En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 2

Tomé el vuelo con la misma ilusión con la que viajaba cuando sólo era Sandra, una chica de un pueblo de Madrid, que se iba de fin de curso a Mallorca. Recuerdo aquel momento con ternura, pero, también, con una nostalgia que me embriaga. De vacaciones con mis amigos, las personas más importantes para mí en aquel momento. Con ellos, sólo era yo, sin máscaras, sin vestidos de diseño, sin horas de peluquería y maquillaje, solo la chica que iba con aquellos horrorosos vaqueros rectos, una camiseta con un lobo y unas zapatillas naranjas. Echo de menos el anonimato.
Hasta El Cairo, todo fue como siempre, fotos, autógrafos, sonrisas fingidas. Allí, no hubo un comité de bienvenida, ni una sala VIP que me recibiera. Era de noche, y la gente salía espantada para recoger su equipaje, mientras yo me dirigía a comprar el Visado, y en busca de una sala de fumadores, que no me costó demasiado localizar, y que agradecí con cada calada. Aún sigo sin entender por qué puedes consumir alcohol dentro de un aeropuerto, pero los fumadores somos escoria. No conozco a nadie que por fumarse un par de cigarrillos de más se haya vuelto baboso o agresivo.
Poca gente transitaba por aquellos largos pasillos, algunos me miraban, pero sus ojos no eran los de alguien que reconoce a un famoso, sino el de la curiosidad de ver a una extranjera que va a tomar un vuelo doméstico. Decidí esperar en un pequeño bar, con una Coca-Cola caliente, después de poner a prueba mi olvidadizo inglés y pagar con unos billetes que me eran totalmente extraños, menos mal que a alguien se le ocurrió la brillante idea de poner su valor en un lenguaje legible, porque sino, hubiera podido pagar cincuenta euros en libras egipcias por aquel refresco y ni me hubiera enterado.
Tras una hora más, montada en aquel avión, con azafatas con velo, muy interesadas en que todos consumiéramos algo de líquido y egipcios con pantalones de pana, por fin llegué a Sharm. Quizá debiera olvidar mi viaje en taxi, con las luces apagadas, pitando a todo el que se encontraba, circulando a 140 km/h en una vía de 60, con controles policiales cada quinientos metros, las metralletas y las barreras antibomba, los badenes que nos hacían volar, y los innumerables intentos de aquel taxista porque comprara hachís.
Llegué al hotel pasadas las doce de la noche, tras entregar el pasaporte, y realizar esos trámites de los que siempre se encarga alguien por mí, me ofrecieron un cóctel multicolor sin alcohol, realmente bueno, la verdad.
La habitación estaba orientada al mar, aunque a esas horas solo podía intuirlo. Caí rendida en la cama, bajo la atención de unos cuadros bastante feos, y un cabecero de madera que hubiera ocupado mi primer apartamento por completo.
Por delante, un mes de playa, libros, y no escuchar castellano. No sé a qué se debía aquella necesidad de sentirme sola, pero que ni hablaran mi lengua, me hacía ilusión, a veces pensaba que hasta los focos eran capaces de penetrar en mi mente y leer mis pensamientos, y herirme una y otra vez.
Supongo que, desde que Carmen se marchó, no fui capaz de actuar cuando las cámaras se apagaban, y, al parecer, eso es imperdonable para una actriz, pues terminamos siendo un objeto más, que se pasa las horas de rodaje esperando a que un chico guapo e idiota, la rescate de su penosa vida, en la que se dedica a cuidar a su madre o es explotada por una empresa, hasta que él, su héroe, aparece y lo convierte todo en color de rosa.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to En las orillas del Mar Rojo. Capítulo 2

  1. The hunger dice:

    Un mes de playa y libros…..yo también quiero este destierro!

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