Olvidando la vida. Capítulo 20

Llegó el gran día, el Orgullo Gay. Lugar de reunión, la sede de KG. Actividades, ir a montar una mesa informativa, entregar panfletos y leer el manifiesto. Mi papel en todo esto, pegarme a Lidia como si me fuera la vida en ello. No podía dejar que el tiempo avanzara más, esa noche le diría que me gustaba, que quería que mi cama nos encontrara a ambas desnudas al alba.

–          ¿Preparada para la fiesta?

–          Claro.

–          Hoy viene Peke, quiero que os conozcáis. Es mi mejor amiga.

–          No había oído hablar de ella.

–          No vive aquí, pero se acerca siempre que puede. Ya verás cómo te encanta.

¿Pretendía liarme con una chica a la que llamaban Peke? ¿Qué clase de apelativo era ese? Confusa, esa era la palabra que me acompañó durante todo el acto. No podía esperar a que su amiga viniera y jodiera mis planes, tenía que declararme de una vez o terminaría reventando.

–          Lidia, ¿podemos hablar?

–          ¿Ahora? Estamos en medio de este fregado. ¿Pasa algo? ¿Estás bien?

–          Estoy bien, pero necesito decirte algo.

–          Pues tendrá que esperar. El “Presi” va a leer el manifiesto.

Otra vez a las puertas de su boca, o del abismo, si es que me rechazaba. Sé que suena muy exagerado, pero tanto tiempo teniéndola a mi lado sin poder tocarla me dolía más que cualquier tortura medieval.

Tras el acto, volvimos a la sede, cogimos unos equipos de sonido y los llevamos al bar que habíamos reservado. Todo estaba listo, yo estaba lista para desnudarme ante Lidia, pero ella había desaparecido.

Pedí una cerveza, me aislé en mi realidad alternativa y esperé el momento de su vuelta. Se notaba que algo pasaba, porque Carlos no hacía más que intentar sacarme a bailar, Luis se sentaba a mi lado, Elena me ponía morritos y Encarni me miraba de reojo.

La puerta por fin se abrió, y con ella apareció Lidia. Salté de la banqueta y corrí hacia ella. No iba a esperar ni un segundo más. La quería, y ella debía saberlo.

–          Lidia, ¿tienes tiempo para mí?

–          Sí, Peke está aparcando. ¿Qué pasa?

–          Me gustas. Eso es lo que pasa. No puedo estar callándolo durante más tiempo –ella intentó decir algo-. Deja que hable, por favor. La noche que dormimos juntas ya me gustabas, me gustaste desde que te vi aparecer por el bar. No soy así, no me enamoro de las mujeres con tanta facilidad, pero tú eres distinta, me haces ser distinta. No te pido nada, comprendo que tú tienes tu vida, tus planes, y yo no voy a meterme en medio.

–          Luego hablamos –dijo sin que pudiera averiguar su opinión-. Mira, esta es Peke.

–          ¿Helena? No esperaba verte en un acontecimiento de estos.

–          ¡Silvia! –¿qué coño pintaba ella ahí?- ¿Qué haces aquí?

–          Ya te dije que mis padres eran del norte.

–          Y yo que vivía en Burgos.

–          Esa parte la omitiste. Solo me dijiste que te habías ido lejos.

–          ¿Os conocéis? –preguntó Lidia extrañada.

–          Sí, es la chica que te conté. La del finde aquel.

–          Entiendo –respondió mirándome de una forma muy extraña.

Menudo lío. La mujer con la que me había acostado mientras pensaba en Lidia resultó ser su mejor amiga. Mierda de mundo lésbico, no es un pañuelo, se parece más a un protozoo.

Ambas se arrinconaron cerca de la máquina de tabaco y yo me quedé en medio de la pista de baile, rodeada de gays, de alguna lesbiana, y de mis propios pensamientos. No quería seguir ahí, no quería ver la cara de desaprobación de Lidia. Deduje que los problemas no venían de mi estancia en Madrid, ni de lo que Helena Uno hubiera podido hacer, éramos mi imán para atraer dramas y yo.

