Olvidando la vida. Capítulo 24

Era el momento de volver a sentarme frente a mis elecciones y decidir el camino a seguir. O continuaba indagando en un pasado al que no tenía demasiado aprecio, o seguía con una vida que me habían regalado y se estaba volviendo en mi contra.

La llamada de Silvia me sacó de todas mis cávalas e hizo que regresara al mundo real. Quería verme, con urgencia. Yo no estaba por la labor de enfrentarme a un posible romance impuesto, pero ella no me había hecho nada, por lo que terminé cediendo y aceptando su invitación a un café.

–          Lidia me ha contado lo que hablasteis y quería pedirte disculpas.

–          Silvia, tú no tienes motivos para disculparte, ha sido ella quien urdió ese plan. No tengo nada que reprocharte.

–          No voy a negarte que me gustas, que me dolió que te enamoraras de Lidia, que te acostaras conmigo a sabiendas de que preferías pasar tu tiempo con otra, pero no soy quién para imponerte nada. Quiero seguir viéndote, ser tu amiga, que sepas que puedes contar conmigo para lo que sea. Eso sí, no quiero saber nada del tema con Lidia. Ella es mi mejor amiga y eso seguirá siendo así.

–          Yo acepto tu amistad, y sobre todo la agradezco. Siento que las cosas pasaran así, pero no puedo cambiar lo que hice. Te tengo mucho aprecio, siempre has sido sincera conmigo y creo que eres de las pocas personas que no me han llamado zorra.

–          No tengo motivos para llamártelo. Es tu vida y puedes hacer lo que quieras con ella. Lo único que me preocupa es que tú estés bien.

–          Intento estarlo. Pensaba que comenzando una vida todo resultaría más fácil, pero no ha sido así y creo que estoy cometiendo los mismos errores que mi predecesora.

–          No te desanimes. Son fases que hay que pasar. Si necesitas cualquier cosa, aquí me tienes.

Le agradecí el ofrecimiento, no tanto por las palabras, sino por la sinceridad que se escondía tras ellas. Pocas cosas había aprendido en ese tiempo, pero una de ellas era que la gente era lo suficientemente falsa como para no engañar ni al más inepto.

No sé cómo, pero Silvia consiguió apaciguar mis dudas, cambiar mi forma de ver el mundo. Encontrarte con alguien bueno no es difícil, pero sí hallar a alguien que quiera serlo, y ella pertenecía a ese selecto grupo.

Había hecho todo lo que estaba en mis manos para cambiar de vida, para comenzar una nueva, y ni yéndome a vivir a Burgos había conseguido que mejorara lo más mínimo. Quizá debía empezar una relación estable, asentarme, a fin de cuentas, tenía un buen trabajo, un buen sueldo, un buen horario. Había un pero en todo aquello, Lidia. La quería tanto… Hubiera pagado cualquier precio por olvidarla, por sacarla de mi cabeza y arrastrarla a lo más profundo del subconsciente. No sé si era su culpa, quizá era la mía, pero siempre terminaba haciendo justo lo contrario a lo que deseaba y terminaba siendo desesperante.

Cuando me encontraba enfrascada en mis pensamientos, la llamada de la señora Pilar hizo que todo cambiara de color. Mi abuela, la única persona sensata de la familia, había muerto. No sabía que pudiera doler tanto perder a alguien a quien conocía tan poco. Me fui directamente a recoger a mi supuesta madre y a mi hermanísima. Debíamos ir al pueblo, arreglar todas las cosas y darle el entierro que ella siempre quiso, incineración sin misa. La señora Pilar se llevaba las manos a la cabeza al tener que aceptar su decisión y yo me lamenté de no haber aprovechado mis días libres para pasarlos a su lado. Después de un horroroso viaje en el que mi cabeza se disparaba y mis oídos no aguantaban más quejas, por fin llegamos.

El tanatorio estaba lleno de gente, sin duda era una mujer querida. Esperaba encontrarme con mujeres de su edad, sus amigas, pero allí estaba todo el pueblo, incluso quien no vivía allí, pero la apreciaba tanto que se desplazó cientos de kilómetros solo para darle un último adiós.

La señora Pilar parecía estar en su salsa, todo el mundo a su alrededor, consolándola. Susana andaba perdida de un lado a otro, musitando palabras que no pude descifrar. Yo opté por ir a tomarme un café, no quería ver todo aquel circo que se estaba formando. Echaba de menos a mi abuela, la única que había sido sincera, la única que llegó a entenderme sin saber que no era yo. Las lágrimas se amontonaban en mi garganta, ella sí formaba parte de lo que yo entendía como mi familia.

