Miércoles

Odio ir a trabajar. No me malinterpretéis, adoro mi trabajo, porque hago lo que quiero, lo que siempre soñé hacer. Pero hay que levantarse de la cama, y eso supone separarme de ella, de mi amor.
A veces, cuando me voy, aún duerme, y me quedo mirándola durante un rato, intentando meterme en sus sueños. Otras, abre un ojo, me sonríe, y me invita a volver a su lado, aunque sólo sea un segundo para poderme dar ese beso que me hace rejuvenecer.
Creo que podría pasarme meses en la cama con ella, acariciando su piel, acurrucándola mientras duerme, sonriendo como una idiota, tan solo porque un día ella me eligió a mí, y decidió que era yo la mujer con la que compartir su vida, sus días, sus noches.
Siempre suspiro antes de abandonar la habitación, es como liberar la tensión, como dejar allí un trocito de mí, ponerme una máscara y salir al mundo.
Siempre voy andando a trabajar, me da igual que haga frío o calor, eso me permite seguir pensando en ella. La gente me mira extrañada, supongo que estar contenta a esas horas no es muy normal, y ellos no lo entienden, ¿cómo lo van a hacer si es conmigo con quién duerme?
Llego a la oficina, coloco mis cosas, y le mandó un mensaje, recordándole lo preciosa que está esa mañana, porque lo está, siempre lo está. Miro su foto en mi móvil, y me enfrasco en mis tareas. Quizá por eso me guste mi trabajo, porque es capaz de evadirme, de centrarme solo en una cosa, aunque su recuerdo siempre permanezca en mí.
Luego toca desayunar. Mis compañeras me hablan de sus maravillosos hijos, de los pesados de sus maridos, de que tienen que hacer mil tareas al llegar a casa. Yo me río, y siempre hay alguna que me recuerda que mi chica hace esas cosas por mí. Sí, es verdad, ella se encarga de la casa desde que está en paro, pero antes lo hacíamos juntas, nunca tuvimos esos problemas de ver quién plancha o friega, quizá porque ella odia lo que yo prefiero, y yo aborrezca lo que a ella no le disgusta. Cuando me recuerdan que mi casa está ordenada, siempre me paso por una tienda cercana al trabajo y le llevo algún detalle, una pulsera, un cofre, una rosa de papel, algo que le haga ver que agradezco lo que hace, que la quiero, y que me tiene completamente enamorada.
Me gusta charlar con mis compañeras de trabajo, porque nunca hablamos de trabajo, y aprendo mucho. Ellas son mayores que yo, y su visión de la vida difiere mucho de la mía. A veces me preguntó si terminaré siendo como ellas, si me volveré una gruñona, si se acabarán las escapadas románticas o las salidas a tomar copas con los amigos, y terminaremos en casa, viendo cualquier película que nos quieran poner en la tele. No creo que sea así, ellas lo achacan a que llevan X años con sus maridos, pero Luna y yo llevamos juntas más de ocho, y nunca nos faltó pasión ni ganas de vernos. Quizá ellas ya no amen a sus maridos.
Después de la media hora de descanso, toca volver a la rutina, a enfrascarme en esos proyectos que tengo en mi cabeza y puedo plasmar en un ordenador. Es como hacer realidad un sueño, adoro poder ver lo que mi imaginación inventa, me resulta apasionante.
Hoy terminé pronto el trabajo, y mi jefe me deja ir a casa a comer. Adoro cuando eso pasa, porque Luna nunca tiene nada preparado, y se pone nerviosa, rebusca en los cajones, mira a ver qué platos se le ocurren, y terminamos llamando al chino, pidiendo lo de siempre. Ella me dice algo enojada que debería avisarla, que así me prepararía algo que me apeteciera, y yo siempre le respondo que lo único que quiero es verla. Esos días, el arroz no suele acabarse, y terminamos en cualquier rincón de la casa, haciendo el amor, disfrutando de un tiempo que nos han regalado. Y no lo hacemos como siempre, esos días son especiales, hay más pasión, pero también una dulzura extrema. ¿He dicho ya que adoro los días como hoy?
Regreso a casa, no sin antes comprarle un pequeño colgante de plata, con la forma de un pergamino en el que pone “Te amo”, sí, es bastante ñoño, pero es la verdad, la amo, y aunque no tenga que estar grabado en plata, me gusta que cuando elige qué colgante ponerse, vea en alguno cuáles son mis sentimientos por ella.
La gente sigue correteando por las calles, cansados, con mala cara, todos parecen grises. Quizá el mundo sea como una película en blanco y negro, y en esa secuencia,yo soy la única a la que han coloreado fotograma a fotograma.
No faltan ni dos minutos para llegar, y mi corazón se acelera. Estoy deseando ver su cara cuando entre. A veces no me escucha, se asusta y da un pequeño gritó que adoro, entonces corro a abrazarla, y ella me gruñe, obligándome a besarla con mucha delicadeza. Otras, la pillo cerca, me mira, y se va corriendo a la cocina… ¿Cómo no enamorarse de alguien así?
Saco las llaves del bolso, elijo la correcta, y la introduzco en la cerradura. Abro sigilosamente, para ver si está cerca, pero no, no está en el salón. No se oye ningún ruido y pienso que quizá bajara a comprar, así es que decido ir a ponerme ropa más cómoda.
El pasillo se me hace eterno cuando no espero que ella esté al fondo, y camino cabizbaja, como si me hubieran robado mi juguete favorito. Llego al dormitorio, y comienzo a quitarme los zapatos. Odio tener que llevar tacón, pero parece que cuando aparentas ser más alta, en este mundo de hombres, te tienen en consideración. Me siento en la cama, que aún está por hacer. Me quitó los pantalones pitillo, y me caigo hacía atrás, donde estaba el nórdico más doblado, y me topo con algo duro. Escucho un “¡ay! Luna no debe encontrarse bien ese día. Me preocupa. Desarropo con cuidado su cara, pero no es ella.
Me quedo unos segundos mirando a la desconocida, ella me mira a mí. Pienso en qué puedo decirle a esa chica, me siento como un osito de cuento, “alguien ha dormido en mi cama”.

