Sin título, porque no sé cuál pondría

Decidí sentarme en una terraza. Aún el sol no calentaba lo suficiente, pero los pocos rayos que se filtraban entre las nubes, lograban que me sintiera plena. Era uno de esos días en los que el mundo se ve con un tono distinto, todo parecía bonito, incluso el gris contaminado que se pegaba a los edificios. Quería disfrutar de esa mañana, era mi mañana, y no pensaba desaprovechar la oportunidad que la soledad y un buen abrigo me daban.

Pedí un refresco, quizá era temprano para ello, pero el café me provocaba una sed horrorosa. El camarero no pareció extrañarse, supongo que no era lo más fuerte que había servido un sábado a las once.

Las calles comenzaban a llenarse, el bullicio no iba a impedirme continuar con mi placentera actitud. Ni tan siquiera un niño revoltoso, que empujó mi silla, logró que me enfadara. Sabía que ese era mi día. No sé si llamarlo presentimiento, intuición o predisposición, pero tenía una sensación de paz que invadía mi cuerpo.

Otro golpe en mi asiento me sobresaltó. Esa vez sí que habían conseguido enojarme, me giré con cara de pocos amigos, con el ceño fruncido. Un “lo siento” cambió mi actitud. Una chica había decidido que también quería llenar su cuerpo de vitaminas y serotonina. Era guapa. Bueno, la mayoría de las mujeres son guapa, pero ella lo era especialmente. Me sonreía, era una forma más de disculparse, pero me encantó. Correspondí de la misma manera, y regresé mi mirada hacia el horizonte.

Notaba mi pulso acelerándose, al final no iba a ser una mañana tan relajante. Debí haberme puesto en otra silla, y así poder contemplarla, pero ya era tarde. Notaba cómo se acomodaba en su asiento, oía su voz cuando pedía su consumición. Su móvil no dejaba de pitar, el WhatsApp le reclamaba más que la contemplación de las vistas.

Mi móvil también chirrió. No quería saber nada del mundo, pero no sé qué tienen estos aparatos que nos resulta imposible ignorarlos. Tenía un mensaje de Brenda. ¿Seguía teniendo esa aplicación? Me había olvidado por completo de ella. Un mensaje: “Me siento muy rara sentándome sola y que haya una persona a la que pudiera llegar a conocer justo a mi espalda. ¿Puedo sentarme contigo?” Me quedé atónita. ¿Sería la chica guapa? No me atrevía a contestar, pero, no hacerlo, hubiese sido una total falta de educación. Acomodé el teléfono entre mis manos y respondí: “Creo que me moriría de vergüenza, pero si te hace sentir mal, adelante, tengo tres sillas más, puedes elegir”.

Casi no había terminado de darle a enviar, cuando la chica guapa se posicionó frente a mí, con su sonrisa perfecta. Colocó su bolso en el frente, se recogió la chaqueta, y se sentó, todo ello, sin dejar de mostrarme sus blancos dientes.

– Perdona el atrevimiento, pero he visto que tenía a alguien cerca y no pude resistirme a saber si eras tú.
– Tranquila -contesté intentando que mis palabras no sonarán tan nerviosas como yo lo estaba-. ¿Te da vergüenza sentarte sola en una terraza?
– La verdad es que no, pero pensé que esa excusa funcionaría. Qué maleducada, me llamo Julieta.
– Sandra -quizá dije con demasiada frialdad.
– ¿Por qué Nada?
– ¿Nada? -pensé durante un segundo a qué se refería, hasta que caí en la cuenta-. Bueno, no se me ocurría nada, así es que eso es lo que se quedó. ¿Y el tuyo?
– Esus, es el Dios Celta de la Naturaleza.
– Es bonito -las conversaciones con extraños no eran lo mío.
– No creas, detrás de la belleza, está la crueldad con la que mataba a sus enemigos, los colgaba de los árboles.
– Entonces intentaré no enemistarme contigo, aunque en Madrid lo tendrías difícil para encontrar un árbol decente.

Después de las correspondientes presentaciones, y de contemplar atónita su preciosa sonrisa, y cómo le salían unas arruguillas muy monas cuando lo hacía, decidimos pasear. No sé cuánto pudimos andar, pero la conversación resultó fluida, amena, incluso divertida. Julieta era capaz de comprender las ironías, y también de utilizarla en su momento adecuado.

Me gustaba, no puedo negarlo. Una mujer como ella era difícil de encontrar. Alta, guapa, inteligente, despierta, atractiva. Sabía que era inalcanzable para mí, quizá ni siquiera quisiera intentarlo, me asustaba tanto que me hiriera…

No sé muy bien cómo, pero terminé cenando en su casa. Preparó una ensalada y unas croquetas, colocó unos manteles individuales, y nos dispusimos a comer. Me moría de vergüenza y de hambre. No entendía por qué había terminado en casa de aquella chica a la que conocía desde hacía unas horas.

