En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 21

Tenía que volver a Madrid, aquellas vacaciones se estaban convirtiendo en una odisea, en una lucha constante entre las ganas de ver a Carmen y la imposibilidad de resistirme a sus ojos.
Javi ya estaba nervioso, después de la muerte de mi padre me dio una tregua, pero esta había finalizado, y tenía que ir a hacer las pertinentes entrevistas, bolos y demás parafernalia que rodean un estreno.
Estaba haciendo las maletas, cuando unos nudillos golpearon en ella. Supuse que sería el servicio de habitaciones, había pedido la cena media hora antes, y el hambre apremiaba. Me equivoqué, y volví a ver a Carmen, con un portátil bajo el brazo, y con su sonrisa cautivadora.

– Aún no la he visto, y quería hacerlo contigo.
– ¿Ver qué?
– Nuestra peli. ¿Te vas? -preguntó cuando vio la maleta abierta y toda mi ropa doblada en su interior.
– Sí, mañana vuelvo a casa. Bueno, en realidad esta noche.

Pareció darle igual, y se tumbó en mi cama, igual que aquella primera vez. Yo me senté a su lado y comenzó la proyección. Odiaba verme en una pantalla, sólo me sacaba defectos, sólo veía que jamás llegaría a transmitir lo que otras sí que eran capaces. Carmen colocó su mano sobre mi pierna, un escalofrío me recorrió. Me fue acercando a ella, a sus labios, a los placeres que me brindaba con cada gesto.
Volvieron a llamar a la puerta, esta vez sí se trataba del servicio de habitaciones. Carmen se fue directa hacia el sofá, y compartimos una ensalada de tomate y queso, y una pizza.
Se recostaba sobre mí, hacía bromas, volvía a sentir esa complicidad que compartimos durante toda nuestra relación. Cuando los recuerdos se vuelven de nuevo reales, los sentimientos son imparables, y, sin darme cuenta, estaba sentada sobre mí, besándome, metiendo sus manos entre mi ropa. Y yo, tan idiota como siempre, sólo pude cerrar los ojos, y dejarme llevar por ese lado seductor que ella me regalaba.
Siempre fue dulce, nuestras relaciones sexuales lo eran, pero esa noche, un brillo extraño se desprendía de ellos. Me agarró con fuerza del culo, y me subió sobre ella, estaba deseando sentir su cuerpo desnudo, pero sus caderas se pusieron a funcionar antes de que a mí me diera tiempo a quitarle la camiseta de tirantes finos que llevaba.
No había pasado un minuto, no nos habíamos desprendido de la ropa, y yo caí rendida sobre ella, presa de un pequeño orgasmo que me supo como cientos. Pudimos dejar las cosas ahí, pero no fue así, Carmen decidió que era su turno, que era el momento en el que ella despertaría en mí una fiera que llevaba dormida demasiado tiempo, quizá desde nuestra segunda vez, esa que sí fue placentera, esa que me hizo ver el cielo, las estrellas y eliminar cualquier horizonte existente.
¿Cómo llamar a aquello? ¿Hacíamos el amor? ¿Acaso seguíamos amándonos? ¿Era sólo sexo? ¿Follamos como si se acabara el mundo? No lo sé, pero me daba exactamente igual, quería continuar toda la noche haciendo aquello a lo que no sabía ponerle nombre.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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