En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 22

El botones llamó a la puerta, sin lograr despertar a Carmen. Yo ya me había duchado, y tenía todo listo para marcharme. El chico, un joven de pequeña estatura, con un traje que parecía más de safari que del servicio de habitaciones, entró directo hacia el cúmulo de maletas. Miró a Carmen, me miró a mí, y pude entrever una sonrisa, que luchó por salir y esquivar lo que su religión le dictaba.
Cerré la puerta, inspiré profundamente, y lamenté irme así con una escueta nota de despedida: “Carmen, ha sido una noche maravillosa, tú eres una mujer maravillosa, pero yo tengo que seguir con mi vida. No es que te deje atrás, formas parte de mí, pero no puedo vivir con la falsa ilusión de que regresarás para siempre. No sé cómo voy a poder agradecerte todo lo que has hecho por mí. Tan solo puedo desearte que tu vida sea tal y como deseas, que no pierdas esa parte humana, y que no olvides que la fama sólo es un estado más de nuestra existencia, porque, cuando regresamos a casa, cuando te sientes en el sofá, no habrá flashes ni fans, tan sólo estarás tú, orgullosa por todo lo que has conseguido.”
El vuelo fue eterno. Primero debía coger un avión en Sharm (donde, por suerte, aún se podía fumar), después de una hora y media, llegaría a El Cairo, tras un corto transbordo, me subí a otro vuelo, con destino Madrid y llegué sobre las tres de la tarde.
No fue un viaje dulce, no pude dormir, y me temblaba todo el cuerpo. Lo mejor de todo fue cuando, antes de aterrizar en la capital egipcia, sobrevolamos unas pirámides, hecho que siempre perduraría en mi memoria.
Después de pasar el control a la salida del avión, de recoger el equipaje, de pasar por esas máquinas que te leen las huellas y el pasaporte, y de media hora más de taxi, por fin estaba en la puerta de mi casa.
Mi barrio no era el más “chic”, pero casi todos mis vecinos eran artistas. Los techos altos, los amplios ventanales, la casi ausencia de tráfico, te transportaban a otro Madrid, al que sólo le faltaban carros para traquetear por los adoquines.
Estaba en casa, pero no me sentía en mi hogar. Las pocas plantas que tenía en el balcón, apenas notaron mi ausencia, el polvo se había aposentado por todas partes, la ropa volvió a desperdigarse por la casa, y yo odiaba las labores domésticas. Empezar a rodar a las siete de la mañana y llegar a casa a las diez de la noche, no dejaba mucho margen para tener la casa medio decente.

– … Es la película de tu carrera. Serás la protagonista, no compartirás cartel con nadie más, te quieren a ti. No quieren ni hacerte una prueba, ¡te quieren a ti! Pásate esta misma tarde por mi oficina y firmas el contrato. ¡Te encantará!

Por una parte, tenía ganas de volver a la rutina, de hacer aquello que tanto amaba, pero, por otro, la sola idea de tener que fingir una sonrisa, una mirada o un orgasmo ante un montón de gente, me estremecía las entrañas.
Decidí contratar a alguien que me ayudara con las tareas domésticas. Siempre me dio reparo meter a un desconocido en mi casa, no es que fuera a hacer nada malo, pero últimamente, los canales de televisión dan cabida a cualquier energúmeno que te haya visto paseando por la calle y recogiera el chicle que pisaste. Hacía ya tiempo que una amiga me había hablado de una chica que se dedicaba a limpiar casas. Era la hija de la que ella tenía interna en la suya, y, por ser extranjera, no era capaz de encontrar un empleo en España. A mí me daba igual su procedencia, mientras cumpliera con su trabajo y mantuviera la confidencialidad.
Carmen me estuvo llamando durante días, pero mi mente se colapsaba con tan sólo recordar su tono suave, su embriagadora voz.
Esa tarde firmé aquel contrato por el que Javi hubiera bailado en medio de la carretera desnudo. No me dejó ni leer el guión, aunque sí me explicó que era una de esas películas españolas que pretendían ser films de terror rodados con técnicas americanas.
A las ocho, Lori, se presentó en mi casa. A penas hablaba castellano, era una chica joven, muy delgada, con el pelo largo y teñido de negro. No era guapa, bueno, quizá lo fuera, pero mantenía constantemente una mueca agria que no era de mi agrado. Casi no me dejó explicarle dónde estaban las cosas, y se puso a limpiar… ¡Era casi de noche! Le insté a que viniera a la mañana siguiente, le di una copia de las llaves, y, cuando conseguí que se fuera, yo también salí a dar un paseo.
Entré en un bar próximo a mi casa. Allí estaban todos, el pintor argentino, la escultora belga, el bohemio de turno, algunos actores de películas independientes, y Lara. Lara era esa mujer con una belleza que hay que descubrir, que se esconde entre la oscuridad de la noche, que te hace reír hasta que te olvidas del mundo, que, cuando te besa, podrías dar positivo en un control de drogas. Hacía mucho que no la veía, yo me sorprendí, pero ella parecía tener ganas de sorprenderme aún más y yo estaba demasiado cansada como para no dejarme caer entre sus brazos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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