Después, nos aposentamos en un horrible sofá a ver una película. Ella se abrazó a un cojín, y yo ansiaba realizar un truque, esa tela almohadillada por mi cuerpo, pero no tuve valor para decírselo. No sé ni lo que vimos, ni me hubiera enterado de que la televisión estaba encendida.

Me sorprendió una vez más, apareció con un pantalón negro, y me pidió que me pusiera cómoda. Parecía que ella lo estaba, pero ni eso era capaz de averiguar por medio de sus gestos. Aquella mujer era un enigma, mi enigma particular, ese puzzle que quieres formar, pero cada pieza tiene un corte distinto. ¿Qué debía hacer? Ansiaba acurrucarme a su lado, pero mis músculos estaban tan contraídos, que si hubiese sostenido un objeto entre mis manos, habría caído al suelo sin impedimento.

La noche avanzaba, y me fui sintiendo más cómoda. No sé cuándo pasó, pero encontré mis dedos acariciando su brazo, y ella recostada sobre mi rodilla. Era muy raro volver a sentir cómo las hormonas se abalanzaban por mi cuerpo, como si regresara a la adolescencia, como si hubiese deseado ese momento durante años.

Se precipitó sobre mí, y me abrazó con fuerza. Pude notar la musculatura de su espalda, ya había atisbado sus hombros anchos y fuertes, pero sentirla tan cerca, hizo que aquel impulso que había retenido durante años, empujara los portones del castillo, y saliera.

Comencé besando su cuello. Julieta se estremecía. A veces no sé sí eso es bueno o malo.

– ¿Te hago sentir incómoda?
– Sí.

Su respuesta hizo que mis caricias pararan en seco. Creí haber visto señales donde no las había, pero, joder, ella me abrazaba, me buscaba con su pie, se agarraba a mi cuerpo como si no quisiera que me fuera nunca. ¿Qué debía hacer yo? ¿Irme? Esperar a que Julieta se decidiera a darme una respuesta? Había olvidado lo confusas que me resultaban las relaciones, las mujeres. Quizá en otra época, me hubiera enfadado, me hubiera sentido decepcionada, pero no fue así, por un lado noté alivio, me había librado de meterme en otro lío de faldas (¡qué expresión más trillada!); aunque, debo reconocer, que ansiaba haber continuado con aquel tonteo. Quizá fui demasiado rápido, pero, ¿unos besos eran algo excesivo? No lo creo.

Me levanté, dispuesta a volver a enfundarme mis pantalones, a salir de allí, a subirme en un taxi y a llegar a mi casa para soñar con lo que hubiera pasado. Julieta me miró, confusa, pero creo que era lógica mi respuesta, no podía dormir con alguien a la que no conocía, y menos después de que me dijera con un simple “sí”, que no deseaba nada más de mí.

Cuando fui a despedirme, intentando no ser descortés, Julieta se acercó. Se le veía nerviosa, perdida. Me abrazó con fuerza, y, con un susurro entre suspiros, me dijo:

– No me siento preparada.
– No pasa nada, Julieta.

Puso su cara frente a la mía, mientras se balanceaba sobre sus talones. Parecía haberse convertido en una niña pequeña que guarda un secreto. Sin que tuviera tiempo de reacción, ¡un beso!, me había besado. No fue largo, ni intenso, pero sí con mucha fuerza, me besó con ganas, con ímpetu, pero, al segundo, se volvió a apartar.

Me quedé inmóvil lo que creí que fueron horas. Pero no pude aguantar más, como dijo Espronceda, “y si caigo, ¿qué es la vida?, por pérdida ya la di…”, sujete su cara entre mis manos, con suavidad, casi tanta como la que emanaba de su piel, me acerqué más, crucé ese estrecho que nos había estado separando, y le di el beso más cálido que salió de mí. Ella no se apartó, no se paralizó, me juntó más a su cuerpo, y noté cómo disfrutaba de ese momento tanto como yo. Pero todo lo bueno acaba, y llegó el momento de separarse. Su cara me lo dijo todo. Se sentía sorprendida, pero no aliviada por haber roto con todos su escudos.

– Julieta, ha sido un placer pasar el día contigo. Si alguna vez te sientes preparada, házmelo saber, me gustaría correr el riesgo de tener otra cita contigo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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5 Responses to Sin título, porque no sé cuál pondría

  1. Joan dice:

    Me ha entrado la curiosidad y he descargado Brenda.

  2. Marta dice:

    Me encantó como todo lo que escribes. No sé por qué pero no paro de leer una y otra vez “Si alguna vez te sientes preparada, házmelo saber, me gustaría correr el riesgo de tener otra cita contigo.”

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