En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 18

En aquel momento, me dejé vencer. Mi padre, esa persona que se supone que decide tenerte (más él, que no creo que se acostara con mi madre salvo para procrear), que promete cuidarte, que te sentaba en sus rodillas y te sacaba una moneda de la oreja, que se enorgullecía cada vez que sacabas buenas notas, ese mismo hombre, ahora, en su lecho de muerte, no era capaz de mirarme a los ojos. Sentía vergüenza por el mero hecho de que yo no sea como su religión dice que debo ser, por enamorarme de mujeres, por ser lesbiana.
Dolores, Juan y Santiago me tendieron el brazo, y me ayudaron a sentarme junto a ellos. José me miraba desde los asientos de enfrente. El resto discutían los motivos por los que mi padre había sido ingresado en un hospital público. Dolores me susurró: “Dios odia al pecado, no al pecador”, como si aquello fuera un gesto de grandiosa bondad.
Carmen no me soltó ni un segundo, y logró sacarme de allí, de todo aquello que parecía más una película dirigida por Franco, que los últimos minutos de un moribundo. Me llevó a casa, me preparó una infusión, y se sentó a mi lado. Yo aún permanecía perdida en el recuerdo de aquel repudio.

– Sandra, no puedes cambiar a la gente. Yo sé que te quiere, se nota que todos lo hacen, pero no saben cómo expresarlo sin enfrentarse a su fe.
– ¿Tan malo es ser así? ¿Tanto odio genera el amor?
– No lo sé, niña.

Hablamos durante horas. Carmen parecía volver a ser aquella chica cándida de la que me enamoré. No logró que me sintiera mejor, pero me convenció para retomar mis vacaciones. Puse un par de lavadoras, Carmen tendió mi ropa. La imagen me resultaba tan familiar como lejana, incluso parecía sexy ver cómo cogía con gran delicadeza mi ropa interior y la colocaba sobre las cuerdas.

– Parecemos un matrimonio -dijo en cuanto se percató de que estaba siendo observada.
– Gracias por estar aquí, por ayudarme, por apoyarme.
– No me las des, vas a tener que aguantarme en Sharm.

No sé si aquella amenaza me tranquilizó o si desquició mis nervios aún más, pero no podía decirle que no después de cómo se había comportado conmigo.
La ropa se secaba rápido, Carmen volvía a abrazarme, a protegerme, y José me llamó de nuevo. Mi padre había muerto. Me pidió que acudiese al entierro, y a mí ni se me había pasado por la cabeza aquel trámite.
Por supuesto, Carmen volvió a colocar su brazo sobre mi hombro, y me acompañó durante todo el sepelio. Después, Magdalena intentó apartarme de la que en ese momento era mi único apoyo, pero, ante mi negativa, terminó cediendo.

– Sandra, todos sabemos cómo era tu relación con papá. He traído este papel para que lo firmes -me tendió unas hojas, y Carmen las interceptó- ¿Acaso eres su abogada? -preguntó enfadada ante la actuación de mi único apoyo.
– No, soy su amiga -respondió mientras le echaba un vistazo a los documentos-, y tú eres una zorra. ¿Este es un buen momento para esto? Sin duda, eso es muy cristiano. Sandra no va a firmar esto. Llama a Conde e Hijos cuando se levante testamento.

La cara de Magdalena era un cromo, y Carmen se sentía poderosa ante la cretina de mi hermana. Yo no sabía de qué iba el tema, pero ni me dejó ahondar en ello, y me llevó directamente a casa, con el ritual de tila y sofá.

– ¿Me vas a decir qué era lo que Magda quería que firmara?
– La renuncia a la herencia.
– No quiero nada de él. No le odio, lo sabes, pero él a mí sí, ¿por qué iba a quedarme con algo que no quiso que tuviera?
– ¿Prefieres que se lo queden ellos? Si quieres renunciar, adelante, pero yo no lo haría después de que intentaran que firmaras en el entierro -se quedó en silencio unos segundos- yo jamás podría odiar a mi hija, hiciera lo que hiciera, fuera quién fuera.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 18

  1. Joan dice:

    y yo creo que Carmen sigue mereciendo esa oportunidad.

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