En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 20

Me pasé dos días evitando a Carmen, cambiando mis horarios, buscando playas fuera del hotel (aunque eso no es que fuera lo más recomendable). Sabía que si intentaba besarme una sola vez más, yo no podría resistirme.
De Anna supe que se había marchado, dejó un mensaje para mí en recepción: “Siento mucho lo que ha pasado en tu familia. Espero que la enfermedad de tu padre remita. Gracias por estos días, gracias por no dejar que me conforme con Dimitri. Te dejo mi número, por si un día quieres que charlemos un rato. Un beso, querida hermana mayor”. Era un cielo de niña, y deseaba que todo le fuera bien, aunque para ello tuviera que irse de Rusia, de ese pueblo impronunciable al sur de Moscú.
Agnes seguía por el hotel, la vi un par de veces, pero siempre cambié mi rumbo para no tener que cruzármela. Quizá ella y Carmen hubieran tenido algún encuentro sexual, la sola idea me mataba.
Años atrás, sentí ese mismo deseo por ella, pero lo reprimía con chistes fáciles, algo de bordería y algún consejo barato de esos que dan las personas que no te conocen. Y no nos conocíamos, sólo hacía un mes desde que cruzamos nuestras primeras palabras. Estábamos en San Sebastián, debíamos rodar algunas escenas allí, mi musculado “novio” tenía que sacarme de las frías aguas de la Playa de la Concha. Era un mes de enero, y casi muero de una hipotermia, por lo que, después de aquello, me iba al hotel, pasaba de las fiestas, y me metía en la cama a recuperar algo de calor corporal. Uno de esos días, Carmen apareció en mi puerta, traía consigo una sonrisa infinita, y realmente preciosa. Supe en aquel momento que sería una estrella, aunque no pude imaginar hasta qué punto.
Traía un ordenador bajo el brazo y la elección de dos películas, una de la Jolie, y Rosas Rojas (aún no la había visto, ni había oído hablar de ella, estaba bastante desconectada del mundo lésbico). Ella eligió esta última, alegando que le parecía mucho más interesante una película inglesa con Piper, que ver a Angelina dando saltitos. Fue directamente a mi cama, me llamó para que compartiéramos lecho, y pulsó el Play.
De verdad que quería ver la película, le daba un giro a la visión lésbica en el cine, pero ella estaba tumbada a mi lado, y mis hormonas decidieron hablar por mí.

– ¿Puedo besarte?

Aún no puedo creerme que aquello saliera de mi boca. Por un segundo me sentí hundida, idiota, pero ella no tardó en responder con un simple “sí”, que cambió el rumbo de mi vida.
Me acerqué a ella muy despacio, no quería que se asustara, ni que notara que me moría por sentir sus labios. Y nos fundimos en un beso tan largo como corto, tan ansiado como frustrante con aquel portátil por medio. Lo aparté como pude, y seguí sosteniendo mi boca en la suya, mis manos en su cintura, buscando la piel que la ropa ocultaba.
Quería ir más allá, quería desnudarla completamente, sentir su peso sobre mi cuerpo, y que aquel momento durara eternamente. Pero un resorte la apartó de mí. No recuerdo qué fue lo que me dijo, pero sí cómo desaparecía tras la puerta, dejándome con las ganas de ella, de un nosotras.
A la mañana siguiente ni la vi. Me iba cabreando por momentos, me sentí usada, como si lo ocurrido no hubiera tenido importancia para ella. ¿Por qué me dijo que sí? Esa pregunta me bombardeaba la mente. Sabía que no teníamos planes juntas, pero debía estar por el set, seguramente, escondiéndose de mí.
Esa tarde, aún con la piel azul por el frío, decidí que no me quedaría en el hotel. No sé si era el enfado, o las ganas con las que me había dejado, pero tenía que salir, me estaba ahogando. Me di una ducha con el agua ardiendo, tendí sobre la cama lo que pensaba ponerme esa noche, e hice una lista mental de las mujeres con las que podía desahogarme.
Carmen regresó a mi habitación. Me pensé mucho si dejar que pasara, pero terminé cediendo. No comprendía su comportamiento, pero necesitaba una explicación. Ella estaba cabizbaja, y yo sólo temía que me diera largas, que dijera que fue un error, y todas esas cuestiones que se plantea una mujer la primera vez que siente atracción hacia otra.

– Lo siento.
– Da igual, Carmen, no tienes que disculparte.
– No sé qué me pasó -su voz era entrecortada, parecía una niña pequeña que debía confesar que rompió un jarrón-, no sabía si tú querías ir más allá, no sabía si yo quería ir más allá. Sí quería, pero, no sé, no sé…
– Carmen, no pasa nada. Y ahora, si me disculpas, voy a vestirme.
– No te vayas. Quédate conmigo.

Sus ojos marrones y grandes, sus labios carnosos, su mirada de niña perdida…, está claro que esa noche no salí, ni esa, ni muchas otras que le siguieron. No llegué a comprender nunca eso de si yo quería ir más allá, o era ella, pero me dio igual, porque se lanzó sobre mí, besándome con una pasión exacerbada, con unas ganas que ni yo podía frenar.
Aún recuerdo el tacto de su piel en la yema de mis dedos, ese olor a coco que desprendía su piel, y, aunque lo odio, si procedía de ella, todo me parecía idílico.
Fui subiendo su camiseta, poco a poco, era tan fácil deslizarse por esa suavidad… Los pantalones costaron algo más, pero, mientras ella me ayudaba, yo no dejaba de besarla, de atraerla hacia mí. Aunque estaba tremendamente sexy en ropa interior, no pude contenerme, y la despojé de ella. Su calor sobre mí era mejor que cualquier ducha.
La verdad es que esa primera vez fue algo frustrante, yo no era capaz de dejar de jugar con cada una de sus zonas erógenas, y ella no atinaba a dar en ningún punto concreto en el que poder recrearse. Llegué a esperar una confesión estilo “es mi primera vez con una mujer”, pero no la hubo. Ambas caímos exhaustas sobre el colchón, con un fuerte dolor de cabeza que me crepitaba por dentro. Pero me daba igual que no fuera tan buena amante como yo esperaba (para ser justa, fue pésima), pero sus besos lograban que todo aquello quedara en un segundo lugar.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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