Confesiones

La primera vez que te vi, pasaste por mi lado, sin que ninguna de las dos supiera lo que pasaría después.
Me hablabas, yo contestaba, y en ese juego de palabras, debió existir una mecha, un botón detonante que hizo que mis ojos no te vieran como a una más, sino como parte de mí. Poco a poco, conquistaste mi consciencia y mi inconsciencia, no sé muy bien cómo, ni cuándo, quizá un mes de enero, o puede que fuera ya febrero.
Mis sentimientos eran confusos, tan difusos que se concentraban en los abrazos que podía darte, y que tú, tiernamente me brindabas. No era un buen momento, para ninguna, ambas lo sabemos. Habíamos claudicado ante la soberana pesadez de querer, de sentir, y buscábamos algo de aire, sólo de vez en cuando, fuera de esa ciénaga en la que se había convertido nuestra vida. Y como amebas, nos transportábamos por el mundo, perdidas, aunque pensando que no era así.
Y ese invierno nuestras palabras se cruzaron, como si hubiesen tenido que recorrer miles de kilómetros, llegaban desincronizadas, pero alimentando la esperanza de volver a saber qué era eso del amor.
Me negué cada día la posibilidad de que aquello fuera posible, de que estuviera deseando tenerte entre mis brazos cada instante. Me enfadaba no poder dominar lo que afloraba dentro de mí, y me marchaba y volvía, y tú siempre estabas, quizá no tan tú como siempre, pero estabas. Y yo volvía a sujetarme con fuerza a tu nombre, a cada apelativo que te ponía. Tú sonreías, y con ello el cielo se despejaba, pero no era sol lo que dejaba pasar, eran estrellas, un manto inmenso de pequeños focos que iluminaban las partes oscuras de mí.
Tenía tanto miedo… Miedo a mostrarme, a ser quién realmente soy, a dejar de esconderme tras los sarcasmos, tras la seriedad o la broma fácil. Miedo de ti, de que te hubiera dado la llave para aplastar mi corazón a tu antojo. Y mi cerebro me llamaba a filas, pero mis sentimientos te nombraban como un eco constante en mi cabeza. Y quise huir, alejarme de ti para siempre, escapar de aquello que sentí como una cárcel y no era más que mi liberación. Sí, tú me liberaste de las cadenas que yo misma me até, me sacaste del mar tras ponerme yo una pesa y dejarme hundir.
Tenías tanto poder sobre mí, que tiemblo al pensarlo, porque aún lo tienes, y quizá lo poseas siempre, pues nadie ha conseguido desnudar cada recodo de mi cerebro de la forma en la que tú lo has hecho, porque nadie ha conseguido que un abrazo invisible se hiciera tangible, porque sólo tú, haces que cada día intente mirar al mundo con un poco más de esperanza, con esa mirada nueva que sólo tienen los recién nacidos.
No sé qué pasará, pero, sinceramente, tampoco me importa. Si me quieres herir, aquí está mi sangre, pues prefiero haberte tenido y morir de sufrimiento, que haberte perdido y vivir sabiéndolo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Confesiones

  1. Sara dice:

    Esplendido!!

  2. Ruby dice:

    Una y otra vez, al leer cosas tuyas me quedo encantada y no importa las veces que lo haya leído, siempre me deja el mismo efecto. Que tremenda escritora eres. Haz despertado en mí, el gusto por la lectura.

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