Olvidando la vida. Capítulo 21

Cuando quise llegar a la calle, ella ya no estaba allí. Corrí de un lado a otro, intentando averiguar qué rumbo había tomado, pero mis esfuerzos no dieron sus frutos. Carlos salió detrás de mí. El pobre se había preocupado al verme la cara, y yo me abracé a él.

–          ¿Qué te pasa, madrileña?

–          Se ha ido. Sin despedirse.

–          ¿Lidia?

–          Sí.

–          Vaya par de bobas. Anda, ve a la calle del Carmen número cinco.

–          No sé dónde está.

–          Es por allí. Si corres la alcanzas.

Y eso hice, corrí como si no estuviera buena de la cabeza. Por fin la vi girar al final de la calle. Aumenté la velocidad, y eso que se me estaban saliendo los pulmones del cuerpo, pero logré alcanzarla.

–          ¡Lidia! –grité entre jadeos-. Espera.

–          ¿Qué haces aquí?

–          Quería despedirme de ti.

–          Ya lo hiciste el otro día. No era necesario que me siguieras.

–          ¿Así tiene que ser? De acuerdo –respondí frustrada.

–          ¿Qué más quieres, Helena?

–          A ti.

–          Un poco tarde, niña. Te vas en dos días. Además, he empezado algo con una persona.

La ira se apoderó de mí y di media vuelta. No quería que aquello siguiera doliéndome como lo hacía, no quería tener que enfrentarme al único amor que había conocido y ver cómo terminaba perdiéndolo. Cuando ya había avanzado unos metros, un recuerdo regresó a mi cabeza, no era de Helena Uno, era de mi vida actual, recordé a Lidia preguntándome si siempre hacía lo mismo, si siempre huía ante las dificultades. Clave los talones en el suelo, giré sobre mí misma y la busqué con la mirada. Ella estaba quieta, viendo cómo me alejaba, pero sin decir ni una palabra, ni un leve intento por pararme. Regresé a su lado y me planté frente a ella.

–          Tú podrás seguir con tu vida, como si nada hubiera pasado. Empezarás con esa chica, irá mejor o peor, pero continuarás. Yo no, porque tú eres la primera mujer a la que he amado, eres mi primer amor. Me marcharé a Madrid y viviré el resto de mi vida deseando un beso que nunca pude tener, una piel que jamás me arropó mientras yo estaba desnuda. Entiendo que eso sea lo que quieres, pero comprende que no compartimos el mismo deseo. Espero que te vaya muy bien, que sonrías más aún de lo que lo hacías conmigo, que encuentres a alguien que te llene de entusiasmo, porque es lo que mereces. Te echaré de menos y espero que un día nos encontremos y me digas que tu vida es fascinante, porque ese día, seré yo quien se alegre por ti, aunque por dentro siga deseando despertar cada mañana a tu lado. Te quiero, Lidia.

Una vez dicho todo esto, sí que me fui sin mirar atrás, sin saber qué pensamientos podían atravesar su mente. Ya todo me daba igual, había perdido a Lidia y eso era en lo único que podría pensar durante meses.

No sabía que el amor pudiera doler tanto. Empecé a comprender a Helena Uno, su postura frente al mundo, su escudo contra la humanidad, sus ganas de sexo sin compromiso. Pensé que debería ser como ella, esconderme en un agujero donde nada ni nadie pudiera herirme. Antes creía que ese comportamiento era autodestructivo, en ese momento entendí que era un salvavidas, un chaleco antibalas que me haría más fuerte.

Y así regresé a la capital, medio hundida, pero con fuerzas suficientes para no volver a atarme a nadie, pero ser yo y nadie más. Daba igual el pasado, me importaba poco el futuro, pero pensaba disfrutar de cada segundo, yo sola o con mil mujeres.

Tami se había echado novia. Una chica un tanto rara, pero me alegré de que hubiera encontrado la compañía que buscaba. Gaby no me hablaba, pero para mí era agua pasada, pues nunca sentí nada por ella que rozara el amor que profesaba a Lidia. Quedé con Isa un par de veces, me reprochó que volviera a ser la Helena de siempre, incluso con ella. Quizá nadie entendiera mi comportamiento, pero me daba igual, todo me daba igual.

Comencé cambiando mi rutina, se acabaron los bares donde la tenue luz y la música suave incitaban a hablar. No quería conversaciones que llevaran a mis compañeras a pensar que quería algo más que un revolcón nocturno. El Escape se volvió mi lugar predilecto donde encontrar mujeres, bueno, en realidad eran veinteañeras con muchas ganas de aprender las lecciones de sexo que una mujer madura pudiera ofertarles. Así pasé meses, acostándome con unas y con otras, en los baños, en los parques, en la calle, en algún hostal de mala muerte. Ninguna vino a mi casa, no quería que supieran de mí nada más que mi nombre para que pudieran gritarlo en pleno éxtasis.

Una noche, me dirigía con una cualquiera al baño para continuar lo que dejamos a medias arriba, cuando vi a Silvia. Quise evitarla, escapar de su mirada, pero me vio y se dirigió a mí de forma precipitada.

–          No imaginaba que vinieras por aquí. Solo hay niñatas –dijo antes de percatarse de quién sujetaba mi mano.

–          La vida cambia. Me alegro de verte –contesté intentado escapar de ella.

–          Espera, quiero hablar contigo.

–          Es evidente que estoy ocupada.

–          ¿Puedes esperar un segundo? –preguntó a la muchacha que me sujetaba con fuerza.

La chica asintió con la cabeza, y yo me vi en la obligación de seguir a Silvia hasta la calle, no sin antes besar a aquella desconocida a la que pensaba enseñarle todo lo que sabía de las artes amatorias.

–          Es un poco joven, ¿no?

–          Es mayor de edad.

–          ¿Es tu novia?

–          No.

–          ¿Estás bien?

–          Sí, estupendamente.

–          Pues lo disimulas bien. Hueles a porro. ¿Fumas?

–          De vez en cuando. ¿Eres mi madre? –pregunté enfadada-. Tengo cosas que hacer, date prisa.

–          ¿Follártela en el baño? Tranquila, te esperará.

–          ¿Qué quieres, Silvia?

–          Que te vayas. Lidia está dentro, no quiero que vea en lo que te has transformado.

–          Yo soy así –dije intentando disimular el vuelco que me había dado el corazón-. Si no quiere verme, que se vaya.

–          ¿Quieres que sufra?

–          ¿Me vas a hablar tú de sufrimiento? Pasa de mí.

Regresé a recoger a la niñata, pero mis ojos buscaban desesperadamente a Lidia. Estaba al fondo del local, hablaba con un par de chicas al oído, reía y yo me moría por dentro. Sabía que aún la quería, pero no recordaba hasta qué punto. Quería acercarme, pero odiaba que pudiera sonreír sin mí. Podía haberme pavoneado delante de ella junto a la muchacha que me seguía como un perrito faldero. No lo hice, sabía que me conocía lo suficiente como para darse cuenta de todo lo que sentía hacia ella, y no quería que eso sucediera.

Debía hacer algo. Las ganas de echar un polvo habían desaparecido, y en su lugar, un dolor intenso se apoderó de cada órgano de mi cuerpo. Quería llorar, huir, escapar de aquellos tentáculos que me arrastraban de nuevo a un foso del que no había conseguido salir.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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