En las Orillas del Mar Rojo. Capítulo 24

Aquella conversación con Lara me hizo replantearme todo de nuevo. Leí millones de blogs y páginas en las que se reclamaban referentes lésbicos, en la que nos exigían que abriéramos todas las puertas y volviéramos a las calles, a la lucha. Comprendía completamente su postura, yo tampoco tuve referentes, nadie en quién fijarme, tenía que cruzar medio mundo para ver a Ellen, aquella mujer que dijo “¡oye, que soy gay!”, ya parecía que nadie recordaba que tras eso, pasó años sin trabajar, que tuvo que volver a inventarse, que los puritanos jugaban con su apellido para tacharla de degenerada. Sí, es verdad que ahora tiene un programa con unas audiencias impresionantes, que todo el mundo quiere sentarse en ese sillón, o disfrazarse o seguir cualquier broma que surja de ella, porque es grande, porque es divertida, y, ahora, es poderosa. Pero, ¿acaso yo tendría esa fuerza de voluntad?, ¿podría pasarme años sin trabajar y luego saltar de nuevo a la palestra?, o, por el contrario, ¿me hundiría y terminaría en un trabajo que odiase? En ese momento, mi profesión era algo que amaba, a veces, es cierto, lo olvidaba, pero que te den la oportunidad de ser miles de personas, es divertido. También existe el lado negativo, los madrugones y el trasnochar (que aunque parezca muy idílico, también es un trabajo), que te sigan a todas partes, que no puedas tomarte un café con un amigo sin que digan que es tu nueva pareja, ir siempre maquillada y arreglada para evitar que se especule con un coqueteo con las drogas o la falta de sueño por un corazón roto.
En eso pensaba mientras pasaba una hora en el avión que me llevaría a Barcelona. El Departament de Cultura de la Generalitat había organizado una exposición sobre el papel de la mujer en la historia del cine. Yo no es que pintara mucho allí, pero Javier se empeñó en que mi presencia me postularía como una “feminista involucrada”. La muestra era muy interesante, eso no lo puedo negar, y ver a actrices tan consolidadas como Maika Landrón o Mireia Ruipérez, fue fascinante. En sus coloquios, no sólo trataban las películas de época, sino sus inicios en pequeños escenarios itinerantes, en los que en una escena eran Madame Collet y en otra hacían del mismísimo Zaratustra debido a la falta de medios, a lo mal visto que estaba ser parte del mundo del teatro o “la farándula”. Me hicieron sentir dichosa, ya que, ser mujer en España, no había sido fácil, y menos, si te tachaban de “ligera de cascos”. ¿Cómo vivirían las lesbianas en la época franquista? Sé la respuesta, y no es nada dulce.
Después de aquel compendio de interesantes anécdotas y de las miles de preguntas que surgieron en mi mente, era la hora del cóctel. Allí nos juntamos bastantes actores, esos que ya dejamos interpretar adolescentes porque habíamos llegado a los treinta, pero que aún seguíamos en el mundo del cine. Basta decir que, el número de hombres era muy superior al de mujeres. “El hombre, con la edad, se vuelve interesante; la mujer es vista como una madre o una amargada”, eso fue lo que me dijo una vez un productor que no me quiso dar un papel, pues, por mi edad, yo debí dejar de ser atractiva, y buscaban cuerpos más finos, menos cadera y mucho más pecho.
Tenía un par de amigas en Barcelona, y también alguna ex, por lo que me vi en la obligación de llamarlas, y quedar con ellas, pues hacía tiempo que no pisaba la Ciudad Condal, y tenía ganas de recibir los abrazos y las nuevas de gente a la que realmente aprecio y me conocen como Sandra, no como “esa que sale en la tele”.
El reencuentro fue como siempre, grititos, besos, muchos besos, y millones de abrazos de esos que te reconfortan hasta la última célula. Me llevaron por el Barrio Gótico, a tomar unas cervezas. Estuvimos en un local muy bonito, era oscuro, las columnas simulaban árboles, y un millón de cosas colgaban del techo. Me pareció tan original, que quizá las cervezas entraran con demasiada soltura.
Para cenar, se decantaron por un restaurante en el Born. Era como un pasillo, con mesas apiladas y pintadas de naranja, con una luz que simulaba las velas, y poco ruido.

– Podemos ir a Aire -dijo Macu.
– Es muy pronto, vamos al de Raquel.
– Paso, porque va a querer acaparar a Sandra y terminaremos rodeadas de curiosos.
– Que no ya verás -respondió Arantxa.

Meritxell y yo nos mirábamos sin saber si opinar o no. Casi no habíamos hablado en todo el día. Que tus ex se hagan tus amigas es bastante común, pero entre ella y yo, la relación fue algo rara.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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