– ¿Qué haces aquí?

Me giro, y Luna está en la puerta del baño.

– Me han dejado salir antes.

Es una situación muy extraña, pero le respondo con normalidad, aunque mi cara no exprese tal situación.

– Cielo…, no sé qué decir…, lo siento.

Entonces caigo en la cuenta de que Luna está desnuda, y vuelvo a mirar a la desconocida. Parece asustada. Mis ojos regresan a la puerta del servicio, pero Luna ya se está acercando, lo que provoca en mí un brinco.

– ¿Qué es esto? -pregunto con una mezcla de desconcierto y de una ira que se acrecienta por momentos.
– Cariño… No sé…
– ¿No sabes? ¿Qué es lo que no sabes? Dime que esto no es lo que creo. ¡Dímelo, por favor!
– Cielo, vamos al salón y lo hablamos.

Ya os podéis imaginar el resultado de aquella conversación, ella lloraba desconsoladamente, yo alucinaba, ella se contradecía, yo descubría que llevaba con esa chica meses, ella se disculpaba, y yo la odiaba por segundos.
Prometo que la hubiera perdonado si hubiera sido sólo esa vez, cosa bastante improbable dado que eran las dos de la tarde y no creo que “echemos un polvo” se una frase muy usada en el supermercado.
Aún sigo queriendo perdonarla, pero no puedo. Me pidió un par de días para encontrar piso, e irse. ¿Un par de días? ¿Cómo se encuentra piso en Madrid estando en el paro en solo dos días? Se iba a ir con ella a vivir. Me dolía todo de pensarlo. De hecho, no volvió a dormir en casa, sólo vino a buscar sus cosas.
La hubiera perdonado, pero la odio.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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6 Responses to Miércoles

  1. The hunger dice:

    Desde luego es lo más desolador que puede pasarle a alguien enamorado, pero pasa, por eso el amor esta sobrevalorado. Después de unos meses sanadores el amor vuelve en otro envoltorio, dejas de odiar al que se quedo atrás y la vida sigue, regalando sensaciones y momentos nuevos. Vamos, que sí tuviéramos que morir por desamor quedaríamos 3 en el mundo…

  2. littleparrot dice:

    Buenas,

    Lo peor, además de que cosas así pasan todos los días (o eso o yo me rodeo de gente muy gafe), es la sensación que debe dejar esa sorpresa fallida en la que pasas a ser tú la sorprendida.

    • remendona dice:

      Buenas, Little Parrot.
      La verdad es que debe ser horroroso. Siento que la gente que te rodea viva situaciones así, pero, algo que aprendí hace tiempo es que los cambios, son para mejor, y más si te están poniendo los cuernos.
      Un saludo.

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