Olvidando la vida. Capítulo 47

Mi memoria era mucho más sexual que Helena Uno. Aún sentía a Vero dentro de mí, su olor, su tacto. ¡Qué idiota! Era eso lo que estaba pasando. Mi mente había confundido un recuerdo con la realidad, estaba follando con Vero, en ese momento. Quizá me estaba volviendo loca. Oía un murmullo, pero no podía dejar de mirar al infinito, hasta que el zarandeo de Vero me trajo de vuelta.

– ¿Qué te pasa?
– Nada, ¿por qué?
– Te has quedado catatónica.
– Me pasa cuando recuerdo algo.

Vero quería saber qué era aquello que había vuelto a mi memoria en el momento más inoportuno. Preferí callarme. La quería mucho, Helena Uno también, pero el amor ya se había ido, y yo tenía mi corazón en una tela de araña llamada Mónica. Vero se enfadó bastante, y se fue, no sin antes decirme que no podía esperar nada bueno de mí.
Tenía razón, yo tampoco era buena, tampoco era capaz de mantener una relación sana con ninguna mujer. Todas se iban, unas veces las echaba y otras se daban cuenta de que no valía lo suficiente.
Me quedé en aquel húmedo trastero durante horas. Creo que hasta me dormí. No sé cómo explicar la pena que me abordaba, pero era tan pesada que mis piernas no podían con mi cuerpo. Los ojos me escocían de no haber llorado lo suficiente. Y la sensación de presión en el pecho, me asfixiaba. En otro momento, me hubiera puesto en pie, hubiese pensado en que aquello era el problema de Helena Uno, y no el mío, pero no era así, ambas no sólo compartíamos un cuerpo, también un cerebro, y, quizá una maldición.
Los días posteriores pasaron sin pena ni gloria, hasta que la señora Pilar me llamó escandalizada. Acudí corriendo a su casa, no quería cargar sobre mis hombros otra muerte. Ella estaba bien, pero muy enfadada. Susana me miraba desde el sillón, tenía los ojos rojos, ardientes de ira.

– ¿Por qué le haces esto a tu hermana?
– ¿Qué se supone que he hecho ahora? ¿No le he dejado mi piso para sus orgías? ¿No le he dado dinero para que se fuera a follar con un musculitos idiota? ¿Qué no he hecho por ella?
– No es lo que no has hecho, es lo que sí. Mírala -dijo señalando a la susodicha-, está temblando del miedo que tiene. ¿Cómo se te ha ocurrido?
– Ais -suspiré-. ¿Qué es tan grave como para hacerme venir corriendo?

La señora Pilar le arrebató una hoja a Susana, y me la tendió. Comencé a leer. No podía dar crédito a aquello. Era imposible. Levanté a Susana del brazo y la arrastré por toda la casa, hasta llegar a su habitación. Tenía ganas de matarla. Le hubiera dado una hostia, pero yo no era así, prefería una explicación, luego ya vería qué calificativos le conferiría.

– ¿Por qué te han citado como imputada?
– No voy a decirte nada.
– ¡Susana, no me cabrees aún más!
– Isa me dijo que le habías hecho daño, y que necesitaba algo oscuro de ti. Fui a tu casa cuando estabas de vacaciones, y encontré la demanda. Se la di a ella. No sabía que llegaría tan lejos.
– ¿Eres gilipollas? Soy tu hermana.
– No lo eres, hace años que no. Eres una puta lesbiana que mató a mi padre.
– No voy a discutir más sobre esto. Pero ten una cosa clara, yo no te nombré. Piénsate bien quiénes son tus amigas, porque han sido ellas las que te han metido en esto.

Me fui sin decirle nada a la señora Pilar. Cerré la puerta de un portazo, y me dirigí a Chueca. No quería ligar, ni follar, sólo beber en un bar tranquilo. Pedí un cubata, esa noche no quería recordar, no quería ser yo. Mi hermana, mi propia hermana había jugado con mi trabajo, con mis sentimientos, quizá hasta fuera responsable de que Helena Uno hubiese querido quitarse de en medio.

– Si bebés así, vas a terminar fatal.
– No es tu problema.

Odiaba que me hablarán cuando deseaba estar sola. ¿La gente no sabe cuándo una no quiere un rollo? Estaba tan cabreada, que los sorbos, eran casi de media copa. Pedí otra.

– No bebas más, no merece la pena.
– ¿Quién coño te crees para decirme qué debo hacer? -pregunté gritando mientras me giraba hacia esa mujer que no entendía un no.

De frente, Elisa y el resto de sus amigas. Había sido Mónica la que intentó impedir que me alcoholizara, y yo le había hablado fatal. Estaba claro que debía ir despidiéndome de cualquier acercamiento a ella. Elisa me abrazó, y yo me caí en sus brazos. Era una muñeca rota, a la que habían estado manipulando durante demasiado tiempo. Ella era la única que siempre me tendió una mano. Incluso cuando nos acostamos juntas, siguió de mi lado. Le conté entre sollozos mi nuevo descubrimiento, no sólo lo de Susana, también lo del diario de Helena. Vi cómo el rostro de Elisa iba cambiando, vi pena en sus ojos. Me volvió a abrazar, esta vez con más fuerza, y me llevó a su casa.
Lo bueno de ser psiquiatra es que tienes acceso a un millón de drogas, y me dio algo para dormir. Estaba al borde del colapso, todo por lo que había luchado, todas las veces que me había intentado desvincular de Helena Uno por ser mala, resultaron un error. No era mala, se estaba defendiendo del mundo, quizá no de la mejor forma, pero sí de la única que sabía. Las pastillas no hacían efecto, y yo solo pedía que llamara a Vero. Oí el timbre, y cómo Elisa le contó lo sucedido. Vero vino corriendo a ver cómo estaba, había olvidado su enfado. Ellas eran las únicas que de verdad se preocuparon por mí, ni mi propia madre había hecho el intento, simplemente me culpó de los actos de Susana.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 47

  1. The hunger dice:

    Bollodrama nivel master del universo…Pobre Helena. Deseando conocer el desenlace!

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