Olvidando la vida. Capítulo 27

Fue entrar en la oficina, e Inés acudió rauda.

– Veo que vuelves a ser la misma. Pamela quiere verte.
– Dile que le jodan.
– Helena, no puedes dejarla así.
– No tengo nada más que decir sobre este tema. ¿Tienes el informe que te pedí?
– Aún estamos elaborándolo.

Salí de mi despacho, y, alzando la voz, les hice saber que la hija de puta de su jefa había vuelto, y no pensaba que se durmieran en los laureles nunca más. Esa iba a ser mi postura, agresiva, no solo en el trabajo, sino con todo. Aquella panda de aprovechados me miraron, asustados, como si temieran una represalia épica. En realidad, yo solo quería salir de allí, volver a mi casa, y llorar, o gritar, pero, en vez de eso, el aire dejó de alimentar mis pulmones, el oxígeno no recorría mi cerebro y caí redonda entre las mesas.
Cuando volví a abrir los ojos, estaba en una ambulancia, con toda la parafernalia que ello conlleva, oxígeno, tensiómetro, pulsómetro, y un tío mirando por la ventanilla. Me mataron a pruebas, avisaron a la señora Pilar, que contribuyó a un nuevo desmayo. Conclusión, ingreso por estrés. Pufff…, otra vez a ver más médicos, a hablar con más idiotas que se limitaban a apuntar lo mal de la cabeza que me encontraba.

– ¿Es un momento de mucho trabajo para ti? -preguntó la psiquiatra, tras su gran mesa de madera maciza.
– No.
– ¿Qué crees que es lo que propicia este estado anímico?
– Pensaba que ese era tu trabajo.
– No, es el nuestro, tuyo y mío. Si encontramos una causa, podremos darle una solución.
– Lo que quiero es salir de aquí, llegar a mi casa, tumbarme, y no saber nada del mundo en unos días.
– Eso es un inicio. ¿Crees que no se respeta tu espacio?
– No creo que esa pregunta deba hacérmela una tía que lo está invadiendo.
– No me veas como una amenaza.
– Lo eres. Estás ahí, en tu trono, y haces que me siente en esta minúscula butaca, que me sienta inferior, que puedas ejercer un dominio sobre mí. ¿Crees que voy a contarle a una desconocida que se siente superior a mí lo que me pasa?
– No soy tu enemiga. Estoy aquí para ayudarte.
– Tampoco eres mi amiga.
– ¿Tienes muchas amigas?
– ¡Se acabó! No voy a volver a pasar por esto. ¿Quieres conocerme?
– Claro.
– Pues invítame a una copa. No vas a sacar nada de mí en estas condiciones.

Y se puso a escribir en su libreta. Seguro que ponía algo así como que soy una ególatra, con complejo de grandeza, que tengo miedo a relacionarme, o simplemente, la lista de la compra. No pensaba quedarme más tiempo en ese hospital, en esa sala. Me levanté, y ella me tendió una tarjeta. La cogí de mala gana, y me marché.
Por fin estaba en casa, me desparramé por el sofá y tiré el bolso sobre la mesa auxiliar. De él cayó un papel. Me dolió en el alma tener que levantarme a recogerlo, pero odiaba dejar las cosas tiradas, ya me sentía yo así como para que mi casa se transformará en una copia inmobiliaria de mí. Lo cogí, y no supe qué era, pero contenía un mensaje: “esta noche, a las nueve en el café Viena”. ¿Qué noche?, ¿quién me había metido eso en el bolso? Lo que me faltaba, otro dichoso enigma.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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