Me senté en una silla al fondo de la cafetería. La gente charlaba, como si se encontraran en un bar cualquiera, pero a mí me dolía. Una joven se sentó frente a mí.

–          Siento mucho lo de tu abuela. Era una gran mujer.

–          Gracias –respondí con ese tono insulso que se pone cuando realmente no notas una empatía con tu interlocutor.

–          Hacía mucho que no te veía por aquí. Me contaron que viniste hace unos meses, pero ni asomaste la cabeza por el “Tony”.

–          Vine a ver a mi abuela, no a Tony.

–          Siento lo de tu accidente, pero parece que estás mejor.

–          Sí, gracias –aquella conversación ya me estaba asqueando.

–          Bueno, veo que no quieres hablar más. Me voy con el resto. Si quieres acercarte a saludar, estaremos por allí.

–          De acuerdo. Hasta luego.

Se acababa de morir una mujer extraordinaria y aquella muchacha venía a darme palique. ¡Qué mundo más hipócrita! Me volví a quedar sola, intentando recordar cada instante de aquellos días que pasé junto a mi abuela, pero mi memoria me trajo algo más. Eran imágenes inconexas en su mayoría, aparecíamos las dos, riendo, recogiendo ciruelas, tomates, pero siempre con la sonrisa dibujada en nuestros rostros. Creo que era la única persona a la que Helena Uno realmente quería. También recordé a la chica que vino a molestarme, se llamaba Bea, y fue algo más que una amistad. Recordé un beso párvulo, algún polvo en la veintena y cómo ella delató mis gustos sexuales delante de todos los que se suponían mis amigos. Era una hija de puta con cara de cordero que venía a regodearse de su hazaña. En otro momento hubiera optado por recordarle sus jadeos delante de sus amigos, pero esa vez no estaba allí para vengarme de nadie, ni quería, ni podía hacerlo, tenía que rendir un homenaje a quien me dio amor sin esperar nada a cambio.

Cuando terminó toda la parafernalia que se monta entorno a una muerte, fuimos a casa de mi abuela. Nadie quería quedarse con las cenizas que nos darían al día siguiente, pero yo sí las quería, sí deseaba esparcirlas por los lugares donde ella me hizo sonreír.

La casa estaba llena de sus cosas, de su vida. Susana se puso a rebuscar en los cajones, no creo que con intención de llevarse nada, sino para ocultar la impotencia que una siente ante la muerte. Yo me senté en el porche, hacía frío, pero quería ver el ciruelo que ella había tocado unas horas antes. Había millones de personas en el mundo, pero yo quería parecerme a la mujer que nos acababa de dejar y había dejado un rastro imborrable en mi memoria.

Susana salió y me tendió unas fotos y unas hojas. Las miré sin gran interés, aunque me agradecí el hecho de que volviera a dirigirse a mí.

–          ¿No querías saber cosas sobre Vero? Pues toma. A ver si de una puta vez entiendes que debes dejarla tranquila.

Presté más atención a aquellos documentos. Eran fotos rotas, pintadas; cartas devueltas tras haber sido leídas. Era mi letra.

“26 de octubre 2003

Hola Vero.

Sé que pasas de mí, pero me da igual. Quizá para ti fuera muy importante que saliéramos, pero para mí fue solo un rollo. Estás muy buena, y te echaré un polvo siempre que quieras, pero no me vengas con gilipolleces, ni me hables de amor, de traición, de fidelidad, porque en realidad sabías que esto pasaría. Me follaré a cualquiera que se me ponga a tiro, eso tenlo claro. Solo quiero que me dejes tranquila, que no acoses a tus amigas para que vengan a increparme, porque a ellas también me las he tirado. La gente es muy hipócrita, y tú la que más. No me niegues que no has deseado acostarte con Luz o con Mariví, porque no me lo trago; incluso podría llegar a afirmar que lo hiciste. Así es que deja ya de ponerme de zorra, porque tú no eres ningún cordero. Si quieres amor eterno, cómprate un perro, pero no obligues a las personas a quererte, porque ni te lo mereces, ni te lo merecerás. No vales nada, y yo no voy a parar mi vida para estar con una gilipollas como tú. Esto es lo último que tengo que decir sobre la “relación idílica” que tú querías imponerme. Jódete, que te jodan y que lo disfrutes, pero lejos de mí.

Helena.”

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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