Olvidando la vida. Capítulo 17

Pasé una maravillosa tarde junto a Silvia, que no se despegó de mi lado en todo el tiempo. El resto del mundo parecía haber sido absorbido por nuestras historias, por sus palabras. Me resultaba gracioso ver cómo intentaba acercarse a mí, de vez en cuando, si algo le hacía gracia, me echaba la mano dulcemente sobre el hombro y me acariciaba el brazo. Era tierna, parecía fuerte, pero solo me demostraba las inseguridades que de ella emanaban. Como si de una conversación normal entre desconocidas se tratase, me instó a tocarle la piel para que sintiera lo seca que se le había quedado después de haberse pasado días caminando por la ciudad.

–          Como estos días ha hecho sol, he terminado en manga corta.

–          Te vas a coger una pulmonía.

–          No, qué va. Mi familia es del norte y yo soy una chicarrona.

–          Por muy del norte que sean, siguen siendo humanos. Ten cuidado.

–          ¿Puedo preguntarte algo? No me gusta mucho esto de meterme en la vida de los demás, pero me invade la duda.

–          Claro, dime.

–          ¿Sales con alguien? Si no quieres, no respondas.

–          ¿Por qué no iba a querer responder? No, no salgo con nadie.

–          Me alegro.

–          ¿De qué respondiera o de que no salga con nadie?

–          De ambas cosas. Pareces muy celosa de tu intimidad.

–          No, no lo soy. Al menos no demasiado.

–          Llevamos horas hablando y sé poco de ti. Ni siquiera soy capaz de averiguar qué estás pensando.

–          Eso es porque intento no pensar.

–          ¿Por algún motivo?

–          Porque me lo han recomendado mis amigas.

–          ¿Mal de amores?

–          No, es algo un poco más complicado, pero preferiría no hablar de ese tema. Al menos de momento.

–          Entonces me quedo con tu soltería. ¿Es autoimpuesta o es que acabas de salir de una tormentosa relación lésbica con su bollo-drama intrínseco?

–          Nada de eso. Es solo que me tomo las cosas con calma.

–          Entonces, ¿estás esperando a tu princesa?

–          Jajaja, no lo sé, puede. Aunque también podría ser yo la princesa.

–          No había puesto eso en duda –respondió con una gran sonrisa.

–          ¿Y qué hay de ti?

–          Yo estoy soltera, pero porque la chica que me gusta aún no se ha atrevido a dar el paso. Quizá no le guste.

–          Seguro que sí. Debería ser gilipollas para que no se sintiera atraída por ti.

–          ¿Tú eres gilipollas?

–          Espero que no –respondí con incertidumbre.

Podría haber alargado aquella conversación hasta la saciedad, pero, en vez de eso, se lanzó sobre mí, y me besó. Esperaba esa reacción, aunque no de esa manera. No es que besara mal, pero le sobraba un poco de entusiasmo. Quizá fuera culpa mía, quizá sea demasiado vainilla para las mujeres del ambiente.

Le pedí que fuera con más calma. Ella se extrañó, pero accedió a mi petición, y sus besos pasaron a ser lo único en lo que mi cerebro podía centrarse. Sentía sus manos recorriendo mi espalda, su aliento acelerando mi pulso, cómo con cada inspiración me colmaba de ganas, de ella, de su cuerpo, de retozar entre las sábanas durante horas.

Al fin, ella dio el paso y me invitó a terminar la noche en su casa, en su cama. No había nada que me apeteciera más en ese momento. Caminamos por Chueca, cogidas de la mano, como si en realidad formásemos una pareja estable. De vez en cuando, en un arrebato de pasión, amarraba mi cintura y rompía mis ansias con sus besos. Nos costaba seguir caminando, me costaba hasta hablar. Mis piernas comenzaron a no responderme, a ser palos de goma que se retorcían al son de su lengua. Unas manos nos separaron, tendiéndonos unos folletos. Mi mirada tuvo que ser de odio, porque antes de levantarla de los ojos de Silvia, la persona que nos interrumpió dio un paso hacia atrás. La miré, ella me miró, y reconocí el auténtico motivo de su retroceso. Era Verónica. Miré el folleto que había depositado en mi mano. Era de la mierda de secta en la que se había metido.

