Olvidando la vida. Capítulo 48

Me desperté medio tirada en el suelo, entre risas. Me costó un mundo incorporarme. En la cocina, Elisa y Vero estaban retozando. Aquello sí que no me lo esperaba, mi mejor amiga de la infancia y mi primer amor, fornicando junto a una taza de café que llevaba mi nombre. Se sobresaltaron, pero yo pasé como alma en pena por su lado. Me daba igual que hubieran aprovechado el tiempo de esa manera, en realidad me alegraba por ellas, hacían buena pareja. Elisa no estaba muy por la labor de enamorarse, pero, ¿quién sabe?, quizá Vero hiciera que cambiara de opinión.

El día del juicio había llegado. Mi abogado me esperaba en la puerta del juzgado. Me acompañó hasta una sala de espera, y se fue a ponerse esa túnica tan horrorosa que al parecer confiere poderes especiales. Vi llegar a Susana, acompañada de la señora Pilar, que ni hizo el intento de saludarme. Mamen apareció poco después, cabizbaja. La última en llegar fue Isa, a la que parecía importarle muy poco todo aquello, incluso se atrevió a decirme que volvería a ser suya. Estaba loca. Una mano se posó en mi hombro. Elisa, Vero y Mónica estaban allí. Yo no se lo había pedido, pero vinieron a cuidar de mí. Mónica me susurró que seguía siendo mi amiga, supongo que a pesar de no querer llegar a más.

Todo fue bastante aburrido. No entendí ni la mitad de lo que allí se dijo. Y el caso quedó a espera de resolución. Las chicas me sacaron de cañas. Creían que si me quedaba sola pensaría más de la cuenta. Pero antes de salir, la señora Pilar me interceptó.

– ¿Eres les…, lesbiana?
– Sí -contesté con rotundidad.
– No eres hija mía.
– Eso no es algo nuevo para mí -respondí dándole la espalda.

Vero me agarró de la mano, y tiró de mí, no sin antes lanzarle a la señora Pilar una mirada de odio. Fuimos de bar en bar, bebiendo cervezas, y, según Elisa, celebrando mi liberación. Pero no me sentía libre, sino presa en un mundo de engaños, de reveses, de mentiras. Ellas reían, y yo ponía el gesto, pero no las ganas. Me daba igual la resolución, sólo deseaba terminar con eso, pedir una permuta y marcharme muy lejos. Quizá debiera opositar para la UE, Mary era una buena chica, seguro que me presentaba gente con la que poder charlar.

– Prefieres irte a casa, ¿verdad?
– Sí, Mónica, pero no puedo haceros eso. Ni si quiera os he agradecido el que vinierais.
– No tienes que hacerlo. Supongo que te apetece estar sola, pero yo vivo cerca. Mi madre me ha dado un millón de croquetas, y nunca sé con quién compartirlas. Si te apetece…

No era mi mejor día, pero dudaba que tuviera otra oportunidad de acercarme a Mónica, aunque sólo fuese como su amiga. Nos despedimos de las chicas, que estaban más preocupadas por averiguar el sabor del brillo labial de la otra que por nuestra marcha.
Mónica me invitó a pasar a su cocina, y, mientras ella preparaba la cena (sí, las cañas duraron demasiado), yo me dedique a mirar por la ventana. Se veía la autovía a lo lejos, y unas casas cochambrosas justo enfrente. Ella me hablaba de series, de películas, pero su voz se distorsionaba con el ruido del aceite friendo, y me costaba mucho prestar atención. Se disculpó por tener que recoger la ropa del tendedero, lo tenía en la ventana de la cocina, pero a mí me pareció bien, mis vistas mejoraron exponencialmente ante sus inclinaciones. Charlamos un rato después de las croquetas. Su sofá era horrible, pero me gustaba tenerla cerca.

– Quédate a dormir.
– No quiero molestarte.
– No molestas. Mi cama es grande.
– Tu sofá también.
– Es cómodo para un rato, pero no para dormir.

Fue a la habitación y me sacó un pantalón y una camiseta. Yo me desnudé allí mismo, pero ella prefirió hacerlo en el baño. Me había visto tanta gente desnuda, que una más tampoco hubiese supuesto un gran dilema. Me dijo que su lado era el izquierdo, y me dejó a mí el de la pared. Siempre he preferido dormir junto a la pared, no sé por qué, supongo que Helena Uno sí tenía respuestas para eso.
No sé si por inercia o por deseo, comencé a acariciarle el brazo. Ella se había tumbado de lado, dándome la espalda, y yo necesitaba sentirla cerca. Hacía tanto tiempo que esa necesidad vivía en mí, que ni era consciente de lo mucho que me gustaba su tacto. Me buscaba con los pies, me acariciaba las piernas con ellos. Aquello hacía que mis ganas de más aumentaran, pero no conocía los límites. Ella se estremeció, yo le pregunté si quería que parase, y su respuesta afirmativa me obligó a darme la vuelta. Debí haberme callado, sabía que le gustaba, que lo estaba disfrutando tanto como yo, pero tuve que preguntar, y atenerme a las consecuencias.
No sé sí llegué a dormir dos horas. Y me dediqué a contemplarla. Su respiración era tan pausada, que me hacía sentir tranquila. De vez en cuando, le pasaba la yema de los dedos por el brazo, pero estaba tan dormida que ni se percató. Por fin abrió los ojos. No sé cómo alguien puede dormir con las persianas subidas, yo soy incapaz. Se estiró, me miró y salió de la cama de un salto, como si huyera de mí.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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4 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 48

  1. The hunger dice:

    Yo tb soy del lado de la pared! Jaja, me gusta Mónica para Helena, aunque se haga de rogar. Supongo que mañana descansarás, ahogare el ansia entre polvorones…

    • remendona dice:

      Vaya, si ambas somos del lado de la pared… (bueno, hay otra posibilidad, claro).
      Pues sí, me tomé el día para hacer lo que una buena hija debe hacer, recorrerse casi mil kilómetros en dos días para estar con la familia. Pero, en un ratito, Helena regresará.
      Un abrazo.

  2. Madre del amor hermoso!!!! Chiquilla dale ya una alegría a Helena, que me da mucha penita, venga mujer que es navidad. Como a mí no me gustan los polvorones yo ahogaré el ansia con turrón de chocolate jajaja

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