En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 19

Ya ni recordaba aquella historia que un día Carmen me contó. Entonces sólo éramos amigas, rodábamos nuestra primera película juntas, y se veía desbordada por todo lo que estaba aconteciendo en su vida. Llorando, me confesó cosas de las que estoy segura que aún se arrepiente,entre ellas que, a los 15 años, tuvo una hija a la que dio en adopción. Eso era lo que tanto le asustaba que la prensa descubriera. Yo intenté consolarla, decirle que las adopciones son anónimas, y que nadie accedería a esos datos. Pero ella estaba en esa edad en la que piensas que se te va a pasar el arroz y demás gilipolleces, y quería saber de ella.

– Ahora tendrá diez años.
– Y seguro que un montón de gente que la quiere.
– Yo no podía mantenerla, era una cría, no sabía ni quién era, ¿cómo iba a cuidar de un ser tan indefenso? Si la hubieras visto…, era preciosa.
– ¿Y el padre?
– Él era peor que yo. Se dedicaba a robar coches. A mí me gustaba ese punto malo que tenía, pero no podía dejar que un bebé cayera en sus manos. Ni siquiera se enteró de que ella existía. ¡Joder, ni le puse nombre!

Sé que aquello aún le atormentaba, lo hizo durante años. Yo viví sus pesadillas, cómo gritaba que no le arrebataran a su bebé. Cada año, el 8 de marzo, ella se lo pasaba llorando, sin dejar que me acercase.

– No renuncies, y menos en favor de esos cabrones. Perdón -reculó-, sé que son tus hermanos, pero son unos cabrones. Acepta la herencia y dónalo a una ONG, pero no dejes que ellos lo toquen.

Me daba igual el dinero de mi familia, ellos me echaron, y seguro que ya se habrían encargado de dejarme sólo la legítima, pero, aunque me doliera en el alma la última vez que mi padre me echó de su lado, no debía permitir que aquello me superase.
Carmen me ayudó a hacer la maleta, y salimos hacia el aeropuerto. En unas horas estaríamos de nuevo en Sharm, tomando el sol. No sabía si Anna y Agnes continuaban allí, y no quería tener que verlas. A Agnes por lo obvio, y a Anna por vergüenza, por no haber sido capaz de frenar mis impulsos. Y, entre ellas, mi gran amor, esa mujer que cada día me desconcertaba más, que una mañana era una estúpida ególatra, y por la tarde, aquella muchacha que no concebía la vida si no me agarraba la mano. Cuando decidí irme a Egipto, estaba confundida, en el momento de mi regreso, aún no sé qué emociones me embargaban.

– Sandra, sé que no es el mejor momento para decirte esto, pero quiero que volvamos a intentarlo -acalló mi réplica con su dedo-. Ya sé lo que vas a decir, pero te echo de menos, y verte con Anna…, eso me mató.
– Las cosas no han cambiado, Carmen. Tú sigues viviendo en Los Ángeles, y yo en Madrid. Tú estás saliendo con un chico, aunque aún no termine de creérmelo. Te agradezco que hayas estado estos días conmigo, pero no puedo olvidar todo lo que ha pasado, y no quiero que nos pasemos el día reprochándonos cosas.
– Olvídate de Zack. Es sólo un acuerdo. Vamos a rodar una película juntos, yo haré de su profesora, y él se enamorará de mí, ya sabes, el típico drama para adolescentes. La productora nos obligó a aparecer como pareja…

Y continuó contándome cómo aquel chico no le interesaba en absoluto. Incluso me confesó que él era gay, y que tenía novio. Vivían los tres juntos en una de las mejores urbanizaciones de la ciudad, y al pobre amante lo tenían como jardinero para que nadie sospechara. Todo era tan frívolo, ¿de verdad yo estaba envuelta en ese mundo?
Carmen no me dejó sopesar mis pensamientos el tiempo necesario, y se fue aproximando lentamente a mí. Volví a sentir sus tibias manos, que me quemaban por dentro, que hacían que todo mi cuerpo se estremeciera a las órdenes de sus besos. Todos esos sentimientos que intenté camuflar durante meses, afloraron al unísono.

– No puedo. Lo siento, pero no puedo -más bien supliqué mientras le apartaba de mi lado.
– Sandra…

Mi nombre en sus labios, esos que un segundo antes recorrían mi cuello. No pude más, y caí de rodillas, llorando, extenuada ante la sola idea de tenerla, de perderla, de los recuerdos. Carmen se situó frente a mí, e intentó abrazarme, pero no quería volver a romperme, y ella ya me había desollado cada órgano.

– Cariño, si es por lo del otro día con Anna y Agnes, fui una idiota, lo siento, no sabía cómo acercarme a ti. Estabas tan distante, y tan protectora con la rusa…

Sé que seguía hablando, y sé que mis lágrimas se volvieron incontrolables, pero lo único que se me pasaba por la mente era que me quitara la ropa, hiciéramos el amor, y no se volviera a separar de mí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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