Olvidando la vida. Capítulo 22

Ni me despedí de aquella chica, tenía que alejarme de la “Zona Cero” lo antes posible. Una vez en la Plaza de Chueca, me paré un segundo y tomé todo el aire que mis pulmones pudieron albergar. Estaba mareada, no sé si del alcohol, de los porros o de la impresión que me causó ver de nuevo a Lidia.

Judith me retuvo un rato. Empezó otra vez con sus tonterías, me contó no sé qué de las fiestas de Rascafría, quería que fuéramos juntas, volver conmigo. Yo no tenía fuerzas para hablar, pero reuní las suficientes para mandarla  a tomar por culo.

–          No sabía que tuvieras tanto genio.

–          Me estaba tocando los huevos –contesté sin mirar a mi interlocutora.

–          Me alegro de verte.

–          Yo también. Hasta otra.

–          ¡Helena! ¿No vas ni a mirarme?

Es cierto que la curiosidad mató al gato, porque de no haberme parado a averiguar quién me reclamaba no hubiera estado tan cerca de ella.

–          Hola. Espero que lo estés pasando bien.

–          ¿Esas son formas de saludar a una vieja amiga? Te he visto dentro y quería saber cómo estabas.

–          Estoy bien, Lidia. Ahora tengo que irme.

–          Tómate algo conmigo. Me han traído a este antro y necesito paz. Aquí hay demasiada gente y demasiado ruido.

–          Es lo que tiene Madrid.

–          Sé que no acabamos muy bien, pero me gustaría que charláramos.

–          Helena, te estaba esperando dentro. Tenemos que bajar al baño ahora, que me tengo que ir –interrumpió mi rollo de aquella noche.

–          Pues vete. Ya nos veremos.

–          ¿Me vas a dejar con el calentón?

–          ¿Me vas a dejar en paz?

La niñata desapareció entre el gentío. Lidia me miraba, asombrada por la mala uva que me gastaba.

–          Veo que no estás de humor. ¿Te he jodido un polvo?

–          Pues la verdad es que sí, pero tampoco me he perdido gran cosa.

–          Si quieres ir a por otra presa, me vuelvo dentro.

–          No, me iba a casa. Estoy cansada.

–          Ya, cansada. Estás fumada, tienes los ojos negros de lo dilatadas que están tus pupilas.

–          ¿Tú también vas a sermonearme?

–          No, en absoluto. Pero no puedo dejarte sola.

–          Ni que fuera la primera vez. Lidia, pasa de mí. Disfruta de Madrid, vuelve a Burgos y sigue con tu vida, pero no me vengas de buena samaritana.

–          No voy de nada que no sea tu amiga.

–          No eres mi amiga.

–          Es verdad, no somos amigas. No lo fuimos nunca, ¿verdad? Solo querías echarme un polvo. Hazlo ahora. ¡Venga! Fóllame aquí, o en el baño, que es donde te gusta. Eres una zorra.

–          Sí, soy una zorra. Pero esta zorra no se va a acostar contigo en la vida. Pírate, sal de mi vida. No quiero verte más.

No sé de dónde salió aquel enfado, cuando en realidad lo único que quería era abrazarla, supongo que los nervios pudieron conmigo, y esa manía que tenía todo el mundo de llamarme zorra me desbordaba. Era cierto que desde mi regreso me había convertido en una arpía, pero nadie tenía derecho a insultarme, y más cuando yo no le hacía daño a nadie.

Me pasé el resto de la noche despierta, imaginando la misma situación pero con distinto final, uno en el que ella venía a mí, me besaba y nada nos podía separar. No conseguí dormirme hasta bien entrado el día, pero el teléfono me sacó de una ensoñación que ansiaba.

–          ¿Quién es?

–          Helena –reconocí la voz de Lidia.

–          ¿Qué quieres?

–          Voy a pasar unos días por aquí, y me gustaría que charláramos.

–          ¿De qué?

–          De nosotras. Se me quedó mal cuerpo anoche.

–          No hay un nosotras, Lidia. Tú elegiste irte con otra y yo hago lo propio.

–          No voy a aceptar un no como respuesta.

–          Pues tendrás que hacerlo –dije al colgar.

 ¿Cómo podía querer tanto a esa chica? ¿Cómo podía meter tanto la pata con ella? Solo tenía que haber aceptado, haberle dicho que aún estaba enamorada de ella, y rezar para que decidiera que quería que formara parte de su vida.

Esperé la llegada de la noche. Intentaría encontrarme mejor en los brazos de otra, pero no podía volver al Escape, por lo que el Fulanita fue muy nuevo destino. Un bar pequeño, lleno de mujeres con ganas de sexo y yo, una chica atractiva con deseo de dárselo. Pero, como siempre, me equivoqué.

Veía las miradas de las muchachas dirigidas a mí, me sentía deseada, pero alguien me tapó el campo de visión.

–          Me dijeron que aquí no te encontraría.

–          Entonces me voy.

–          Helena, joder. ¿Tienes que ser así?

–          Sí, mira, es una de esas cosas que no puedo cambiar, Lidia.

–          Solo quería hacerte una pregunta.

–          ¿Y me dejarás tranquila?

–          Sí. Desde que te fuiste no he dejado de pensar en ti. ¿Tengo alguna posibilidad de besarte esta noche?

–          Ayer me llamaste zorra y hoy quiere enrollarte conmigo. Claaaaro –respondí con ironía-, y si quieres te doy un masaje en los pies.

–          No hacía falta que me hablaras así. Con un no hubiera bastado.

–          Pues ya lo tienes.

Otra noche jodida. No sé por qué a veces somos tan estúpidos. Me negué a hacer todo lo que ansiaba, incluso el masaje, solo quería sentir su piel. Lidia pareció no darse por vencida, me agarro del brazo, impidiendo que yo avanzara en mi camino hacia la salida. Me giré para increparla, pero en vez de eso escuché: “no te lo crees ni tú”, y me besó.

Al principio intenté zafarme, pero terminé rendida a sus caricias, a las ganas de ella que controlaban mi cuerpo. La amaba, y no podía seguir negándolo. Disfruté de esos minutos como si fueran los últimos de mi vida, por fin tenía a Lidia entre mis brazos, por fin podía acariciar su sedoso pelo, agarrarme a su cintura y dejar que el mundo desapareciera. Pero el placer de aquel beso duró poco.

–          No ha estado mal. Ahora te puedes ir si quieres.

–          ¿Eh? –pregunté desconcertada-. ¿Quieres que me vaya?

–          Es lo que tú querías, ¿no?

–          ¿Y por qué me has besado?

–          Porque me apetecía. No iba a quedarme con la intriga de conocer el sabor de tus labios.

Aquello me estaba matando, y no fui capaz de contener las lágrimas que acompañaron mi mirada de odio. Me había utilizado y yo me mostraba frágil frente a sus encantos, frente a ella. Parecía no importarle lo que me había hecho, como si fuera una más, un beso que regalas a un familiar lejano o a un extraño. Salí corriendo de allí, no podía dejar que mi debilidad se hiciera más visible aún. Me había enamorado de una gilipollas y ni siquiera había sido consciente de ello.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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2 Responses to Olvidando la vida. Capítulo 22

  1. Que facilidad para hacer exactamente lo contrario a lo que quiere. Curiosidad me genera saber que pasara cuando recupere la memoria…
    Como siempre,enganchada a tu historia ando. 🙂

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