Olvidando la vida. Capítulo 49

El rato que pasé en su casa fue una mezcla de nervios e incomodidad. Ya no era la misma Mónica que se acercó a mí el día anterior, ya no desprendía ese cariño que me mostró antes. Estaba inerte, esperando mi marcha, deseándola. No me hice de rogar, y me fui. Aquello me dolió horrores. Debí haberla besado, debí aprovechar sus ganas, porque sé que las tenía, pero no lo hice, y me comporté como debía, no como quería. La gente no se da cuenta de lo que hacemos y dejamos de hacer por ellos. Ella no será nunca consciente de lo que costó no pedirle que se girará, que me dejara disfrutar a su lado. Una parte de mí creyó que la mañana sería distinta, la otra me gritaba que estaba perdiendo la mejor oportunidad. A veces, comportarse bien, hace que te sientas muy frustrada, y esa era una de esas ocasiones.
En el ayuntamiento conseguí un aumento de sueldo encubierto, lo que llamamos “regalar corbatas”. Era la forma que tenían de disculparse, y de evitar una demanda por el acoso que sufrí por parte de la directora de Recursos Humanos, que duró poco más en el cargo, volviendo a ser una auxiliar administrativa. Supuse que para ella, eso sí que fue un palo en las costillas. Con la de veces que había mirado a sus compañeros por encima del hombro, ahora era ella la que se veía sometida al yugo de su superior. No fue capaz de pedirme disculpas, pero sí vi odio en su mirada cuando coincidíamos en los pasillos o en la hora del desayuno. Sentía que me hiciera responsable de sus actos, y sabía que su actuación no surgía de ella, sino de presiones políticas, pero el concejal no iba a renunciar a su cargo si podía tener a alguien a quién culpar.
Elisa y Vero continuaron su romance. Cada vez de notaba más que no quedaría en un rollo, se querían, y eso se sentía nada más mirarlas. Vi de nuevo ese brillo en los ojos de Vero, ese que recordaba de nuestra primera vez. Era bonito que de aquel compendio de frustraciones hubiera salido algo tan hermoso como el amor.
Gaby, después de mucho trajinar, encontró la famosa lista de Helena Uno. En ella se recogían todas las personas a las que había herido, los hechos y los motivos. Gaby era una de las implicadas. Le leí lo que Helena había puesto de ella: “- Gaby. Quizá la única a la que he querido después de Vero. Debería disculparme con ella, pero no mientras Isa se interponga. Quizá fue Judith la que me recordó por qué no debía amar a alguien, pero Isa me ha prohibido acercarme a ella. Temo que pretenda hacerle el mismo daño que a mí. No me lo perdonaría, la quiero tanto… Me duele tener que dejarla, pero más el fingir que no me importa, porque daría mi vida por tenerla un segundo más a mi lado”.

– Debería habérmelo avisado.
– No podía. Tenía demasiado miedo.
– ¿Y tú? ¿Tienes miedo?
– ¿De qué?
– De amar.
– No lo sé. La lógica me dice que debería, pero el corazón tiene su propia mente. No he salido muy bien parada cuando lo he intentado, y quizá sea hora de reposar.
– Llevas mucho sin estar con alguien. ¿A qué esperas?
– Quizá suene absurdo, pero espero a la mujer adecuada.

“La mujer adecuada”, ¡qué idiotez! Yo no era adecuada, ¿cómo iba a serlo alguien para mí? Gaby me expuso su opinión sobre el amor, sobre cómo actuar, olvidar los miedos, enfrentarte a todo y ver qué es lo que pasa. Decía que si vemos la vida desde la ventana, no podemos recorrer 360° con la vista.
La tristeza se iba alejando poco a poco. Retomé mis salidas nocturnas, mis cervezas, las risas con mis amigas, las de verdad, no el séquito de borregas. Conocí a mujeres interesantes, me acosté con alguna. Mary volvió a visitarme. Me gustó verla, sabía que Helena la quería, de una forma o de otra, pero era cierto que se preocupaba por ella. Mary también la quería, y no veía en mí a la mujer que deseó, aunque tuvimos nuestros intentos. Noches de sexo poco pasionales y bastante aburridas, pero que hacían acallar los deseos carnales.
De verdad intenté olvidarme de Mónica, y, cuando pensaba que lo había conseguido, un recuerdo me la traía. No necesitaba verla para saber que la echaba de menos. Era realmente angustioso tenerla en mi cabeza y no ser capaz de conseguirla, de que me quisiera. Me sentí idiota. Incluso le escribí una carta.
” Sé que esto jamás llegará a tus manos, quizá por ello lo escribo. Podría empezar diciendo que te quiero, pero no sería cierto, porque te amo. No puedo evitar ese sentimiento constante de vacío, no puedo evitar estar enamorada de ti. Y aunque hayan pasado decenas de mujeres por mis manos, eres tú la única que quiero que vuelva. Entiendo que no se puede tener todo lo que se desea, pero, ¿y si mi único deseo eres tú? Añoro sentir tu piel, verte sonreír, añoro tu voz, la forma que tienes de tocarte el pelo, incluso ese bolso tan espantoso que llevas. Te echo de menos. Quizá podría ser más valiente, ir a tu casa y exponerte todo esto, pero creo que sería aún peor el remedio que la enfermedad. Te asustaría, y ya suficiente miedo me tienes. He intentado esperarte, esperar a que sí te sintieras preparada, pero ese momento no llega, quizá no llegará. Puede que hayas conocido a otra, que esa mujer sí que te llene. Y yo te quiero tanto, que me alegraría de ello. Cuando quieres a alguien, le deseas lo mejor; cuando la amas, la deseas para ti. Pero esto es muy egoísta, en realidad solo quiero que seas capaz de ir por la vida con una sonrisa perpetua, aunque no sea yo la que te la provoque. Tendré que seguir soñando contigo. Imaginar que vienes a mi casa, y no puedes contener las ganas de besarte; o que nos encontramos en un bar, y ves en mí lo que algún día fui. Sueño con tenerte entre mis brazos, con acariciarte la espalda, con quitarte la gafas antes de ir a dormir, con que compartas conmigo tus vivencias, con ser la mujer que te haga sentir fuerte, lista para luchar por el amor. Me has repetido muchas veces que no quieres una relación con nadie, y eso no es justo, estás privando al mundo de tener una mujer espléndida, que sabe dar cariño, porque sabes, a mí me lo diste, aunque durara un instante. Me recuerdas a aquel poema de Salina, ese en el que dice que ya no besa en los labios, sino más lejos, y eso es lo que quiero, besarte los cimientos, no para destruirlos, quiero reforzarlos, quiero hacer que te des cuenta de que compartir la vida con alguien no te hace vulnerable, sino más fuerte, porque dejas de ser tú contra el mundo, y podemos ser nosotras con la vida. Sé que no debería quererte, sé que olvidarte y conocer a otra es el paso más fácil, pero ¿quién va a superar lo que tú provocas en mí?”.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 49

  1. The hunger dice:

    Jo, me gusta lo de Elisa y Vero. Mañana el último capítulo, que penita….

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