Un lugar en el mundo

Era un sábado más. Yo estaba en el Smoke, en la mesa del fondo, junto al futbolín, que, por suerte, ese día no usaba nadie. Estaba con mis amigas, disfrutando de una caña, de una conversación, del bol de patatas fritas que nos había puesto la dueña. Ya sé que ese bar no es para mí, bueno, sí lo es, porque me encanta, y me da igual que la clientela me duplique la edad, me siento cómoda y tranquila, sin el acoso constante de las niñatas en busca de sexo desenfrenado (ese que ya ni recuerdo cómo es). Reíamos por cualquier cosa, ¿acaso había vida más allá de ese momento y esas paredes? No me importaba, estaba en esa época tranquila, serena, en la que nada me perturba, en la que yo no perturbo a nadie. Me gustaba sentirme así, en paz.
Íbamos a marcharnos ya, a recorrer esos lugares donde el ruido aturde los sentidos y sólo puedes pensar en beber y en bailar, cuando una figura se situó frente a mí. La poca luz del local, casi no me dejaba dibujar su rostro, aunque me había acostumbrado a la penumbra y al vaivén de las velas humeantes. Me era tan familiar…, pero tan lejano… Ella parecía sorprendida, pero, al mismo tiempo, aliviada, como si el que nos marchásemos y dejar la mesa libre sofocara unos pies destrozados. Pero no era eso lo que escondía tras su sonrisa.

– ¿Alba? -preguntó con incertidumbre.
– Sí -respondí intentando averiguar por qué esa mujer me sonaba tanto.

La miré de arriba a abajo. Alta, delgada, pelo oscuro y rizado, ojos marrones, quizá negros, grandes, labios carnosos y sonrisa tímida, más joven que yo, pero no sabía cuánto. Forcé mi mente y entrecerré los ojos todo lo que pude, pero no fui capaz de ubicarla, quizá porque ese no era su sitio, ese no era el lugar donde yo esperaba haberla encontrado.

– Me alegro de verte -dijo con una sonrisa más amplia, mientras su tez oscura parecía sonrojarse.
– Perdona, soy un poco desastre. Sé que te conozco, pero no caigo…
– Ha pasado mucho tiempo, quizá me hayas olvidado. Da igual -hizo una pausa-. Veo que te marchabas ya, no te entretengo.
– Si me conoces algo sabrás que no puedo irme con esta duda. Dime tu nombre, puede que así se me refresque la memoria.
– Rocío.

¿Rocío? ¿Quién podría ser aquella Rocío? Conocía a una, pero no era ella, estaba claro. Además, ese acento andaluz me descuadraba mucho. ¿Quién era? “Venga, Alba, puedes hacerlo, no eres tan mayor como para estar senil”, pensé durante un tiempo, que a la pobre chica se le hizo eterno, porque no dejaba de arquear la ceja, esquivar mi mirada, y yo de buscarla, para ver si era capaz de adivinar de qué cojones la conocía. Además, no comprendía cómo podía haber borrado de mi mente a una chica tan guapa. Pensé que podía haberla conocido cuando era aún más joven, yo tampoco había cambiado tanto en los últimos diez años, pero no era de eso, sabía que no.

– Alba, déjalo. Me alegro de haberte visto, aunque sea así. Siempre imaginé que tú tomarías café y yo un té, que charlaríamos y esas cosas -parecía defraudada-, pero veo que te olvidaste pronto de mí.
– Rocío, lo siento muchísimo, de verdad. No suelo olvidar a la gente, sí sus nombres, pero no de qué los conozco, y contigo me es imposible acceder a ese recuerdo.
– No pasa nada. Pasa una buena noche.

Me marché con aquella duda rompiéndome el cráneo, pero preferí no preguntar más, pues ella parecía sentirse incómoda, yo le hacía sentir incómoda por mi desmemoriada cabeza. Un WhatsApp me sacó de mi letargo, lo abrí por inercia: “siento no ser como esperabas y que hayas intentado eludirme de esta forma. Pero me conformo con haber visto que eres real”. Sobre aquel mensaje, un nombre, Rocío Gaditana. ¡Joder! Claro que sabía quién era, me pasé meses llorando por ella.
No nos habíamos visto nunca en persona, tan solo alguna foto en el Facebook. Hablábamos mucho y yo terminé enamorada de Rocío, como si fuera una colegiala. ¿Cuánto había pasado de aquello? ¿Unos meses? ¿Un año? No lo sabía, porque aún soñaba con que aquella tarde en la que nos despedimos no existió, en que fui a buscarla a la estación de tren y pasamos unos maravillosos días entre las calles de Madrid y mi cama.
Me di la vuelta, sin molestarme en avisar a mis amigas, quería verla, disculparme, que entendiera que aquello no era una excusa, sino que ella no debía estar ahí según mi cerebro. Corrí hacia el Smoke, entré como una bala, el bar se había llenado de gente, y deambulé entre ellos, pero no la vi. Tenía que verla, era una chica muy alta, destacaría entre el resto.
Saqué mi móvil, y le pregunté dónde estaba. Esperé en la puerta, consumiendo por completo el paquete de tabaco. Nada, sin respuesta… Una llamada me sobresaltó, era una de mis amigas preguntándome dónde me había metido. Regresé con ellas, aun sabiendo que había perdido la oportunidad de tener a esa persona a la que tanto ansié. Dediqué el resto de la noche a contemplar a cada persona que entraba en los garitos, esperando que alguna fuera ella, pero no fue así.
Llegué a casa con los ojos enrojecidos, no sé si de contener la impotencia, las lágrimas o de tanto escudriñar rostros. Me tiré en la cama, y di vueltas sin parar, hasta que algo en mi cerebro se apagó, y me quedé dormida. Cuando desperté, tenía un mensaje suyo: “estaré en la Plaza sobre las once, desayunando, pásate”. Ya eran las tres de la tarde.
Siempre será inalcanzable…

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Un lugar en el mundo

  1. The hunger dice:

    Nuevo relato? Espero que sí, a mi ya me ha intrigado, que adictiva es esa sensación de “…a ver como saca la patita de donde la ha metido…..”. Nos dejarás con la duda y será realidad lo de “siempre será inalcanzable”?

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