En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 5

Anna me invitó aquella misma noche a que le acompañara a Pacha. Yo accedí, aunque mis ganas de meterme en una discoteca se pasaron hace años.
Un taxi nos recogió en la puerta del hotel, escoltadas por un policía con metralleta, nos subimos a aquella tartana. Todos comenzaron a saludar a Anna, como lo hacían conmigo en España, con esas ganas exacerbadas de agasajar. Un portero nos condujo a una sala VIP, y las botellas de champagne empezaron a correr entre las distintas mesas, y ciertas drogas pintaron aquel rincón de blanco.
Anna resultó ser una famosa DJ en Rusia, China y Egipto. Me pareció una mezcla bastante curiosa, no llegué a comprender qué tipo de música podían tener en común tres culturas tan dispares.
Volvieron las fotos, los flashes, las sonrisas sin ganas, aunque esa vez no era yo la protagonista, sólo la acompañante de turno. Anna estaba radiante ante aquella parafernalia, y yo intenté esquivar todos los focos, no tenía muy claro cuál sería el fin de las fotografías, y no estaba dispuesta a que los medios españoles se hicieran eco de mi localización y vinieran a perseguirme.
Bebí más de la cuenta, bailé como si estuviera poseída por algún tipo de espíritu, y dejé que la cocaína la consumieran otros. La verdad es que hacía mucho tiempo que no dejaba de medir mis gestos, mis pasos, y esa desinhibición me pareció lo más maravilloso que había sentido en una década. Nadie había puesto una lupa sobre mí, nadie escrutaba lo que hacía o lo que decía, y volvía a ser sólo Sandra, una chica de treinta años que se divierte en una discoteca mientras está de vacaciones.
Pillé a dos chicas en el baño, entregándose al placer. Yo no le di ninguna importancia, pero ellas, cabizbajas, intentaron disculparse conmigo por algo que era totalmente normal. Quizá que Pacha estuviera lleno de extranjeros me hizo olvidar por un momento la represión que sufren los homosexuales en los países islámicos. Egipto no es el peor de todos, no existe una ley que condene estos actos, pero sí que lo hacen, amparándose en supuestos escándalos públicos, atentados contra la moral y ataques a la religión. Anna también vio lo sucedido, su reacción me sorprendió.

– No te asustes, es normal que cuando dos chicas beben demasiado, se besen, pero es sólo amistad. Aquí no verás esas abominaciones que hay en Europa. Tienes que venir a Rusia, allí no pasa ni esto.

No entendí cómo una chica tan joven podía tener una mentalidad tan cerrada, estaba claro que las políticas de Putin habían calado hondo en una sociedad maleable.

– Ya vi en las noticias que hay quién persigue a los gays para darles palizas…
– Normal. ¿Te gustaría que tus hijos se contagiaran de esas conductas?
– ¿Sabes que la homosexualidad no se contagia?
– La enfermedad quizá no, pero los niños imitan a sus mayores.
– Claro, y es mucho mejor imitar una conducta violenta que un acto de amor…

Anna se sintió ofendida. Tratar de temas como esté en otro idioma no es fácil, y menos con una mentalidad así, por lo que hizo lo que cabe esperar de cualquier niñata, se dio la vuelta, meneó su cabeza, sacudió su pelo, y se marchó.
Aquella situación me había puesto furiosa. ¿Cómo es posible que se condene algo así y no las matanzas en Ucrania? Creo que nunca llegaré a entender a los políticos y su doble rasero. En el Grupo Femme, como se hacían llamar las amigas de Olga, también había altos cargos del gobierno. Mujeres que apoyaban a un partido que les coartaba sus libertades personales. Entendía perfectamente lo que supone salir del armario, pero mostrar odio hacia lo que eres, es demasiado freudiano para mí.
No podía dejar que aquel mal sabor de boca me estropeara una noche que estaba resultando realmente agradable. Debía hacer algo. Algo que jamás pensé que haría. Fui tras Anna, ella seguía con sus movimientos de cadera, como si no le importara lo que había sucedido en el baño, lo que había hecho que me hirviera la sangre. La sujeté de la cintura, ella siguió contoneándose, se dio la vuelta, me sonrió como si yo fuera una más de sus fans sedientas de protagonismo, y la besé…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 5

  1. Marta dice:

    Buenas tardes, me ha encantado!! Es alucinante lo que puedes
    llegar a trasmitir con cada letra que escribes. Eres adictiva y estoy
    totalmente enganchada, esperaré ansiosa la continuación.
    Espero que pases una buena tarde.

    Marta.

  2. The hunger dice:

    Guaaaa, que valiente Sandra, y que cuajo!, porque despues de esos comentarios de Anna a mi me daria mas que asco besarla….aunque casi me atrevo a decir que Anna corresponderá a ese beso, seguro que esta en ese alto porcentaje de homófobos que son unos reprimidos

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