En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 17

Me encantaba cada gemido que salía de ella. Adoraba ese tacto que tiene la piel joven, cuidada. Adoraba sentir cómo su cuerpo iba elevando su temperatura. No quería acostarme con ella, pero lo estaba disfrutando.
Al menos lo hice hasta que empezaron a aporrear la puerta. Anna me miraba confusa, yo creí que quizá estábamos haciendo demasiado ruido, pero aquellos golpes nos sacaron del placer que nos estábamos regalando.
Me vi obligada a levantarme, cogí una de las camisetas que adornaban el suelo, y fui a la puerta, con cara de pocos amigos, con la clara intención de hacer entender a quién nos molestaba, que el cartelito rojo significa que no me toquen las narices.

– ¿Por qué eres así? -preguntó Carmen mientras entraba, sin ser capaz de detenerla hasta que llegó a la habitación-. Ya veo. ¿Eso es todo lo que me echabas de menos?
– Carmen, lo que haga con mi vida dejó de incumbirte desde que me dejaste.
– ¿Yo te dejé? ¡Fuiste tú quién se marchó!

¿Fui yo? ¿Cómo era capaz de decirme eso? Ella me echó, su ego me echó, sus intentos porque nadie supiera que era lesbiana lo hicieron. Y ahora venía a organizarme mi vida, a meterse en mi refugio, a arrancar de raíz el muro contra ella que me estaba construyendo.

– Sal de mi habitación -ordené en el tono más sereno que tenía.
– Que se vaya tu amiguita -dijo refiriéndose a Anna, que nos miraba sin saber qué decíamos-. ¿Crees que he venido hasta aquí para que una puta niñata me robe lo que es mío?
– Primero, no soy tuya, y segundo, aquí la única que se comporta como una niñata eres tú. ¿Acaso es muy normal que me quieras meter en una orgía? -estaba descompuesta-. ¡Vete a la mierda!, ¡vete con Zack o con Agnes o con quién te salga de los cojones, pero no te vuelvas a acercar a mí.

El teléfono empezó a sonar dentro de la caja fuerte. Se supone que debo dejarlo apagado, pero con el lío de la nominación, hasta se me olvidó ponerlo en silencio. Fui directamente hacía él, introduje el código, obvié lo que sucedía a mi alrededor, y vi que José era quién me llamaba.

– Me pilla un poco mal, niño.
– Papá está ingresado. Le ha dado un infarto. No creen que pase de mañana.

No sé ni cómo prosiguió la conversación, ni cómo terminé en el aeropuerto de Barajas, con Carmen. Fue como si apareciese allí por arte de magia. Ella me abrazaba por el hombro, y yo no podía contener mis lágrimas. Temblaba, pero no de frío, sino de un agobio que no era capaz de comprender. Nos subimos a un taxi, y fuimos directamente a La Paz.
Carmen no se despegó de mí ni un segundo, no me soltó ni cuando las cámaras de la entrada empezaron a bombardearme con preguntas. En mi cabeza solo estaban las palabras de mi hermano “infarto…, pase de mañana…”. Subimos hasta la UCI, ni siquiera sé en qué planta estaba. Allí se encontraban todos, mi madre, José, el resto de mis hermanos, mis tíos. Hacía más de diez años que no veía a la mayoría, ni siquiera sé cómo la prensa supo que mi padre estaba ingresado, supongo que el afán de protagonismo de Magdalena les alertó, siempre quiso salir en los medios, pero no logró demasiado, debido a que yo no me dejaba ver mucho.
Mi madre alzó la vista, y, por un segundo, vi que se alegraba de verme, hasta que descubrió la mano de Carmen sobre mi hombro. Su mirada volvió a perderse en el infinito.

– No sé por qué has venido. ¿Vas a hacer el paripé delante de la tele?
– Déjala en paz, Teresa.
– Anda, si la nueva desviada hasta conoce mi nombre.
– Tú también sales en la tele -apostilló una voz al fondo.

Carmen, en lugar de estirarse y volver a sacar a la luz su ego, hizo todo lo contrario, me abrazó con más fuerza, y dio la conversación por zanjada.
En cuánto salió la enfermera para avisar de que comenzaba el horario de visitas, Carmen me abrió paso entre todos mis familiares, y consiguió que ambas entráramos las primeras. De fondo oía las quejas de mi hermana Soraya, y quizá de alguno más, pero Carmen les paró con un: “dejad que ella también pueda ver a su padre”.
La habitación la compartía con otros tres enfermos. Mi padre estaba justo junto a la puerta. El suelo se movía, al principio pensaba que me estaba mareando, luego caí en que aquel antiguo edificio vibra con el paso de los vagones de Metro.
Aquel hombre ahí tumbado ya no era mi padre, se había consumido entre la edad y el vino de misa. De él salían un millón de tubitos, tenía el oxígeno puesto, y parecía completamente inerte. Yo permanecía de pie, con miedo a dar un paso y despertarlo, pero abrió los ojos con mucho esfuerzo. Su mirada era distinta, como todo él, sus ojos vidriosos me miraban desde algún lugar lejano. Le llevó un tiempo reconocerme. Arqueó las cejas, llamó a la enfermera con la voz apagada, he hizo que nos echaran de allí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 17

  1. Joan dice:

    Después de este capítulo creo que hay que darle una oportunidad a Carmen.

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