–          Ten cuidado muchacha. Ya no porque estés perdida en el camino de la homosexualidad, sino con ella.

–          ¿Por qué? –preguntó Silvia perpleja al ser consciente de que la loca de la secta me conocía.

–          Porque es una zorra que solo te hará daño.

–          Gracias, Verónica. Ahora, si nos disculpas, tenemos otras cosas que hacer.

–          Sí, claro. Pero ve con cuidado, chica. Te hará daño.

–          ¿De qué va todo esto, Helena?

–          Luego te lo cuento.

–          No, cuéntaselo ahora. Dile lo que me hiciste. Dile cómo me engañaste después de cinco años. A saber las veces que lo hiciste. Eres una zorra. No dejes que te haga lo mismo.

–          Mira, yo no sé de qué va todo esto. Pero no me parece bien que insultes a la persona con la que estoy.

–          No la insulto, la defino.

–          Vámonos, Silvia. Déjalo estar.

–          Claro, Silvia, déjalo estar, no sea que le joda el polvo.

–          Verónica, si no quieres que me acerque a ti, tú deberías hacer lo propio.

–          Haré lo que me dé la gana. Yo no soy la zorra.

Silvia estaba desconcertada y yo no iba a permitir que una tía tan sumamente idiota como para creerse que le habían curado, me jodiera una noche que estaba resultando realmente bonita hasta que ella apareció. Nos marchamos, sin mirar atrás. Me tocó explicarle todo a Silvia, cosa que no me apetecía demasiado, si quería empezar de nuevo, no podía pasarme el día contando cómo perdí la memoria y lo guarra que era antes de todo aquello.

No sé si creyó mi historia o no, pero pareció aceptar el hecho de que yo no era esa persona de la que Verónica le estaba hablando. Para colmo, ese no fue nuestro único encuentro inesperado de camino a su casa. Isa y Gaby también habían decidido que debían tomar el mismo camino que nosotras.

–          Vaya, si es la desaparecida.

–          Hola, chicas.

–          Esta es nueva, ¿no?

–          Silvia, te presento a Gaby e Isa.

–          Encantada –respondió la pobre, asustándose más que yo de lo que pudieran decir.

–          Me debes una llamada y varias explicaciones –dijo Isa.

–          Lo sé. Perdona. La semana que viene quedamos y me preguntas lo que quieras.

–          Vale. Anda, te dejamos tranquila.

Nos despedimos sin que Gaby fuera capaz de abrir la boca o de mirarme a los ojos. Deseaba que la casa de Silvia no estuviera demasiado lejos, porque otro encuentro con alguna ex y mis planes para esa noche se habrían ido al garete. Pero no fue así, llegamos pocos minutos después.

Silvia había soltado mi mano tras el enfrentamiento con Verónica, tampoco había vuelto a besarme. Supuse que continuó a mi lado por cortesía, porque muchas ganas de estar conmigo no parecía tener.

–          Si prefieres que me vaya, dímelo.

–          Lo siento, Helena, pero no entiendo nada de todo esto. Me gustas mucho, pero creo que llevas demasiado peso en la espalda como para que podamos tener algo más que una amistad.

–          Tranquila, estoy acostumbrada. Bueno, descansa. Ya nos veremos.

–          Gracias por comprenderlo.

Y así fue aquella noche que tanto prometía y que se quedó en nada más que unos besos, un calentón y demasiada gente a la que no quería ver. Regresé a casa, me quité la ropa, encendí el ordenador e intenté averiguar qué era lo que Helena Uno había visto en aquella que me llamaba zorra. La luz del teléfono me distrajo, parecía tener un mensaje. Al descolgar, una música sonó. Se trataba de una canción de Adele, “Don’t you remember” (http://www.youtube.com/watch?v=_If00nv9xFA). ¿Quién habría dejado una canción así grabada para mí?

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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