En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 8

No sabía si me debía sentir mal por hacer que aquella chica se autoaceptara, u orgullosa de ello. Mi “tránsito” fue algo sinuoso, y comprendía esa represión, aunque no a nivel gubernamental. Mis padres son muy católicos, pero eso no quita que pudieran haberme aceptado tal y como soy, por lo que siempre los defino como “carcas” (siguen siendo mis padres…). Somos siete hermanos, y sí, mi familia comulga con lo Legionarios de Cristo. Quizá no debí sorprenderme cuando Magdalena les dijo a mis padres que me vio en el baño del instituto besándome con Julia. Adoraba a aquella chica, tenía el culo más bonito que he visto nunca. Por supuesto, mis padres llamaron a los suyos, se echaron balones fuera y decidieron que ambas nos cambiaríamos de centro, pues no era una cuestión de educación, sino algo social, y aquel colegio había pervertido nuestra moral. Las visitas al psicólogo y al cura me ocuparon varios años de mi vida. Cuando lo cuento, la gente piensa que no fue para tanto, pero nadie sabe lo que es luchar contra todo, lo que aquellos supuestos médicos hicieron conmigo, lograban que me sintiera la persona más horrible. Me pasé toda la adolescencia acomplejada, temiendo hablar con cualquier chica, y asistiendo a las citas concertadas por mis padres. Esa etapa sí que daría para un libro, pero ahora sé que el amor por la familia debe ser incondicional, y ellos no saben lo que es querer, y dudo que lo aprendan. Sólo mi hermano José me llama de vez en cuando, quizá porque es el pequeño, y siempre estuvimos muy unidos. Un día me harté, y me fui. Ya había estado con mujeres, y siempre temiendo ser vista, siempre con ese miedo en el cuerpo, borrando el historial de internet, inventándome novios. Tuve que trabajar de cajera y camarera al mismo tiempo para poder pagarme una habitación. Pero, no todo es malo, una noche, mientras servía un gin tonic, Javi me propuso ser modelo. Y no sé muy bien cómo, de las sesiones de fotos, pasé a las carteleras. Él me salvó la vida, y yo se lo pagaba escapando de Madrid para vivir una adolescencia que estaba cada vez más lejos de mí.

– Por favor, no le digas a nadie esto.
– Anna, no hay nada malo en ser lesbiana.
– Eso lo dices porque no sabes lo que es.
– Sí que lo sé.

Su cara lo dijo todo. Primero sorpresa, luego millones de pensamientos pasaban por sus ojos, y terminó con una sonrisilla de complicidad. Quizá no debí decírselo.

– Entonces, ¿te gusto? ¿Por eso me besaste?
– Anna -no sé cómo siempre termino metiéndome en estos compromisos-, eres una chica muy guapa, y divertida, pero yo no busco nada ahora.
– Te han roto el corazón -afirmó con rotundidad.
– Me lo rompí yo. Niña, eres muy joven, y puedes tener a la que quieras. Estoy segura de que si fueras por Chueca tendrías que quitártelas de encima.

Parece que aquel halago hizo que ella olvidara mi negativa a ir más allá de ese beso de enfado, porque no fue otra cosa.

– Perdonad, ¿sabéis dónde se cogen las toallas? -preguntó una voz con un marcado acento inglés.
– Sí, junto al bar de la playa hay una caseta. Justo al lado de la música atronadora.

La chica desapareció. Hacía mucho tiempo que mis ojos no perseguían a alguien, demasiado. Incluso llegué a pensar que Carmen me había convertido en asexual, pero eso no era posible, pues era ella la que me acompañaba en mis noches de soledad. Quizá aquella inglesa hiciera que mis manos ansiaran tocar otros cuerpos. Debía averiguar si había posibilidades, y no dejar pasar la oportunidad de volver a sentir.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 8

  1. Madiie dice:

    Lo dicho, me encanta tu forma de escribir ;D
    Un saludo desde Perú .. 😀

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