En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 23

Hacía tanto tiempo que no estaba en un bar sin renombre, tomando unas cañas, riendo con gente que no conocía por mi trabajo, que se me olvidó quién era, por qué algunos jovencitos me miraban así y me hacían fotos con poco disimulo. El pintor y la escultora creo que intercambiaron sus profesiones esa noche, ella lo pincelaba con las manos, mientras él decidía si las gafas le quedaban bien y modelaba su cuerpo como si de arcilla se tratase.
Lara no dejó que parara de reír ni un segundo. Era una mujer tan sumamente alegre, que terminaba contagiándote todo su entusiasmo. Podría estar hablando del Ministro de Hacienda, de cómo tachaba a los actores de deudores, y no sé cómo, terminabas adorando a ese personajillo de gafas antiguas y cabeza pulida.
Sabía cómo terminaría todo aquello, no era nuestro primer encuentro, quizá no fuera el último, y, sinceramente, pasarme la noche sin dormir, envuelta en sus sábanas, cubierta por su cabello y sin saber si moriría en uno de esos orgasmo que me provocaba, era el mejor plan que había tenido en meses.
Y eso fue lo que pasó. Fuimos a su casa, dos pisos por debajo de la mía. La misma disposición, pero diferente ambiente. Su gusto por la cultura oriental, por las sedas, por los colores tierra, salpicados de oro y lila, te transportaban a Las mil y una noches, pero ella las concentraba en una sola, en una única noche en la que eras la protagonista, sin focos, sin directores, sin maquillaje. Esta practicante del Tantra sabía cómo hacer que todos tus chacras o energías o lo que fuera aquello, explotarán lentamente en tu interior, prolongando un jadeo constante. Mi parte preferida era cuando se sentaba entre mis piernas, una posición que en un principio me daba demasiada vergüenza, pero en cuanto sus manos se posaban sobre mí, masajeándome, evitando que yo le tocase, imponiendo su lengua sobre zonas que no sabía que tenía ni que pudieran producir tanto placer.
Siempre intenté que me enseñara, pero ella objetaba que era una labor que necesitaba paz de espíritu, que el “Masaje del Yoni”, no era algo sexual, sino una forma de conectar las energías de los cuerpos, y que el orgasmo no era el fin de aquel procedimiento. No sé si sería un propósito o no, pero, la verdad es que el eterno clímax y la explosión final, no desmerecían el acto.
A la mañana siguiente, como en todas nuestras sesiones de sexo, ella me preparaba una infusión india, y me obligaba a acompasar mi respiración con la suya. El mejunje estaba bueno, y lo de inspirar a su ritmo, era un trámite que estaba dispuesta a pasar con tal de que volviera a acogerme en su cama.

– ¿Por qué no sales del armario? -me preguntó con total descaro.
– Ya estoy fuera.
– No es cierto. El otro día estaba en la peluquería, en una de esas revistas horrorosas que nos obligan a leer allí, en portada, aparecías tú de los brazos de un “chulazo”.
– Ya sabes cómo son esos del corazón, se inventan las cosas, seguro que era un amigo, porque novio, como que no.
– Si estuvieras fuera del armario, te hubieran encontrado novia.

¿Estaba dentro? ¿Estaba fuera? Ya había dado todos los pasos que se suponían que debía dar, mis amigos lo sabían, mi familia lo sabía, mi entorno laboral lo sabía, pero parecía no ser suficiente, querían que hasta la última persona en la faz de la tierra tuviera conocimiento de mi vida amorosa. En realidad no me importaba, yo siempre quise llevar una vida normal. Con Carmen casi lo hago. Era normal vernos juntas, pero sólo aparecimos en algunas revistas con el titular “Las actrices se van de compras. Averigua dónde”, y cosas por el estilo. Javi me había prohibido rotundamente besar a una mujer en público, “aunque lo hagan ahora todas, ellas terminarán casándose con un viejo rico, y tú serás sólo la primera actriz que grita que es lesbiana. Hundirán tu carrera”. Quizá parezca absurdo que en un país donde el matrimonio igualitario es una realidad, donde las mujeres estamos retomando toda la fuerza que la “Época oscura” nos robó, pero me asustaba perder mi trabajo, me acojonaba que no me dieran ningún papel, o sólo reservaran para mí el de una imagen irreal de lesbiana, un cliché ilógico y absurdo que no sé quién decidió que nos definía a todas y cada una de nosotras.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 23

  1. Eli dice:

    Me encanta como cada día, se aprende alguna cosita nueva 🙂
    Muy buena la continuación, como siempre a la expectativa del rumbo que tomará la vida de Sandra (se me fue el nombre artístico! jeje)
    Gracias por este nuevo capítulo 😀

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