Platónico

Se dice de ese amor inalcanzable, con el que sueñas, al que eres capaz de sentir, de oler, de saborear con tu mente, pero que en realidad tus manos no lo rozan, ni tus labios pueden saborear la piel que lo constituye, ni tu nariz es capaz de atisbar un esbozo del perfume que ella porta, ni tus oídos escucharán jamás un te amo de sus labios. Es un amor distante, que duele, pero que nos hace tener fe, esperanza en algo irreal, más difícil de comprender que el concepto de infinito.
El otro día, una amiga me preguntó si yo tenía un amor platónico, “pues claro”, contesté, ni tan siquiera tuve que planteármelo. ¿Quién no ha soñado jamás con una persona que sabe que nunca tendrá en su vida? Solemos relacionarlo con actrices o cantantes, quizá hasta una chica hetero o nuestra mejor amiga. Está bien fantasear con que Charlize Theron se cuela en nuestra alcoba en mitad de la noche, nos despoja de las vestiduras, y en un ataque frenético de pasión, nos hace el amor como siempre hemos deseado, con ese toque que solo ella puede darle.
Pero mi amor platónico no es famosa, ni hetero, ni hay una excusa probable para no poder tenerla. Ese amor es real, sí, inalcanzable, pero real. Aunque una vez lo tuve. Sí, la tuve entre mis brazos, sentí su fuerza, sus miedos, sus ganas de mí. Y he de confesar que me sentí la mujer más afortunada del mundo, porque nunca pensé que alguien como ella quisiera mirarme con otros ojos que no fueran los de una desconocida. Fue un momento mágico, que evocó en mí mil historias que se forjaron a fuego en mi cabeza. Fue tan embriagador, que aún se me colapsa la sangre cuando pienso en aquella noche en la que, por unas horas, fue sólo mía.
Podrías preguntar qué pasó, ¿por qué ya no está donde yo siempre quise que estuviera? ¿Por qué ya no la abrazo en sueños, ni la beso en la lejanía de nuestros cuerpos? La respuesta es tan fácil como cruel. Pasó el tiempo. Un tiempo que hizo que ella recapacitara, que yo creí seguir sintiendo amor. Y ella se refugió en su cárcel, y yo esperé en la puerta a que saliera.
Y otra noche regresó, y con ella un nuevo intento de hacerla mía, de que aquello fuera nuestro, pero no, todo se cayó. Ella ya no me quería, ya no se sentía fuerte para amar, dejó su valentía a un lado y prosiguió su camino lejos de mí. Y yo, que me intenté refugiar en aquellos brazos que una vez me marcaron, no hallé consuelo, sólo vacío, silencio. Primero llegó la decepción, el sentirme defraudada por aquella persona que creí que un día agarraría sus temores y remaría hacia mí. Luego, algo se volteó en mis adentros, ¿acaso ya no la amaba cómo pensaba? No, ya no, sólo fue un espejismo que logré rozar con las yemas de los dedos. Y me di cuenta de que los amores platónicos son como los castillos de naipes, mientras los construyes, una emoción te embarga, pero, cuando te acercas al final, todo se vuelve endeble, y termina desmoronándose. Así fue cómo ella se esfumó de mis pensamientos, yo de los suyos, y fui consciente de que la idealización no es más que otro oasis inexistente en medio del desierto.
Así es que no, querida amiga, ahora no siento amor platónico alguno.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Platónico

  1. ¿Mi amor platónico? Pues te vas a reír pero lo confesaré… desde que el mundo es mundo mi amor platónico es Mickey Mouse.

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