En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 6

Aquel beso que yo proyecté como un simple pico, duró más, mucho más. Su lengua se abría paso entre mis labios, sus manos se deslizaban por mis piernas, y comencé a sentirme realmente incómoda. Hacía años que no besaba a una mujer en público. La última fue Inma. ¿Qué habría sido de ella? Inma fue uno de esos amores fugaces que te dejan marcada para siempre. Nos conocimos en un chat. Entonces aquello era un pecado mortal, y las lesbianas nos escondíamos en esa pequeña red que se masificó con los años. Quedamos en una cafetería de Chueca. En aquel momento, el barrio estaba en su máximo esplendor, podías encontrar de todo, y nadie te juzgaba.
Inma tenía una fuerza que te cautivaba. Hacía que todo fuera fácil, incluso para una adolescente preocupada por sentirse diferente. Yo pedí un refresco, y ella un café. Aquello me pareció fascinante, ¡una mujer adulta!, y eso que sólo tenía tres años más que yo. Me hablaba de su carrera, de sus sueños, de los grandes viajes que haría, y yo me sentí apocopada, estaba en primero de bachillerato, mi único deseo era terminar el curso con unas notas aceptables, y que nadie notase que le miraba el culo a Julia. Pero ella tomaba café, y sonreía, y parecía segura. Cuando salimos, me cogió de la mano, como si fuera lo más normal del mundo. Me puse tan nerviosa que mis glándulas empezaron a segregar sudor por doquier. Inma se dio cuenta, me apartó a un lado de la calle, y me besó, luego, con esa voz tan calmada me dijo: “no tengas miedo, no te dejaré sola”. Ahora lo pienso y creo que era un poco gilipollas, pero en ese momento, aquellas palabras hicieron que me sintiera por primera vez com un ser humano normal.
La relación no dio mucho más de sí. Ella me veía como una niña que no se dejaba tocar por debajo de la ropa, y yo me angustiaba por su necesidad de llegar más allá de lo que yo estaba dispuesta a entregarle. Así es que dejó de llamarme, y yo dejé de mirar mi móvil Maxon cada cinco segundos. Y me costó demasiado tiempo entender que las mujeres no solo me besaban para poder llevarme a la cama, que también…
Anna seguía con sus ganas de mi cuerpo, y yo no sabía parar aquello que yo misma comencé. No me dejaba ni un segundo, bueno, alguno sí, mientras inhalaba con un billete o bebía de su copa. Parecía que había desatado a una bestia.
Llegó la hora del cierre, y Anna volvió a un estado sosegado. En el taxi ni me miró, en el trayecto a nuestras habitaciones, no pronunció ni una sola palabra. Pensé que ahí había quedado la cosa, que sólo fue un arrebato juvenil y carnal, pero subió conmigo las escaleras, recorrió el pasillo hasta mi habitación, y se introdujo en ella casi tan rápido como se quitó la ropa.

– ¿Qué haces?
– Lo que tú deseas -respondió mientras tomaba mis manos y las pasaba por sus pechos.
– Anna, yo no quiero esto.

Mis palabras no le sentaron demasiado bien. Empezó a gruñir en ruso, a vociferar y a vestirse. La miré atónita. Aquello era culpa mía, no debí hacerle creer que me gustaba, pero tampoco pensé que ella aceptara el beso, y mucho menos que quisiera pasar la noche restregándose conmigo. Cerró con un sonoro portazo, y yo me quedé con su tanga, tendido sobre mi cama.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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