Érase una vez…

Había una vez, en un reino muy lejano, una campesina, que vivía tranquila, afanada en sus tareas y en sus libros. Sí, libros, aquella joven niña leía todo lo que caía en sus manos, y a diferencia del resto de sus hermano, ansiaba poseer todo el conocimiento que en ella cupiese.
Su madre, una bondadosa mujer de pelo cano y arrugas en los labios, siempre le contaba historias, pero una, y sólo una, era su favorita, la de La Perla del Caribe. En ella se decía que una ostra albergaba la más delicada de las gotas que existían. Miles de hombres habían viajado por el mundo para tenerla, pero todos fracasaron, pues la Bruja de la Distancia, era más sabia que aquellos rudos marineros.
La campesina fue creciendo y su imaginación lo hizo con ella, hasta el punto de creer que realmente existía una Perla tan hermosa. Todos se reían de ella, pero no le importaba, quería encontrar ese tesoro oculto por una malvada mujer, pues creía que ésta no merecía tener en su poder una belleza sin límites.
La campesina tomó sus pocas pertenencias, y, se aventuró en busca de una ciudad con puerto. Al llegar, cientos de fornidos hombres eran alistados, pero, ella, al ser más menuda, no parecía importarle a los reclutadores.
Hasta que una mujer, la invitó a unirse a su tripulación.
Extasiada por la posibilidad de ver mundo, se esforzó como la que más en realizar sus labores, y, poco a poco, su cuerpo se fue tornando más fuerte, capaz de izar velas y mover pesados remos.
El barco se dirigía a una remota isla del Caribe, pero no irían donde todos los piratas, sino más arriba, donde los hombres temían aventurarse, por miedo a las historias que de aquel lugar se narraban.
Desembarcaron en sus botes, y, la campesina, al tocar tierra, saltó y corrió por toda la playa. Tantos meses en el mar, le habían hecho olvidar lo que era la libertad.
Sus compañeros se dedicaban a seguir un mapa, pero ella no estaba interesada en el oro, sino en un árbol que divisó al otro extremo de la arena. Ese árbol era igual que el que aparecía en las historias que su madre le contaba. Se dirigió a él, y cuando lo tuvo a un palmo, lo escudriñó afanosamente.

– ¿Qué haces aquí, jovencita? -preguntó una voz quebrada, provocando en la campesina un estado de alarma mayor que cuando divisaban bancos de tierra a pocos metros, y dudaba de si su barco sería capaz de virar.
– Busco una Perla.
– ¿Y por qué la buscas, muchacha?
– Porque quiero admirar su maravillosa belleza.
– Han sido muchos los que me han respondido de igual modo, pero ninguno tenía el corazón puro. ¿Por qué crees que tú debes poseerla?
– No quiero poseerla, señora, tan solo ver que existe, y quedarme extasiada con su hermosura.
– ¿De verdad no quieres llevártela?
– Claro que no, señora. Eso sería injusto. Puede que otra persona quiera contemplarla, y arrebatarla de su lugar sería profanar su belleza.

La anciana condujo a la joven entre la selva. Al principio, estaba muy contenta, pues alguien podría llevarla a ver a la Perla, pero el camino cada vez era más largo. Cruzaron montañas, valles, lagos, ríos, niebla, oscuridad. La campesina perdió la cuenta de los días que anduvo caminando, pero sus pies daban buena cuenta de ello, pues tenía herida sobre herida.
Pasaban los días, las semanas, los meses, y aquella incansable anciana no parecía encontrar el camino.

– ¿Aún no vas a darte por vencida?
– No, señora. Vine a verla, y no me iré sin hacerlo.
– Tu barco partió hace meses.
– Me da igual. La Perla es lo único que me ha traído hasta aquí, la nave fue sólo el medio para llegar.

De pronto, una nube de un humo denso, las envolvió. Al disiparse este, una hermosa mujer apareció junto a ellas. La anciana, enfadada, gritó y salió de aquel claro.
La campesina, perdida en medio de la nada, miró a aquella chica. Era tan bella que pensó que sus ojos no podrían seguir contemplándola, pero había algo que la cautivaba más allá de imaginable.
La chica se acercó a ella, la tomó de la manos, y le dio un beso en los labios. La campesina quedó inmediatamente hipnotizada por un amor transparente, y sólo pudo corresponder a ese beso, con una sonrisa.

– Campesina, has viajado mucho para llegar hasta aquí. ¿Aún quieres ver la Perla?
– Puede que mi apariencia denote ignorancia, pero desde el momento en el que apareciste, supe que tú eras lo que buscaba, tu eres mi ansiada Perla.

Y sin más conversación que se terciase, ambas mujeres se fundieron en un abrazo eterno, tanto, que la historia de la hermosa Perla, ahora es la de la “Perla y la campesina”.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to Érase una vez…

  1. the hunger dice:

    Q bonito, eres una caja de sorpresas!

  2. the hunger dice:

    No lo sientas, nosotras encantadas!

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