Mi primera vez

Nunca he sido de esas de un aquí te pillo, aquí te mato. Soy más bien de las que se enamoran perdidamente de una mirada, de un gesto, de una palabra o de un beso. Pero hacía tanto tiempo que no disfrutaba de los placeres carnales, que me dejé llevar.
La conocí en una sala de chat. Yo andaba perdida entre tantas líneas de colores, y ella me abrió una ventana. En un principio dudé, creí que se trataba de un hombre sediento de inspiración sexual, pero no, ella era distinta. Charlamos durante días, pero no sabía nada de ella, ni tan siquiera su nombre. Ella sabía todo de mí, sólo me faltó darle mi dirección. Me excitaba hablar con ella, hacía que mi silla se convirtiera en un centro de placer. Me ponía en todos los sentidos. Era sensual, sexual, inteligente, sagaz, no sé, quizá sus palabras tuvieran ese punto de locura que siempre había reprimido en mí misma. Un día cualquiera, me pidió una cita, pero no un encuentro cualquiera en una cafetería, a la luz de los ojos de los transeúntes, no, era en un hotel, uno de esos que ahora proliferan tanto por Madrid, en los que la gente va allí a ser infiel. Tuve mis dudas, y aún no llegó a comprender cómo acepté.
El miércoles por la mañana, un mensaje me sacó del horrible letargo que me envolvía en el trabajo. Era de ella. Un número 3547. No supe muy bien qué significaba, pero tenía que estar a las cinco en la otra punta de la ciudad, para ese encuentro no tan casual, y sin saber si era deseado.
Tomé el metro, luego el autobús, para continuar mi camino a pie. El lugar no es que fuera muy discreto, pero sí la entrada. Una mujer me esperaba en la puerta, quizá sorprendida de no ver a un cincuentón en un cochazo. Me pidió un código, y tuve que sacar el móvil para buscar aquel 3547, que me había tenido toda la mañana intrigada. La mujer me tendió una tarjeta y me indicó cómo llegar a la habitación.
Delante de la puerta, un millón de dudas me asaltaron. ¿Y si resultaba ser un hombre?, ¿o un depredador sexual?, ¿o una señora aburrida de llevar a sus nietos al parque? Inspiré profundamente, intentando que el aire sustituyera en mi cerebro la falta de valentía, pero no fue así. Miré a un lado y a otro, quizá avergonzada de verme en aquella situación que yo comprendía como bochornosa. No podía demorar la escena mucho más, o me iba, o tendría que entrar. Y eso hice. Introduje la llave en la pequeña ranura, y pude ver cómo mis propias manos sentían el mismo pavor que yo. Giré el pomo, oí un pequeño chasquido, y fui consciente de que ya no había vuelta atrás. Entré, cerré los ojos, y al abrirlos, la misma oscuridad que mis párpados me proporcionaron, inundaba la estancia.

– Pensé que no vendrías.

Era, sin duda, la voz de una mujer, y muy bonita. Un tono perfecto que invitaba a que me adentrara aún más en la boca del lobo.

– Yo también lo pensé -me detuve-. ¿En este hotel no hay luz?
– Claro que sí -respondió dejando atisbar una risa-, pero creí que así te resultaría más sencillo.
– Lo difícil será no caerme.

No pasaron ni dos segundos, cuando unas manos, con la precisión de un cirujano, sujetaron las mías, y me arrastraron lentamente por aquella oscura habitación. Paró en seco, y el miedo volvió a apoderarse de mi pecho, o quizá no era eso, sino el ansia por descubrir qué era lo que allí sucedería. Me susurró al oído que mis ojos se irían acostumbrando a la falta de luz, y comenzó a besarme el cuello. Sentí unos labios carnosos, deseosos de descubrir qué había en mí. Yo permanecí inmóvil, dejándome arrastrar por aquellas caricias que parecían dibujar un mapa estelar por mi cuerpo.
Me fue despojando lentamente de toda mi ropa. Me daba igual estar desnuda, y me importó aún menos cuando, por un roce casual, descubrí que ella ya lo estaba, lo había estado todo ese tiempo.
Su lengua recorría majestuosamente mis pezones, que no tardaron en endurecerse como el cemento. Sin duda, aquello era excitante, pero, al mismo tiempo, perturbador, pues yo no sabía cómo era esa mujer que separaba mis piernas con las suyas, que me rozaba con su muslo, que no dejaba de contonearse, de besarme y de agarrarme del culo con más deseo que fuerza.

– Esto es cosa de dos -comentó quizá algo molesta.

