En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 7

No pude pegar ojo en toda la noche, me sentí sucia, mala. Había herido a una persona a la que apenas conocía, pero con la que pude entablar un principio de amistad, algo raro, pero de lo que surgió cierto afecto.
Subí a desayunar a la misma hora de siempre, esperando que esa mañana, Anna, hubiera decidido dejar sus sueños y verse conmigo. En vez de la cara angelical y somnolienta de mi compañera, me encontré una horda de rusos e italianos que invadían todas las mesas. Me llevó casi media hora encontrar una libre. Es odioso que preparen los cubiertos para un número par de comensales, ¿qué pasa con los que viajamos solos?
Bajé a aquella pequeña cala, me situé en la misma tumbona, cerré los ojos, y me bombardearon imágenes de la noche anterior. No había pensado en Anna como en una mujer, bueno, sí como una mujer, pero no como una que me hiciera experimentar algún tipo de excitación.
Tras un par de baños en el mar, nadar un poco y refrescarme con una suave cerveza, volví a mi sitio, porque ya era mío, madrugar debe servir para algo. Algo tapó el sol cuando mis párpados lo transformaba todo en azul. Entreabrí los ojos, y allí estaba, la jovencita rusa, mirándome con una cara que expresaba mitad enfado, mitad vergüenza.

– Buenos días, Anna. ¿Has dormido bien?
– ¡No quiero que te pienses que soy una degenerada por lo de anoche!
– No lo pensé.
– Te odio. No puedes ir besando a las mujeres. Aprovecharte de que estaba puesta. ¿Creías que no me acordaría?
– Anna -suspiré con resignación-, no pensaba volverte lesbiana, ni nada por el estilo, tan sólo quería que te dieras cuenta de que un beso no es nada horrible, ni de lo que debas avergonzarte.

No sé qué fue lo que dije, pero aquella muchacha se desplomó. Rompió a llorar, hablaba en ruso, pero algo creí llegar a entender, “lesbiyanka”. No sabía qué hacer, pero odio que alguien llore, y la abracé, como había abrazado a Carmen en aquel rodaje. Estaba tan angustiada por los ataques de la que “fue una estrella y ya era demasiado mayor para un papel protagonista”. Le hablé de mi primer contacto con una actriz en el declive de su carrera, y le invité a ir a tomar algo por Madrid. Ella eligió el sitio, justo frente a la SGAE, ese edificio tan impresionante que te traslada a la Barcelona de Gaudí. Tuve que hacerme las pertinentes fotos, y firmar autógrafos mientras Carmen se quedaba al margen, como si esperara su turno.

– ¿Así es siempre? ¿No te dejan ni tomarte una caña tranquila?
– No, normalmente la gente ni se acerca. Creo que te olvidan entre películas. Pero peores son los periodistas, eso sí que no te dejan vivir.
– Siempre quise salir en la tele, pero no sé si podría vivir siempre rodeada de decenas de ojos que escrutan cada paso que das.
– Te terminas acostumbrando. Tu solo actúa con naturalidad. Si miras por esa ventana -señalé con la cabeza-, verás dos fotógrafos entre los coches.
– ¡Debería salir y decirles que nos dejen en paz!
– Si haces eso, sólo conseguirás salir en Sálvame, que te tachen de diva prepotente. Si los ignoras y aparentas que no tienes nada que esconder, se cansan.
– ¿Y si lo que tienes que esconder arruinaría tu carrera?

¿Qué preocupaba tanto a aquella chica? Cuando empiezas tu carrera tarde, es más probable que se haya metido mucho la pata en la vida, y todos esos errores salgan a la palestra, pero, a menos que fuera una asesina en serie, veía complicado que una chica tan mona y con tanto talento, perdiera un papel por algo que quisiera ocultar.

– Anna, no entiendo nada de lo que estás diciendo.
– Yo, yo… -sollozaba-, yo no lo soy, no quiero serlo. No sabes lo que es vivir en Lesosibirsk. Allí me matarían.
– ¿Por qué iban a matarte?
– Yo soy famosa. Viajo a Moscú, pero es peor aún. Me apedrearían. No puedo. Tengo que casarme. Dimitri es un buen hombre, no me pega, y podré darle hijos.
– Anna, no entiendo nada de lo que me dices. El otro día, no querías casarte porque te querías ir de fiesta, y hoy deseas tener hijos. ¿Qué ha cambiado?
– Que me besaras y no pudiera negarme más que me gustan las mujeres.
– Por un beso no puedes decidir qué es lo que te gusta.

Su respuesta me dejó como a una homófoba idiota e inculta. No lo sabía por un beso, lo sabía desde hacía años, se lo había negado hasta el punto de odiarse a sí misma y a todos los que se declaraban homosexuales. Y yo, como una imbécil, pensé que mis besos eran capaces de cambiar la orientación sexual…

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en En las orillas del Mar Rojo. Guarda el enlace permanente.

4 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 7

  1. The hunger dice:

    Quien no ha sentido esa angustia aún teniendo un entorno más fácil que esta chica…el armario es un horror

  2. Madiie dice:

    Estuve esperando mucho a que publicaras otro capitulo, tu manera de plasmar cada historia me fascina, cada palabra que empleas; es maravilloso.
    Estaré al pendiente de un nuevo capitulo. 😉

    • remendona dice:

      Buenos días, Madiie. Siento que tengas que esperar, pero esta vez iré publicando un capítulo por semana, que no quiero pillarme los dedos.
      Muchas gracias por tus halagos, y espero seguir viéndote por aquí.
      Un saludo.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s