En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 16

Nos dirigimos directamente a mi habitación. Anna estaba alterada, y no podía dejarla sola. Ese instinto maternal hacia ella podía más que mis ganas de darme la vuelta, de mandar a Carmen muy lejos, y de, por fin separarme de un recuerdo que sólo me había martirizado.
Anna me miraba con esos ojos de niña perdida, y me vi empujada a abrazarla. Un abrazo de esos que se dan con ganas, con sentimientos. No sé qué sintió ella, pero a mí me reconfortó, el descubrir que una niña podía tener los pies en el suelo, siempre era una sorpresa.

– ¿Por qué la preferiste a ella?
– ¿A quién?
– A Agnes. ¿Qué tiene ella? ¿Es porque es morena?
– No es eso, Anna.
– Es por mi edad, ¿verdad? -afirmó sin titubeos.
– En parte lo es. Pero no creas que me enorgullece lo que hice. Sólo fue un polvo, nada más.
– ¿Qué tengo que hacer para que dejes de verme como a tu hermana pequeña?

No dejó no que respondiera, y se quitó la ropa. Empezaba a pensar que desnudarse era una nueva forma de aparearse que tenían las lesbianas… Su cuerpo era tan bonito, tan joven, tan terso, tan suave. Su piel, quemada por el sol, se veía enrojecida, salvo las zonas que su diminuto bikini tapaba. Esas partes eran blancas, tanto, que parecían transparentes a mis ojos. No podía dejar de mirarla, pero sin saber qué decir, qué hacer. Que para mi parte consciente ella sólo fuera una niña, no implicaba que mi subconsciente no la viera como un bocado más que apetecible.

– ¿Tan diferente es su cuerpo del mío?
– No, Anna, no es eso. Eres una chica guapísima, de verdad.
– ¿Entonces?
– No estoy con chicas más jóvenes que yo.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Supongo que porque me siento más comprendida por alguien que ha vivido más años.
– Tú no conoces mis vivencias.

Muy joven, muy inocente, pero me dejaba sin palabras, sin saber por qué me negaba a tocar ese cuerpo que me llamaba a gritos. Ella se percató de que había dejado mi cerebro aturdido, colapsado ante sus respuestas, y se fue acercando lentamente. Cogió mi mano con suavidad, y la colocó sobre su cadera. Luego tomó la otra, e hizo lo mismo.
La tenía entre mis manos, su cuerpo a unos centímetros del mío, su boca a un aliento de mis besos. Los escalofríos se alternaban, mis ganas se aumentaban, y ella, sólo esperaba, esperaba a que yo diera el paso, ese que me estaba negando.
Las insaciables ganas de una veinteañera se apoderaron de mí. Acerqué su cuerpo al mío, mientras veía como sus labios, expectantes, me recibían con ganas. Todos mis miedos, mis prejuicios, todo lo que habitaba en mi mente, se disipó, y terminé fundiéndome con ella, que se apresuraba por quitarme la ropa.
Ya la tenía contra la pared, acariciando sus muslos, intentando internarme en ella, pero me paró. Las dudas volvieron, y mi cara debió expresar el desconcierto.

– No quiero que lo hagamos como si tuviéramos prisa, como si estuviéramos en un bar y esto fuera un arrebato. Quiero sentir las sábanas en las que duermes, oler tu almohada mientras me tocas.

No sé por qué, pero aquello me excitó aún más. Ella me dirigió hasta la cama. Me senté en el filo, y ella sobré mí. Su piel sobre la mía, sus ganas se filtraban entre mis piernas, sus manos me recorrían con soltura. Todo resultaba tan placentero que mi cerebro simplemente se desconectó.
Ansiaba que su primera vez fuera una experiencia plena, que nunca tuviera que arrepentirse de ese momento, por lo que mis movimientos eran suaves, lentos, con una delicadeza extrema. Al menos fue así hasta que su boca se posó en mi cuello, y me susurró que no parase, que quería más de mí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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