En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 3

Mi primer día de vacaciones en mucho tiempo, y yo había decidido la noche anterior ponerme el despertador. No quería perderme ni un segundo de sol, de mar, de mí.
A las siete menos cuarto, estaba disfrutando de un café soluble en la terraza de mi habitación. Contemplaba cómo el mar se tornaba dorado, y los blancos edificios se iban iluminando. Los barcos pasaban por delante de mí, porque no había nada más, nada que me impidiera contemplar aquella belleza inconmensurable.
Me duché, y bajé a desayunar. Allí, como en un cualquier Todo Incluido que se precie, tenía un largo mostrador con todo lo que podía engullir. Me decidí por un café con leche, un poco de queso y un huevo cocido. Eso es lo que suelo tomar antes de mi hora diaria de ejercicio, y ese día tampoco podía saltármela.
Tardé un rato en situarme, tras dar un millón de vueltas por calles que me resultaban iguales. El césped recién regado, los Pensamientos que bordeaban las aceras, y ese olor a fresco, a paz… Y, nuevamente, Carmen en mi cabeza. Ella adoraba esas flores, adoraba el calor, la tranquilidad, y yo la adoraba a ella. Seguía sin entender por qué me había dejado. Había pensado en su marcha un millón de veces, y ninguna encontré una respuesta reveladora. Quizá era hora de asumir que dejó de amarme, que aquel tiempo en el que logré que sonriera, se había perdido en el olvido. Dolía tanto.
Había estado con bastantes chicas, con unas, una noche, con otras meses, pero ninguna era Carmen, ninguna me hizo estremecer con cada palabra, con sus miradas de complicidad. Nos conocimos en un rodaje. Ella era nueva en el mundillo y todos le daban de lado, como si aquella jovencita les fuera a robar protagonismo. Se sentó en unas escaleras, con los ojos enrojecidos, y la cabeza entre sus manos. Parecía tan triste, tan sola, que no pude evitar acercarme. Ella me miró como un animal herido, con miedo, como si creyera que iba a rematar lo que los demás habían hecho. Hablamos durante los pocos minutos que nos dejaron libres, y ya entonces me fascinó.
Por fin pude poner la toalla en una tumbona, y sentir cómo el sol arañaba mi piel. La playa no era como esperaba, pero no me defraudó. Era una pequeña cala, escabada en la roca, con un acceso algo difícil, pero en la que éramos muy pocos. Las familias preferían la otra, era más grande, y no tenías que andar saltando entre las piedras para poder acceder al mar.
Me tumbé, cerré los ojos, y me dejé engullir por el sonido de las olas al romperse junto a mis pies. Oía conversaciones en idiomas imposibles, y eso me hacía sentir más sola, más única, pero no más yo. ¿Dónde me había ido?, ¿en qué momento me perdí? Quizá la respuesta se encontraba en el bar de la playa, con una cerveza en mi mano, mirando el horizonte, y sin nadie que me hiciera huir.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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