No es una cita (Parte 5)

Aquella paz no duró demasiado tiempo, el ímpetu de la juventud hizo que despertara de su letargo, volviera a reclamarme más besos, más caricias, más de todo. Mi cuerpo aún podía aguantar algo más, no mucho, pero mi mente, estaba tan colapsada…
Volvimos a envolvernos con nuestras pieles, a sentir cómo nos ardían los labios de tanto recorrernos, a tener las manos húmedas por el sudor de nuestras espaldas, a retomar los gemidos, los gritos, los orgasmos.
No dejó ni un segundo de sonreírme, como si aquello fuera lo mejor que le había ocurrido en la vida, pero yo seguía sintiendo una extraña fuerza que me hacía alejarme de allí.
Esa mañana, ni desayunamos, con las ojeras como maquillaje, hicimos las maletas, y salimos del hotel. Quedaban aún cuatro horas para que mi vuelo me llevara de vuelta a Madrid, y cinco, para que ella regresara a Estambul. El paso de los segundos se iban clavando cada vez con más fuerza en mi pecho, y, aquello que no era una cita, terminó siendo mucho más que eso. Me había enamorado de una niña que vivía a miles de kilómetros de mí, y yo ni sabía lo que ella sentía.
Carmen seguía hablándome, incluso mientras comíamos, yo hacía por escucharla, por ser parte de aquella conversación que le tenía tan ensimismada, pero era imposible arrancarme aquel dolor que me desgarraba las entrañas. La miraba, y veía a una jovencita ilusionada, pero yo no lo estaba, había perdido toda esa esperanza que albergas antes de una cita, y me iba sintiendo más y más sola.
Quise odiarla, odiar cada gesto, odiar cómo se mordía el labio o jugueteaba con el mechero, quería odiar esa voz, esa mirada, a ella. No podía aguantar aquella presión.

– Será mejor que nos vayamos ya al aeropuerto, estos italianos no saben conducir.
– Vale -respondió como si mi sugerencia no le diera una idea de lo que me sucedía.

Paramos al primer taxi, y, cuando me quise dar cuenta, ya estaba en la cola de facturación. Carmen había ido a la suya, y nos reuniríamos en la calle, para fumar. Fumar, qué mal hábito. Quizá si lo hubiera dejado, no me habría besado, no habría tenido el sexo más placentero que puedo recordar, y no me encontraría muriéndome por ella, sólo arrepintiéndome de no haber dado el paso necesario para llegar a sus brazos.
Inhalé el humo como si fuera un murciélago. Mis pulmones querían más nicotina, o era yo, o era ella no lo sé. Le pedí que nos sentáramos a tomarnos el último café, Carmen accedió, y me pasé media hora removiendo este con la cucharilla, como si necesitara que el azúcar se disolviera una y otra vez. Ella me decía que lo había pasado muy bien, que estaba muy cómoda conmigo, incluso recordó momentos íntimos que en otras circunstancias me hubieran ruborizado, y ese momento me sonaban muy lejanos.
Me acompañó a mi puerta de embarque. Apagué el móvil. Ella se quedó junto a mí, incluso cuando la fila que se forma (como si no hubiera asientos asignados) comenzó a moverse.

– Bueno… Espero que tengas un buen viaje -le dije.
– ¿Te vas a ir así? ¿Sin más?
– ¿Así cómo?

Y me volvió a besar. Me besó con la dulzura del primer beso, con la delicadeza que yo necesitaba, como si aquello cerrara un círculo. Contuve mis ganas de llorar, bueno, en realidad no lo hice, la azafata me sacó de aquella mirada eterna, y me hizo dirigirme hacia la pasarela. No me volví, no fui capaz de darme la vuelta y verle la cara una vez más, sólo caminé, enseñé mi billete a la chica que me indicó mi asiento, coloqué mi abrigo y la maleta en el portaequipajes, me senté, me puse los cascos y perdí mi mirada en aquella ventanilla.
Unas horas después, volví a encontrarme con la cinta de las maletas, pero esta vez sí que deseaba salir corriendo de allí, y me coloqué en primera fila. Cogí mi equipaje, recorrí los laberínticos pasillos, salí a la calle, encendí un cigarro que miré más que fumé, me situé en la cola, me subí al taxi y en veinte minutos volvía a estar en mi fortaleza infranqueable.
Todo estaba en su sitio, todo parecía igual, estaba justo como lo había dejado, pero nada estaba bien, yo no estaba bien. Me negué mil veces el amor que sentía hacia ella…
El teléfono me hizo regresar a la tierra. Era mi madre, preocupada porque mi móvil estaba apagado, había olvidado encenderlo, me daba igual, pero a ella no, quería que viese unas fotografías de unas plantas que se había comprado. Le prometí contestarle más tarde, excusándome en el cansancio. Encendí el teléfono, y una oleada de WhatsApp me colapsaron el maltrecho aparato. Hice una criba, y obvié todos aquellos de grupos a los que pertenecía y no aportaban nada a mi vida; vi las fotos de mi madre; y tenía un mensaje de Carmen. “Gracias, Iris. Han sido unos días maravillosos. Hoy estabas muy rara, y tampoco quise agobiarte. Perdóname por ese beso, pero pensé que lo deseabas tanto como yo. Espero que hayas llegado bien. Te quiero. Un beso.”
Leí aquel mensaje mil veces, quería contestar, pero, ¿realmente quería seguir enamorada de una mujer a la que no podría tener nunca?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to No es una cita (Parte 5)

  1. The hunger dice:

    Llevaba días sin entrar, y me he encontrado este relato tan agradable que me evoca recuerdos de amores imposibles. Como siempre, un placer leerte!

    • remendona dice:

      Buenas tardes, The Hunger. Un placer tenerte por aquí de nuevo. Los amores imposibles son duros, pero tan placenteros algunas veces…
      El placer de tenerte por aquí es mío.
      Un abrazo.

  2. Uffff nudo en el estómago y en la garganta 😥

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