Salí del bar y me fui a casa. Tenía que aislarme de aquello, no quería volver a vivir todas esas situaciones que tensaban mis cervicales. Volvería a centrarme en mi trabajo, a recuperar las riendas de mi vida y a olvidar el amor, aquello solo traía disgustos.

Y así fue durante semanas. Exposiciones, eventos, visitas, entrevistas, fotos, y el recuerdo de la cara de Lidia al saber que me había acostado con su mejor amiga. La imagen de su cara no se me borraba de la mente ni agitando la cabeza como si un montón de insectos la cubrieran.

Cada vez con más frecuencia el buzón de voz me deleitaba con Adele. Siempre llamaban a horas en las que me era imposible responder, pero la última llamada, sí fui capaz.

–          ¿Quién es?

–          When will see you again? You left with no goodbye, not a single word was said…

–          Mira, la canción es preciosa, pero me gustaría mucho más oír tu voz y que fueras tú quien me dijera cualquier cosa.

–          Helena, te echo de menos.

–          ¿Quién eres?

–          Vuelve conmigo.

–          Si no sé quién eres, ¿cómo pretendes que me plantee volver contigo?

Colgó. Resoplé, apagué el móvil y seguí con mis informes. Al día siguiente sería mi gran día y podría volver pronto a Madrid, donde no pensaba hacer más que trabajar y dormir. Salí del trabajo, tarde, como siempre. Terminé siendo una adicta a aquellos inacabables formularios. En la entrada del Museo de la Evolución, me esperaba Lidia.

–          Llevo buscándote meses.

–          Lo sé. ¿Qué quieres?

–          ¿Estás de coña? Hablar. Me sueltas un rollo sobre lo mucho que te gusto y desapareces.

–          No elegí el mejor día para hacerlo.

–          ¿Por Peke? Ya me contó lo vuestro. No sabes las veces que oí hablar de una chica guapísima que rompía corazones por Madrid. Lo mucho que le gustabas, lo que te echaba de menos, lo bien que se lo pasó cuando os acostasteis. ¿Sabes lo que significó para mí saber que eras tú? Me daba igual tu arrebato de sinceridad, porque a mí también me gustabas.

–          Lidia, lo siento. No sabía que era tu amiga, y desde luego no voy a meterme en medio. Olvida todo lo que te dije, olvida cualquier cosa de mí. En dos semanas estaré muy lejos, ya no tendrás que pensar más en todo esto.

–          ¿Te vas? ¿Siempre haces eso? ¿Siempre te escapas de todo?

–          Me tengo que ir. Mi trabajo aquí ha terminado.

–          ¿Y yo? ¿También has terminado conmigo?

–          Lidia…

–          Déjalo.

Se fue enfadada y no fui capaz de comprender por qué. Verla de nuevo fue horrible. Me dolía el pecho, me faltaba el aire, necesitaba tenerla cerca. Me había enamorado de ella, y no supe cuánto hasta que vi cómo se marchaba de mi lado.

Los chicos de la Asociación se enteraron de mi marcha, y me instaron a ir a una fiesta de despedida. No es que mi mente anduviera para muchos excesos, pero, después de meses haciendo que me sintiera una más, no podía negarme.

Allí estaban todos, me abrazaron, me besaron, me irritaron la cara con sus barbas (quizá me hice lesbiana por mi alergia al bello facial). Unos estaban tristes por mi marcha, otros solo se dedicaban a disfrutar de la fiesta y, por último, estaba Lidia, que ni me miraba.

Intenté aparentar alegría, bailé, bebí, sonreí, incluso me hice durante unos segundos con el micrófono y agradecí la acogida que había recibido por parte de la Red Social y de la Asociación. Al final lo pasé mejor de lo que esperaba, pero Lidia no se acercaba y yo temía hacerlo, pero me vi en la obligación de reaccionar cuando, pasadas las seis de la mañana, ella comenzó a despedirse y cruzó la puerta. O hacía algo o me arrepentiría cada día de no haber movido ficha, por lo que salí en su busca.

Anuncios

About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
Esta entrada fue publicada en Helena y etiquetada . Guarda el enlace permanente.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s