Olvidando la vida. Capítulo 25

Nunca más volverían a llamarme Garbancita, pero, aunque suene extraño, lo echaría de menos. La señora Pilar andaba loca con papeles para arriba y para abajo, Susana quedaba con los cuatro tontos que no habían conseguido huir del pueblo, y yo me pasaba las horas muertas mirando esas fotografías, esas hirientes cartas que mandé a Vero.

Llegué a comprender su odio, sus pocas ganas de verme, pero no el comportamiento de Helena Uno. ¿Para qué regodearse en el daño que ya había causado? Gracias a los manuscritos pude recordar algunos fragmentos de mi vida con ella. Me hacía sentir tan plena que el mundo se enmudecía cuando ella estaba a mi lado. Al despertar de mis ensoñaciones, no era capaz de retener esos sentimientos tan bonitos que Vero me inspiró en un pasado, la amargura ocupaba su sitio y me obligaba a sentirme ruin y malévola.

Bea entró un día en casa de mi Yaya. Quería que saliéramos a dar una vuelta, charlar. Desde luego no era la persona más indicada para sacarme de mis pensamientos,  por lo que rehusé cada uno de sus intentos por echarme un polvo.

Silvia me llamó y me hizo prometer que nos veríamos a mi vuelta. En ella si noté pena por la situación que yo estaba pasando. A los pocos minutos, fue Lidia la que llamó para darme el pésame, pero la razón pudo conmigo, y corté la conversación lo antes que pude.

Regresé a Madrid, pero sin ánimo para ir a trabajar. Me cogí unos días de asuntos propios y me escapé con Silvia a su pueblo. Quedaríamos con la gente de la Asociación y podría volver a ver a las personas que me hicieron más ameno el cambio de ciudad. La verdad es que tenía mucho que agradecerles, sin ellos, no sé cómo hubiera pasado el invierno en una ciudad tan gélida.

Silvia tenía una pequeña casa a unos kilómetros de Burgos. Creo que no medité lo suficiente la idea de acompañarla en su viaje. Sabía que yo le gustaba, pero yo seguía siendo incapaz de olvidar a aquella ridícula burgalesa que había vuelto mi mundo del revés.

Me instaló en una lúgubre habitación de aquella casa antigua, pero reformada por sus padres pocos años antes. Las paredes anchas y las estancias interiores denotaban el frío que haría en ese lugar cuando llegara el invierno. Ella estaría en el cuarto de al lado, quizá pensando en mí, en otra, en Lidia, no lo sé. A los pocos minutos llamó a la puerta y pidió permiso para invadir la estancia que le pertenecía. Silvia siempre era tan educada que, a veces, me hacía sentir soez.

–          Hemos quedado esta noche con los chicos. ¿Te parece bien?

–          Sí, tengo ganas de verlos.

–          ¿Qué te apetece hacer hasta entonces?

–          No sé. Lo que propongas.

–          Bueno, en el pueblo no hay mucho que ver, pero si quieres damos una vuelta por la zona. Hay unos miradores, desde donde se ve todo el campo. No sé si habrás estado ya.

–          La verdad es que no. No salí de Burgos.

Estuvimos de visita por varios pueblos, conocí el paisaje castellano fuera de la Catedral y el monte que se ve tras un centro comercial. Las vistas eran extraordinarias y la guía perfecta. No solo me explicaba cada punto, sino que también respondía a mis dudas sobre el Cid y la historia de Castilla.

Paramos a comer en una cantina de una pequeña población al sur de Burgos. Como no podía ser de otro modo, el cordero sació nuestros estómagos. Hará mucho frío por esa zona, pero he de reconocer que se come de maravilla. Madrid tiene una oferta gastronómica impresionante, pero no sabes lo que es un cordero lechal hasta que tienes uno en tu plato.

Silvia intentó darme charla durante todo el día, pero notaba algo raro en ella, algo que no era capaz de descifrar. Tampoco sabía muy bien cómo preguntárselo, pues no sabía si era mi presencia lo que le incomodaba o había algo más.

–          Silvia, muchas gracias por el paseo. Me ha encantado.

–          De nada, mujer. Si te parece volvemos a casa y nos preparamos para la noche.

–          Perfecto –hice una pausa intentando encontrar las palabras adecuadas, pero no las hallé-. ¿Te puedo preguntar qué te pasa?

–          Nada.

–          Te noto rara. Si crees que te equivocaste al invitarme, dímelo, no pasa nada. Me busco un hotel y listo.

–          No es eso, me encantó que aceptaras mi propuesta.

–          ¿Entonces?

–          Me da miedo lo que pueda pasar esta noche.

–          ¿Qué va a pasar?

–          No debería decírtelo, pero a Lidia le gustas, y sé que ella a ti también. Las cosas no son fáciles ahora mismo.

–          Dudo que eso sea así. No te niego mi parte, pero ella insistió en que me liara contigo.

–          Tiene miedo de que le hagas daño y más después de lo que vio en Madrid.

–          No nos vamos a tirar de los pelos, si es lo que te preocupa. Además, por mucho que me pueda gustar, no hay nada y dudo que lo haya. Tuvimos nuestro momento, y eso ya pasó.

–          No pensé que os pelearais, más bien todo lo contrario. Sé que si surge, terminarás durmiendo con ella, y eso no es lo mejor ahora mismo.

–          No te puedo negar que si se alinearan todos los planetas y hubiera un eclipse de Sol, me acostaría con Lidia; pero eso no va a pasar. Eres su mejor amiga y piensa que estás enamorada de mí, así es que no creo que termine así la historia.

En el fondo sabía que lo que temía era vernos a ambas juntas, no el pasar una noche en aquella casa de pueblo sola, pero no quería darle pie a tener que confesarme nada, porque yo no estaba para que lo hiciera.

La gente me recibió como si hiciera siglos que no me veía. La verdad es que, aunque me cueste horrores dar abrazos, ellos se los merecían, y yo estaba ansiosa por espachurrarlos entre mis manos. Uno a uno, fui besando y charlando de mil temas con ellos, dejando siempre a un lado a Lidia, que ni hizo el intento de acercarse a mí. Silvia hablaba con ella, pero por su postura, la conversación parecía bastante tensa.

Comenzó la noche con una cena en mi honor. ¡Qué grandes son mis chicos de la Asociación! Había gente nueva, parecía maja, y yo me alegraba de aquel pequeño grupo que éramos tiempo atrás, ahora pareciese una gran familia. La puerta del reservado se abrió nuevamente, creí que nunca dejaría de entrar gente. Era una chica, bastante mona. Hizo un saludo general y otro particular, a Lidia, un beso en los labios. Mi cara se debió descomponer y, al intentar apartar mi vista de aquel acontecimiento, me crucé con los ojos de Silvia, que expresaban pena. Se acercó a mí, disculpándose por no haberme dicho que Lidia salía con otra, yo quise hacer como si no me importara, pero la verdad es que noté el filo de una navaja jugando en mi pecho a las tres en raya. No era Silvia quién debía confesarme el affaire de Lidia, sino ella, y no lo hizo. No entendía por qué, yo no iba a montar un escándalo, y seguramente me hubiera alegrado por ella, aunque, al mismo tiempo, me estuviera muriendo.

Quizá por eso bebí más de la cuenta. Quizá por eso hice cosas que no debí haber hecho. Quizá por eso, terminé liándome en el Coraçao con una muchacha de veinte años. Quizá no, seguro. Porque me volví a sentir adolescente (aunque no recordara qué significaba eso). Quería que Lidia viera lo que había perdido, aunque es probable que la perdedora de toda aquella historia fuera yo.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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