, y mentiría si dijera que no me enamoré de la ciudad desde el primer segundo. Ver el mar desde una gran urbe era para mí impensable. Sólo me imaginaba viviendo allí, salir del trabajo y pasear por la Barceloneta, sin importar el frío que hiciera.
Meritxell era también muy joven, por lo que pude saber entonces, sólo se había besado con una mujer, y con algunos hombres. Yo fui la primera con la que realmente tuvo algo, aunque no es que fuera demasiado bien. De familia conservadora, lo pasaba fatal cada vez que mis labios querían salirse de los suyos. El sexo terminaba siendo una lucha constante entre nuestras ganas y sus temores.

– ¿Cómo te está tratando la vida?
– Bueno, no puedo quejarme. Conseguí una plaza en la televisión pública catalana.
– ¿Me vas a decir que esa es toda tu vida? ¿Qué tal tu familia? ¿Sales con alguien?

No creí que después de tantos años, tuviera que cortarme a la hora de preguntarle ciertas cosas, por mucho que ella siguiera pareciendo la misma niña inocente.

– Mi familia, están todos bien.
– Qué respuesta más escueta. ¿Ya saben lo tuyo?
– Sí, bueno, lo saben desde hace unos años. Yo salía con una chica, y, ya sabes, se lo conté, vino el drama, y ahora prefieren no hablar del tema, aunque ya no me insisten en que me case con un chico.
– Eso es bueno.
– Sí, supongo. Sabiendo lo tuyo, creo que no salió tan mal.

El consuelo no me pareció demasiado correcto, aunque era normal que prefiriera su situación, pero yo volví a pensar en el desprecio que me hizo mi padre en el lecho de muerte. Siempre creí que la gente que está a punto de morir es iluminada por la bondad y la sabiduría, pero creo que mi padre las echó, al igual que hizo conmigo.

– Entonces, ¿sales con alguna chica?
– No, ahora no. Montse me dejó hace unos meses.
– Ella se lo pierde -dije con mi mejor sonrisa.

La tal Montse debía ser una bruja de armas tomar. Habían estado juntas dos años, y, durante todo ese tiempo, no dejó de ponerle los cuernos y Meritxell de perdonárselos. Hasta que se terminó yendo con una mujer mayor, de una acomodada familia catalana, y bastante conocida en el mundo rosa. Era la amante de esta señora, casada con un hombre que ya no sabía ni quién era, y al que paseaba en su silla de ruedas por todos los espectáculos, haciendo alarde de lo buena esposa que era.
Macu y Arantxa ya nos habían encaminado hacía los locales en los que según ellas, había más mujeres guapas por metro cuadrado. Mientras ellas discutían sobre las relaciones de sus amigas, yo seguí charlando con aquella chica que una vez me hizo sentir un amor tan puro, que cuando se terminó, algo se había roto en mí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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