Olvidando la vida. Capítulo 30

Sabía que no me creería, pero le conté lo que había pasado, lo del accidente, lo del amnesia, lo pérdida que me encontraba porque no podía ser quién el mundo deseaba, ni formarme mi propia personalidad, porque la gente me lo impedía. Ella escuchó atenta.

– Helena, tienes que ponerte el camisón. He entendido tu historia, pero tus frases se vuelven cada vez más inconexas. No podemos volver a la casa, pero hay un refugio aquí cerca. No hay para hacer fuego, pero, al menos, nos cubrirá algo más que una lona.
– Podías dicho horas -sí que no era capaz de formular una frase con sentido.
– ¡Venga!, vístete, nos vamos de aquí.

No sé cómo llegué a aquella cabaña de piedra que Franco construyó para su adorado ejército. Vero rebuscó por toda la estancia, y encontró unas mantas. Los párpados me pesaban cada vez más. Ella me volvió a quitar el camisón, húmedo por las veces que había tropezado y caído entre las hojas, se desprendió del suyo, puso una manta en el suelo, se tumbó sobre mí, y nos arropó con las otras dos. No tardé mucho en sentir que el aire oxigenaba mi cerebro, en notar calor y un cosquilleo en los dedos de las manos.

– Tienes mejor color. No recordaba las tonterías que haces por los demás -y comenzó a reírse.
– ¿Qué tonterías? – pregunté con la voz aún entrecortada.
– Casi te mueres para que yo no pasase frío.
– ¿Sabes la de preguntas que me haría la policía si te hubiera pasado algo?
– Gracias -contestó con ternura-. Bueno, recapitulemos. Me pusiste un detective y por eso me encontraste.
– Yo no lo hice, fue Helena Uno.
– ¿Por qué?
– No lo sé. Tiene tus cosas guardadas, cartas fotos, servilletas llenas de corazones en una horrible caja de latón amarilla.
– Te la regalé cuando cumpliste dieciocho años, era de whisky -confesó con una sonrisa.
– Pues se lo bebió entero.
– Nos lo bebimos… Aquella fue la primera vez que hicimos el amor. Estabas muy graciosa. Incluso borracha, se veía esa dulzura que siempre emanabas. Te temblaban las manos, y te picaba todo el cuerpo. Fue muy bonito.
– Suena bonito. Vero, me hablas con mucho amor de aquella época, me miras con ternura, pero, al mismo tiempo, veo que me odias, y no sé qué pasó. Nadie quiere hablarme de ti, ni mi hermana, ni tu amiga Eva, ni la loca de Judith, nadie quiere explicarme qué es lo que hice para que me tengas tanto rencor.
– No es el momento.
– ¡Nunca es el momento!

“Te quería tanto. Una jodida niñata me había roto los esquemas. Había decidido centrarme en mi carrera, sacar una buena nota, terminar lo antes posible, y olvidarme de que el amor existía. Acababa de romper con mi primera novia, no nos queríamos, ni fue traumático, pero fui consciente de que me gustaban las mujeres, pero no me podía permitir el lujo de perder el tiempo con otra chica.
Estaba sentada en el jardín de la facultad, leyendo sobre cómo realizar una ligadura de trompas según los últimos estudios. Estaba tan concentrada, que ni me di cuenta de que alguien se había sentado a mi lado. Cuando te miré, me quedé perpleja, ¡qué guapa eras! Tú me sonreíste, y me contaste que te habías escapado de una visita guiada por la universidad, que ya tendrías tiempo de verla en los cinco años que te esperaban allí. Nos pusimos a charlar, me preguntabas sobre lo que estaba estudiando y no hacías más que sacarle pegas a todo, a insistir en que te explicara el motivo de por qué se realizaba el corte a esa altura, de si era necesario que el bisturí fuera de un tamaño, parecían tan ansiosa por saberlo todo.
Después de un buen rato, te fuiste, y al poco tiempo, apareciste con dos botellas de agua, creías que de ver esas imágenes me deshidrataría. ¡Qué dulce eras! Por fin me dijiste tu nombre, y te interesaste por el mío. Aquella tarde, me salté todas las clases porque una niñata me parecía más interesante que la fisionomía. Terminamos tomando unas cervezas en un bar al que iba con mis amigos.
Paraste en seco nuestra conversación, y me dijiste que no habías conocido a nadie así es tu vida. Que no sabías que la belleza y la inteligencia pudieran ir de la mano. Yo no pude contenerme, y te besé. Pensaba que aquello sería un rollo, que las jovencitas se lo montaban muy bien a la hora de ligar, pero que te desinflarías al poco tiempo. Pero no fue así, viniste a buscarme cada día a clase.
Era refrescante tenerte a mi lado, y ahora sé que me enamoré de ti el mismo día en que te vi. ¿Cómo no hacerlo? Eras maravillosa. Siempre me traías un detalle, daba igual lo que fuera, una carta, un muñeco, un refresco, pero aquello me hacía sentir viva y amada. Salía de clase corriendo, sólo por verte.
Un par de meses después, me dijiste que estabas cansada de pasarte el día rondándome, que querías salir conmigo, que no podías seguir pensando que aquello era un rollo, y que se acabaría cuando más te pudiera doler. Yo no lo veía así, para mí ya eras mi novia, pero necesitabas la confirmación. Yo compartía piso con Eva, y creí que el mejor modo de demostrarte que estábamos juntas era enseñarte dónde vivía. Fuimos a mi casa, y rebuscaste en cada rincón de mi habitación. Estabas como loca, y yo admiraba ese entusiasmo.
Empezamos a besarnos, como siempre, no era algo forzado, sino que salía solo, y siempre teníamos ganas al mismo tiempo. Esa tarde, empecé a desnudarte. Te tenía en mi cama, amándome, pero tú me frenaste. Decías que no querías que tu primera vez fuera un día cualquiera, querías algo especial. Esperé un par de meses más, y no sabes lo que me costó, te deseaba tanto, y veía tanto deseo en ti. Llegó tu cumpleaños, abrimos aquella botella carísima que decidiste mezclar con Coca-Cola. Comenzaste a besarme en el cuello, en la oreja. No sabía cómo refrenar mis ganas. Me miraste, y dijiste que ese sí que era el momento. Y pasó lo que te conté antes, hicimos el amor. Tú estabas entusiasmada, decías que tendrías dos cumpleaños durante el resto de tu vida.
Los años iban pasando, y nuestra relación se fue consolidando. Pero nada se volvió aburrido o monótono, todo lo contrario, cada día tenía más ganas de ti. Decidiste que era el momento de contarle lo nuestro a tu familia. Ya habías sacado la plaza, nos habíamos comprado el piso, y no querías que yo fuera algo que tuvieras que esconder…”

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 30

  1. The hunger dice:

    Aiiiins, en el mejor momento! Ansiosa por que llegue la siguiente entrega.

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