No es una cita (Parte 1)

Hoy, por fin, voy a verla. Llevo meses esperando este momento. De camino al aeropuerto, repaso mentalmente todo mi vestuario, la documentación, los billetes, los horarios, a ella. Siempre ella, la que aparece en mi mente constantemente, la que ha conseguido que me suba en un avión camino de Roma, ciudad que odio hasta el extremo. Ya, ya sé que todo el mundo adora Roma, pues yo no, la odio, huele a orín, la gente es rara y está sucia, las mujeres gritan mucho y los hombres se creen imponentes (aunque yo los definiría como pesados). Pero era la ciudad más cómoda para ambas. ¿Quién manda a una chica a vivir a Turquía? Con lo bien que estaría habernos visto en un bar de Madrid, con sus ruidos, su tráfico, su gente correteando…
El aeropuerto es como recordaba, sucio. La gente se abalanza sobre la cinta del equipaje, y yo espero a un lado, aún me quedaré allí un par de horas más. Mi maleta no tarda demasiado en salir, y huyo al exterior a encenderme un cigarro. Creo que el humo es lo único que me despeja algo la mente, me libera los nervios o engaña a mi cerebro para que éste se sienta cómodo.
Tras muchos cafés, que sí son buenos, tras muchos pitillos, tras muchos paseos e idas y venidas a los asquerosos aseos, veo que su vuelo ya está desembarcando. Algo me aprisiona el pecho, y me encoge el estómago. Me repito una y mil veces que no es una cita, que no va a pasar nada, que sólo somos dos amigas que han hecho coincidir sus vacaciones para visitar monumentos que ambas ya hemos visto.
Las puertas se empiezan a abrir. Un montón de gente con grandes bultos se pasea por la terminal. Miro, pero no la veo. Mi mente juega conmigo, y rebusco en el móvil por si hubiera algún mensaje de ella diciéndome que se ha echado para atrás. No es así, pero ni el suspiro que suelto logra calmarme.

– Hola, Iris -dice tras de mí una voz que forma parte de mi día a día.

Me giro, y, como una completa estúpida, me quedó paralizada. Sus ojos son más intensos que en las fotografías, su sonrisa más amplia, su piel más clara, sus gestos más forzados.

– Espero que no hayas tenido que esperar mucho.
– Tranquila. ¿Te parece si cogemos un taxi?

Carmen afirma con la cabeza y yo me dirijo nuevamente hacia las puertas que dan paso a un olor a gasolina y sudor. Ella me detiene una vez fuera, saca un paquete de Marlboro, y me tiende un cigarro. Supongo que también estaba ansiosa por salir de esa lata de sardinas que llaman avión.
El taxi nos deja en nuestro hotel. El taxista, un paquistaní con más pelo que amabilidad ni nos baja las maletas del coche. Nos registramos en el hotel, cada una en su habitación (no es una cita, no es una cita), y nos despedimos hasta las ocho.
Decido ducharme, aunque viendo la bañera mugrienta creo que un mes sin lavarme será menos peligroso que introducirme ahí, donde el blanco se vuelve rosa y verde. Debí haber cogido unas chanclas. No entiendo cómo un hotel de cuatro estrellas puede tener tanta mierda acumulada, los más patrióticos dirían: “eso en España no pasa”, y no les faltaría razón.
Aprovecho el wifi y leo el periódico. La última vez que estuve no existían las redes inalámbricas, bueno, sí, pero los móviles no las usaban, y era más fácil encontrar un ordenador que un acceso a internet gratuito. Había pasado mucho tiempo desde que estuve allí, pero seguía teniendo ese mal sabor de boca. Miré el reloj de nuevo, ya sólo faltaban diez minutos, diez eternos minutos que me separaban de ella.
Unos golpes en la puerta me sacaron de mis titulares sobre corruptos. Al abrir, Carmen, tan imponente, me sonreía desde el pasillo.

– ¿Estás lista?

Su voz parecía la misma, pero había un tono que me confundía, y no sabía adivinar de qué se trataba. Pensé en que estaba nerviosa, o quizá yo ya no le gustaba. Me estaba volviendo un mar de dudas. Aparté aquellos pensamientos (no es una cita, no es una cita), y la seguí por las estrechas y grises calles que rodean Termini. Acabamos en una pizzería cualquiera, con el típico camarero baboso que no dejaba de mirar a Carmen como si fuera suya. Yo no tenía derecho a sentir celos, tampoco es que sea celosa, pero me molestaba. Ella parecía obligada a sonreír, a mostrarle a aquel depravado su mejor cara, pero su ceja levantada no dejaba lugar a dudas, le incomodaba la situación.
Paseamos por la ciudad cuando el sol ya se había escondido. Volví a ver el Coliseo de noche, desde un saliente en el que nunca había nadie y tenía las mejores vistas. Tomamos un helado en una calle cercana, y volví a sorprenderme por el atroz ruido que se proyectaba por los alrededores de la Fontana. Siempre dije que, si volviera a Roma, sólo sería por ella. Pero no, volví por otra ella, por Carmen, por esa mujer que me había maravillado desde hacía meses. ¿Qué tenía ella que no poseyeran el resto de chicas que me rodeaban? Había roto mis esquemas. Una niña de veintrés años logró lo que ninguna otra, que volviera a sentirme viva. Sólo con estar a su lado, con poder hablar, aunque yo callara más de lo que debía, me fascinaba.
Se hizo tarde, y regresamos al hotel. Mi puerta estaba antes de la suya. Nos paramos, frente a frente, sin saber muy bien qué hacer. Debo confesar que la hubiera besado, pero no en ese momento, lo hubiera hecho desde la primera vez que sentí esa atracción hacia ella, lo hice cada noche que no pasé a su lado, en sueños, despierta, con cada palabra, con cada letra que provenía de ella. La besé sin que ella fuera consciente de ser besada, y aunque dudaba de si aquello era bueno, lo hice.

– Buenas noches.

Esa fue su forma de romper la tensión que emanaba de mi piel. Buenas noches…, buenas hubieran sido a su lado, queriéndonos hasta el amanecer. En realidad la noche fue horrible, dormí poco, soñé demasiado, desperté creyendo que se había ido. El agua cayendo por mi piel me sacó de aquel colapso mental. Fui a desayunar, y ella ya está allí. Pensaba que era una dormilona, pero me equivocaba.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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