Olvidando la vida. Capítulo 46

Después de aquella amalgama de pensamientos incoherentes, Helena Uno había decidido parar. Aquellas páginas ocupaban dos años de su vida, en los que se sentía muy perdida, más que yo al leerla.
“Ahora soy yo la que está siendo jodida por una tía. Años formándome un escudo, escondiéndome de los sentimientos, del amor, y una cabrona, quiere arruinar mi vida.
Debo tener más cuidado con quién me acuesto, Mamen no fue una buena elección, debí ver sus intenciones, debí ser capaz de darme cuenta de que aquello no iba a ser sólo un polvo para ella. Pensaba que con el dinero todo se solucionaría, pero, no sé cómo, Isa ha llegado a ella. Quizá sea una paranoica, pero creo que lo habían planeado.
Gaby había hecho que bajara la guardia, era tan dulce, tan cariñosa conmigo. Volví a sentirme una veinteañera, volví a tener ganas de amar, pero cuando la vi, Judith me recordó todo el odio que hay dentro de mí. He vuelto a herir a alguien que me importaba, he vuelto a escribir en el mismo cuaderno donde me desahogaba, siempre termino cometiendo los mismos errores…
… Pensé en Isa como una compañera de viaje, como alguien a quién podría querer, pero no pude controlar mis sentimientos, y empezaron los agobios. Y ahora me tiene amarrada, a punto de ser lanzada a los tiburones. No sé cómo voy a poder follarla sin sentir nauseas. Había decidido amar, pero está claro que la vida no me lo permite…
… He visto a Vero. Está tan guapa como la recordaba, pero su mirada ya no era la misma, estaba triste. Me hubiera gustado acercarme, darle un abrazo, pero creo que ese hombre que la sujetaba del brazo no lo hubiera permitido, aunque podría ser su abuelo, preferí no meter más la pata. Suficiente lo hice cuando la llamé… No quiso hablar conmigo, incluso supliqué. Me lo merezco…
… No puedo seguir pensando en ella, en cómo le van las cosas. He contratado un detective, quiero saber que está bien. Si se enterase, me mataría, me diría que parezco una acosadora, pero me da igual, necesito saber que al menos una de las dos sigue en pie…
… ¡Se ha casado!, con un hombre. Era conmigo con quién tenía que haber firmado ese contrato. He vuelto hetero a la más lesbiana. No valgo para nada. No sé qué hay malo en mí (unas gotas mojaban el papel), ojalá no existiera, ojalá ella no me hubiera conocido, ojalá no me hubiera parecido la mujer más perfecta del mundo, ojalá no me hubiera amado como lo hizo. Ahora estaría bien, ahora viviría la vida que quisiera. Está claro que mi destino es estar sola. Ahora no importa, aún puedo tirarme a la que quiera, pero, ¿y en unos años?, ya ni me verán, pasaré por los bares y pensarán que soy una vieja verde. No quiero eso, pero el amor no está en mis manos. Quizá, no sé, ya divago, pero creo que el mundo sería un lugar mejor sin mí”.

– ¿No hay más?
– No -contesté entre lágrimas.
– ¿Crees que el accidente…? No sé, a lo mejor ella…
– No lo sé.

Aquello era tan confuso. Sabía que Vero pensaba en un posible intento de suicidio, pero yo no podía creer que hubiera nacido de la falta de ganas de vivir de otra persona, que me hubiera aprovechado de su vulnerabilidad para crecer. Ella era frágil, mucho más que yo, y la había tomado como referente de fortaleza, de entereza, pero eso no existía, no quería vivir.
Vero se sentó junto a mí en el viejo sofá, me abrazó. No sé si comprendía cómo me sentía, pero sabía que le dolía igual que a mí. Sus brazos me calentaron como aquella noche en la cabaña, pero esta vez no fue mi piel, sino mi interior, de alguna manera, me reconfortaba su presencia.
No sé si besaba a Vero o a un pasado que para mí era un libro que me emocionaba demasiado, pero de nuevo lo hice, de nuevo volví a sentir sus labios, su lengua, su cuerpo desnudo. Era precioso tenerla así. No sentía un ansia sexual, sino una paz interior. No dejé de llorar ni un segundo, y ella me acariciaba con más suavidad, pero me sentía sola. Aquellas palabras parecían estar malditas, y habían inculcado en mí un vacío horroroso, que ni la paz de Vero podía llenar.
Un recuerdo afloró. Veía a Vero desnuda. Era muy joven, y estaba preciosa. No paraba de decirme que si me hacía daño le avisara, que iría despacio, que si quería parar, no pasaba nada. Yo estaba muy nerviosa, pero a la vez, me sentía tan plena. Había esperado ese día, y por fin había llegado. Me preguntaba a mí misma por qué ese día, si cada momento que pasaba con Vero era especial. Veía cómo se acercaba muy despacio. Yo estaba tumbada en la cama, sin ropa. Quería que llegase ya, pero esos centímetros parecían kilómetros. Cuando por fin se posó sobre mí, noté frío, pero eran nervios, luego su calor. Ella me besaba el cuello, y a mí me costaba respirar. Me preguntaba si estaba bien, y yo solo afirmaba con la cabeza, no quería dejar de sentir sus labios. Se acomodó, y comenzó a contonearse, notaba cómo su piel rozaba contra mis zonas más erógenas, y me excitaba cada vez más. Por dentro me reía, ¡tampoco era para temerlo!. Me gustaba. Ella me retiraba el pelo de la cara, me sonreía. Yo permanecía inmóvil, intentando que mi cabeza no se fuera de allí, pero cada vez me costaba más pensar, todo era sentir, sentirla a ella. Perdí la consciencia de mis actos, pero no dejaba de notar su cuerpo y lo que él me hacía descubrir. Algo dentro iba a estallar, y no podía frenarlo. Explotó. Pensé que aquello era todo, pero Vero continuó. A mi ya me había parecido el acto de amor más puro que había experimentado. Ella decidió que no era suficiente, me giró y se recostó a mi lado. Estaba tan cerca de mí, que si se apartase, sentiría un dolor físico. Cogió mi pierna y la colocó en su cintura, todo ello sin dejar de besarme ni un segundo. No sabía ni por dónde me andaba. Sus manos iban y venían por mi cuerpo, pero se detuvieron. Empezó a tocarme de una forma que sólo yo había hecho antes, con la diferencia de que su roce me gustaba mucho más. Dejó los besos a un lado, me miró, me sonrió, y entonces sí que sentí cómo me escalaba las entrañas. Al principio era incómodo, pero sus gestos, sus caricias, me relajaban unos músculos y me contraían otros. Era capaz de estar dentro y seguir fuera. Aquello resultaba atronador. Mis sensaciones me desbordaban, y terminé gritando mientras me incorporaba. Ella se asustó, y yo caí rendida entre sus brazos.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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5 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 46

  1. The hunger dice:

    ..el primer amor nunca se olvida, lo recuperara Helena? Sí Mónica sobra me la mandas jaja

    • remendona dice:

      Pufff, mi primer amor forma parte de ese grupo de cosas en las que quisiera tener amnesia. Sobre Mónica, no sé si dártela, a mí me gusta también, pero no estoy dispuesta a batirme en duelo por ella.
      Un abrazo.

  2. Marta dice:

    En una sola palabra, a p o t e ó s i c o..

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