Y yo volví a cerrar los ojos, esperando encontrar en mi memoria algún recuerdo que me evocara cómo debía tocar a otra mujer, pero me era imposible, sus movimientos ya habían acelerado mi pulso, mi respiración, quizá hasta se me escapara algún gemido. Me faltaban fuerzas para mantenerme en pie, y ella lo supo, porque me guió hasta la pared, donde nuestras bocas, al fin se juntaron. Su lengua era ancha, suave, y se movía dentro de mi boca como si siempre hubiera estado allí. Sí, sus besos me excitaban aún más, creí incluso que tendría un orgasmo solo por ellos. Cogió mi mano, y la bajó lentamente por su cuerpo. Pude adivinar que su piel era tersa, que sus músculos estaban muy bien definidos, y pensé que una mujer así no tenía que recurrir a aquello para tener sexo, pues era deliciosamente sexy. Mis dedos descubrieron la ausencia de vello púbico. Nunca había estado con alguien que se rasurara completamente, de hecho, nunca me gustó, me parecía despojar a la mujer de su femineidad, pero en ese momento, me daba exactamente igual, quería averiguar si ella estaba tan excitada como yo. Y así era. Notaba cómo la humedad me impregnaba, cómo aquello lograba que me sintiera más satisfecha.
Ella continuó su ruta turística hasta que la cama tocó mis gemelos, y me dejé caer, aliviada por no tener que gasta más energía en una posición vertical, y poder darle todo el placer que ella me brindaba. Se tumbó sobre mí. Mis manos acariciaban su espalda, su nuca. Sus dedos se entrelazaron con los míos, con una fuerza que me hacía sentir más imantada a su cuerpo. Su boca me recorría, su lengua jugaba con mis pechos, sus dientes resbalaban por ellos sin infringirme ningún tipo de dolor, sólo más y más placer. Su pelvis se elevó ligeramente, lo justo para que su mano se aventurara por mis muslos, hasta situarse estratégicamente en mi clítoris. Ella se movía, jadeaba en mi oído, y eso me ponía aún más. Si continuaba así, no iba a poder aguantar mucho sin explotar en un orgasmo descomunal. Pero no sé cómo lo hacía, porque cada vez que estaba a punto de llegar al clímax, una nueva oleada de sensaciones dejaban a la anterior en una cápsula.
Me volteó, ahora era yo la que llevaba las riendas, o eso pensaba. Quise apresurarme y lamer todo su cuerpo, pero su voz me dejó inmóvil.

– Siéntate sobre mi boca.

Aquella frase me descolocó, pero consiguió excitarme aún más, y obedecí. Hinqué una rodilla en la cama, la otra pierna se posó sobre el pie. Mis piernas estaban tan abiertas, que me ruboricé, pero aquello duró un segundo, el segundo que ella tardó en introducirse todo mi sexo en su boca. Lo absorbía, mientras su lengua, siguiendo unos parámetros preestablecidos, hacía círculos sobre mi clítoris rebosante de necesidad. Mis caderas no podían aguantar quietas, y comenzaron a agitarse vertiginosamente. Era realmente placentero, pero no quería quedarme seca tan pronto. Intenté zafarme, pero sus dedos se introdujeron dentro de mí, haciendo que todas esas cápsulas acumuladas estallarán en su boca, en intentos nefastos de sujetarme a la pared. Pensé que todo había terminado ahí, y no me hubiera importado, el orgasmo había sido más que satisfactorio, pero no fue así, y no sé qué resorte tocó, que volví a oír mis gemidos rebotando por la habitación.
Necesitaba todo su cuerpo, y decir necesidad es poco, porque sabía que con sólo sentir su peso sobre mí estallaría de nuevo. Ella se incorporó, y se colocó tras de mí. Ambas arrodilladas, agarradas al cabecero de la cama, con su mano en mí de nuevo, con la mía en ella. Notaba cómo me empujaba, cómo se humedecía cada vez que un leve gemido se me escapaba. Se detuvo en seco, y me recostó sobre el colchón. Su muslo rozaba contra mi más que excitado clítoris, y yo sentía cómo el mío se humedecía y ardía del roce con el suyo.

– ¡Qué rico! -gritó-. Vas a conseguir que me corra.

No estaba acostumbrada a oír esas palabras, pero no me importó, y aceleré más los movimientos. Pero ahora era yo la que quería saborear el fruto de mis movimientos, y la aparté, abriéndome paso entre sus piernas con mi lengua. Mis labios envolvían a los suyos, su cuerpo se arqueaba con cada pasada, y decidí que era el momento de ir más allá, y descubrir las suaves paredes que envolvían su placer. Mi dedo corazón, en un movimiento que insinuaba el ansia porque se acercara a mí, tocó justo donde debía.

– ¡Qué bien me lo chupas! -volvió a gritar, haciéndome partícipe, de un modo algo tosco, de su propio disfrute.

Cuando sentí que sus músculos internos se contraían más de la cuenta, salí de allí, trepé por su cuerpo, y terminamos juntas, gritando, jadeando, faltas de aliento, pero sin dejar ni un segundo de darnos placer.
Mi cuerpo cayó rendido junto al suyo. Ella me acariciaba la cara, y yo pude vislumbrar a una mujer preciosa, agotada, que me miraba con ojos complacidos. Dormimos durante un tiempo que no soy capaz de precisar. Sus caricias en mi espalda me devolvieron del letargo.

– Tengo que irme. Ha sido un placer follar contigo -dijo mientras me dio un largo beso.

La verdad es que esa frase me hundió en algún oscuro pozo. Nunca me gustó la palabra follar, pero, sin duda, aquello era lo que acabábamos de hacer. Quizá yo sea una romántica, pero, me hubiera gustado haberme acurrucado en su pecho, que me refugiara entre sus brazos, pero no fue así, porque, a fin de cuentas, sólo follamos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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3 Responses to Mi primera vez

  1. Marta dice:

    Esto demuestra que no eres una escritora predecible. Todo lo que escribes es brutal y este puede encender pero a mi me has seducido, que es un nivel mucho más alto. No sé pq me gusta tanto el titulo q por cierto muy pillo para lo que has narrado! Me encantó.

    • remendona dice:

      Buenos días, Marta.
      La verdad es que nunca me planteé escribir sobre un tema así, pero estoy leyendo un libro (que por cierto no me gusta), y en su preámbulo asegura que las lesbianas somos muy lights a la hora de tratar el sexo en la narrativa, y, como no me gustan las generalidades, decidí llevarle la contraria a la autora.
      Me alegro de que te haya gustado.
      Un beso.

  2. Marta dice:

    Jajaja si algo he leído tambien sobre eso..
    yo me debatía entre comentar o no hacerlo solo por el contenido ya sabes eso del ‘me da cosa comentar’ jajaja q estes bien.
    Un beso.

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