Olvidando la vida. Capítulo 18

Ni una palabra tras cuatro minutos de canción. Odiaba todo aquello. Solo me entraron ganas de llorar. ¡Qué manía tenía el mundo de ocultarme la realidad! Estaba harta de ser una jugadora pasiva en aquel complot de vida que se suponía que yo debía vivir. No sabía muy bien qué hacer, pero tenía que escapar de todo aquello y el trabajo me dio la oportunidad, unos meses después de aquello, de fugarme durante un tiempo de un pasado al que perseguía, pero no era capaz de alcanzar.

Una ciudad castellana se había hermanado con Madrid para realizar conjuntamente una exposición itinerante por toda España, y la directora de cultura del Ayuntamiento de Burgos quería que yo, su homóloga en Madrid, coordinara junto a ella todo el proceso. Desconocía el tiempo exacto que estaría en la ciudad del Cid, la Catedral y el frío, pero supuse que ese cambio haría que me replanteara mi nueva vida de una forma completamente distinta.

Alquilé un pequeño piso con vistas al río. La decoración dejaba bastante que desear, pero tampoco iba a comprar muebles para el poco tiempo que me quedaría. La señora Pilar se disgustó mucho con mi marcha y prometió ir a verme todos los fines de semana, con comida casera bajo el brazo, para que su hija, la olvidadiza, no pasara hambre. Recé porque aquello no fuera cierto. Susana no iría, aún estaba enfadada conmigo por algo que yo desconocía.

Las primeras semanas las pasé centrada en el trabajo, en los informes, en reuniones con la Junta de Gobierno y con el Patronato de Cultura. La verdad es que me sentía muy sola. Vivía en el centro, rodeada de mucha gente, de viajeros de todo el mundo que habían elegido esa ruta del Camino de Santiago, pero no conocía a nadie. En parte era lo que quería, pero la soledad se volvió tan profunda que terminó cegando mi verdadero propósito, comenzar de cero.

Investigué por internet el ambiente de la ciudad, la verdad es que el panorama no era demasiado alentador, un bar de ambiente y una asociación que parecía haber desaparecido años atrás. Al fin encontré una especie de Red Social (www.castillayleongay.es) que congregaba a todos los homosexuales de Castilla. Pensé que en su mayoría serían de Valladolid, pero me equivoqué, la sede estaba allí mismo, a diez minutos andando de mi casa.

Intenté involucrarme en todos los temas de conversación que iban saliendo, lavé mi cara y puse mi mejor sonrisa ante la pantalla azul que me presentaba a la comunidad gay burgalesa. Supongo que en otras circunstancias no me hubiera atrevido a atravesar la barrera virtual que me separaba de un montón de nicks y fotos de paisajes, pero lo hice. Al poco de registrarme había una kedada.

No sabía qué ponerme, la ropa que me había acompañado por la A-1 era toda de trabajo y las tiendas allí no es que abundaran. La primavera burgalesa pocas veces se dejaba ver, pero se esperaba para ese sábado que las temperaturas ascendieran a los treinta grados. Me acerqué a un centro comercial y compré un par de vaqueros, unas camisetas y alguna rebeca, no fuera a ser que el aire del norte me pillara desprovista de abrigo.

Sentada en un bar, con una cerveza, los nervios a flor de piel y sin saber el santo y seña del mundo gay. La barra comenzó a llenarse de chicos. Mi relación con los hombres era prácticamente nula, no sé si Helena Uno lo llevaría mejor, pero desde luego, yo no era una experta en el trato con el sexo “débil”. Además, ¿qué iba a decirle?, ¿eres gay? Con lo que son por esos lares…, me hubieran partido la boca sin terminar la frase. Esperé y esperé a ver si era capaz de vislumbrar alguna pluma escondida o la llegada de una lesbiana vestida como mandan los cánones para poder entablar una conversación. Pero nada, por allí mucho hombretón y ni una mujer. Entonces apareció ella. Llenó la estancia con su sola presencia. La luz del sol me cegaba, impidiendo que viera su rostro, pero, por su porte, estaba claro que debía ser la mujer más hermosa del universo. El grupo de chicos se acercó a saludarla. Yo no sabía si le tenían aprecio o querían enciscársela, por lo que detuve mis ganas de levantarme y gritar que era una invertida. Mejor no ver su cara, no terminar enamorada de un rostro que jamás podría acariciar. Fijé la mirada en mi caña y seguí esperando.

Un muchacho alto, con gran sonrisa, se acercó a mí.

–          ¿Eres del foro? -¡joder!, él sí sabía cómo preguntar las cosas.

–          Sí –contesté con una timidez rara en mí.

–          Ven, que te presento al resto.

Todos parecían agradables, aunque aún no comprendía muy bien el carácter castellano, quizá demasiado frío para una mujer que viene de una ciudad donde se predica el amor libre, o al menos eso te venden.

Los chicos me acogieron como a una más, como si me conocieran de toda la vida, sin embargo, ellas, prefirieron marcar distancias, no sé si porque les daba miedo o porque creían que iba a intentar liarme con todas (“una madrileña suelta por Burgos, ¡cuidado!”).

No me enteré demasiado de la conversación que se desarrolló durante la comida, el acento y el desconocimiento total acerca de las personas y los lugares que mencionaban, hacía que me perdiera en aquella marabunta de palabras. Pero conseguí ver la cara de aquella chica que me deslumbró con su llegada, y, la verdad, ni reuniendo toda la imaginación del mundo podría haber llegado a vislumbrar semejante belleza en mi mente.

Tras la comida, fuimos a una especie de pub, donde el ambiente se relajó aún más, sobre todo entre las féminas, que ya se habían decidido a hablarme. El local empezaba a llenarse, había fútbol y era mejor salir de allí. Deambulamos por las calles del centro, hasta que al fin nos sentamos en una terraza a tomar unos pinchos. Esa era una de las cosas que no me gustaban de aquella ciudad, tener que pagar por los aperitivos que en cualquier bar de Madrid te regalarían de buen gusto.

Después de reponer energías, tocaba ir de marcha. Los locales eran como los de todos los sitios, llenos de gente oliendo a sudor, suelos resbaladizos, pero las cervezas muy baratas. Mis expectativas para aquel día no es que fueran muy alentadoras, pero los foreros habían hecho que mi visión de Burgos cambiara a mejor de forma exponencial. Es raro, pero creo que su hubiera sido heterosexual me habría costado mucho más encontrar gente con la que salir.

Terminamos en aquel famoso bar de ambiente. Más y más hombres, alguna mujer escondida que disimulaba el hecho de ser lesbiana, y nosotros, bailando y cantando todo lo que se terciaba. Quizá bebí de más, no lo sé, pero me lo estaba pasando en grande. Lidia, la chica imponente que vi entrar en aquel bar, dejó los reparos a un lado, y se desmelenó completamente. Era una mujer encantadora, al menos mucho más que mi tocaya, la chulesca rubia de ojos azules, y que la morena de semblante serio.

–          Bueno, ¿qué te ha parecido el grupo?

–          Me ha sorprendido.

–          ¿Para bien o para mal?

–          Para bien. En Madrid los gays van por un lado y las lesbianas por otro, pero parece que os lleváis bien.

–          Sí, son unos tíos estupendos. Pensaba que tendrías más problemas por la diferencia de edad.

–          No soy tan vieja.

–          Lo decía por nosotros, algunos pasamos los treinta.

–          Yo también. Tengo 32.

–          No me lo hubiera imaginado. Entonces, bienvenida al club de los mejores años de tu vida.

–          Gracias –contesté con una sonrisa.

Me resultaba raro mantener una conversación con una chica y que ni me conociera ni intentara llevarme a la cama. Era agradable poder charlar sin tener que meter estímulos sexuales de por medio. No era así con la rubia, ella sí quería ir más allá, pero, gracias a Lidia, esquivé todos sus envites.

–          Tranquila, puede ser algo plasta, pero no muerde.

–          No, si entiendo su postura. Es una comunidad pequeña, y supongo que tiende a la endogamia. Una cara nueva debe ser todo un acontecimiento.

–          Y más si es una cara guapa.

–          Me lo tomaré como un cumplido.

Lidia me sonrió, pero no de una forma lasciva, más bien con complicidad. Me gustaba esa chica, no de un modo físico, aunque era preciosa, sino que despertaba en mí un interés extraño. Supongo que, debido a su inteligencia, hacía que yo estrujara mi cerebro para sacar lo mejor de mí.

A las ocho tocó retirada. Yo no sabía dónde estaba, mi sentido de la orientación no es que sea muy bueno, pero con unas cuantas cervezas de más, deja bastante que desear. Lidia se ofreció a acompañarme, era como un callejero con patas, un GPS humanizado que sabía perfectamente las calles que rodeaban mi piso.

Una vez hubimos llegado, me sabía mal que se fuera sola a esas horas, y le invité a tomar la última en mi piso y así esperar a que el sol alumbrara sus pasos. Saqué un par de cervezas y unas patatas fritas. Ella las cogió con ganas, parecía casi tan hambrienta como yo, tantas horas de baile y de paseos habían dejado nuestras reservas bajo mínimos.

–          Aún no me has contado qué te ha traído hasta Burgos, cabeza de Castilla.

–          Trabajo. Estoy organizando junto con el Ayuntamiento una exposición.

–          ¿Eres arqueóloga?

–          No, qué va. Soy directora de Cultura en el Ayuntamiento de Madrid. Han encontrado unas obras de arte en los sótanos del Prado y objetos de Atapuerca en el Arqueológico, por lo que me toca venir a cuidarlos mientras aquí se ponen de acuerdo sobre qué es suyo y qué no.

–          Madrid nos ha expoliado la mayor parte de nuestra cultura.

–          De eso yo no tengo la culpa. Piensa que al menos están en el mismo país y no pasa como en el Museo de Londres o el de Berlín, que amparados por las guerras, se quedaron con todo lo que encontraron. ¿Te gusta la arqueología?

–          Como buena burgalesa, me gusta lo que es mío.

–          ¿A qué te dedicas?

–          Soy la responsable comercial de Firestone.

–          Vaya, una jefaza.

–          ¡Qué va! Una mandada más. Pero peor sería trabajar en Matutano, al menos no huelo a fritanga todo el día.

La última cerveza se convirtió en la primera de muchas que acompañaron nuestra charla. Cuando me quise dar cuenta, eran las dos de la tarde. No había dormido nada, pero la compañía hacía que mi cansancio se esfumara con cada risa que se me escapaba ante sus comentarios.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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