Olvidando la vida. Capítulo 16

Después de escuchar con detenimiento una rocambolesca historia sobre transformaciones, me di por vencida.

–          ¿Cómo puede cambiar su sexualidad? Explícamelo, porque no lo entiendo.

–          No lo sé. Yo tampoco me lo creo, pero ella está convencida.

–          Eso es una secta. Tengo que hacer algo.

–          No, Helena. Apártate de su camino.

–          Estoy segura de que la otra yo no lo permitiría.

–          A ella no le importaba la gente.

–          Verónica sí. Ha guardado sus cartas, sus fotos. No tengo ningún recuerdo de ella. Es un borrón en toda esta historia. Necesito ayudarla, hacer que salga de esa mierda. Se lo debo, Helena Uno se lo debe.

–          ¿Qué piensas hacer?

–          No lo sé. Ya se me ocurrirá algo.

–          Mantenme informada. Y, por favor, no le hagas más daño.

Eva se fue y yo busqué en internet información sobre aquel grupo que prometía un cambio en tu vida, volver al redil, ser parte de una sociedad mejor. La portada de su página ya lo decía todo…

Fui pinchando en cada uno de sus apartados, y con cada palabra me cabreaba más y más. El tal Hermano Lucas decía ser licenciado en Psicología Transformativa por la Universidad de Berkeley (aunque en la página lo escribían con v), con más de diez años de experiencia en el cambio de “las decisiones afectivas”. Vamos, un timo como una catedral. Pinché en Eventos, y vi que tenían su sede en Madrid y que ese mismo fin de semana se irían a una casa en Cercedilla para que los nuevos conocieran a sus padrinos y, dándose la mano, caminaran por la senda de la rectitud.

Llamé a Eva, necesitaba que alguien me dijera cómo debía actuar, pero ella retuvo mi plan de rescate. Según ella, Verónica se encontraba mucho mejor si yo no estaba cerca. Me propuso, como cientos de personas habían hecho antes, que olvidara ese pasado que no recordaba y comenzara una nueva vida. La única persona a la que conocía de mi presente era Tami, por lo que decidí recurrir a ella en busca de salvación.

–          No sé, tía. Quizá tengan razón y debas dejarte de hostias. Vales un montón y pudiendo hacer lo que te dé la gana, no sé para qué insistes en descubrir un misterio que no quiere ser resuelto.

–          Me da pena Verónica, me dan pena todas esas chicas a las que hice daño. Quisiera poder arreglar las cosas.

–          No cometas los mismos errores. Sal, diviértete, folla, no sé, lo que sea, pero empieza a vivir por ti misma y no bajo la sombra de Helena Uno. He quedado con unas chicas, vente, te las presento, y ¿quién sabe?, quizá hasta mojes.

–          Sí, pues como no sea pan…

–          Ahora no me digas que tus hormonas están muertas.

–          No, claro que no. Pero no me quito todo esto de la cabeza.

–          Pues ven. Lo pasaremos bien.

Caminamos durante un buen por las calles de Madrid. Un Madrid gélido que parecía haber congelado los corazones de sus habitantes. De pronto, una chica perdida, salió de la nada, tropezándose conmigo y dejando caer su cámara de fotos.

–          ¿Estás bien? –pregunté asustada tras el golpe.

–          Sí. ¡Joder, mi cámara!

–          ¿Se ha roto?

–          No lo sé. ¡Mierda!

–          Lo siento mucho.

–          No te preocupes, ha sido culpa mía. Iba despistada, mirando los árboles y como una buena tonta he tropezado.

–          Es lo que tienen los turistas –alegó Tami, a la que la torpe muchacha parecía haberle caído en gracia.

–          Soy de aquí, pero me gusta salir y ver cómo cambia la ciudad –contestó mientras intentaba montar la cámara-. Siento haberme puesto así. Es un regalo de mi hermana y le tengo mucho cariño.

–          Normal. Si puedo hacer algo…

–          Claro que puedes, puedes invitarla a venir con nosotras. Hemos quedado con unas amigas. Quizá podamos enseñarte algo nuevo de la ciudad.

–          No sé.

–          Ella es Tami, la lanzada. Yo soy Helena. Y, por supuesto, no tienes por qué aceptar la invitación, aunque sería un placer poder invitarte a una cerveza a cambio del choque.

–          Yo soy Silvia. Pero creo que la cerveza te la debo yo a ti por el gritito que has dado.

–          Pues no se hable más. Entre todas arreglaremos tu cámara. Vamos, tía, que llegamos tarde.

La conversación durante el resto del camino fue entretenida. Silvia parecía una persona culta y divertida, aunque no estaba segura de que supiera dónde se estaba metiendo. Llegamos bastante más tarde de lo que pensábamos, pero al resto no pareció importarles demasiado. Después de las ceremoniosas presentaciones, las conversaciones se fueron diseminando en pequeños grupos. Silvia prefirió quedarse a mi lado, como si yo pudiera protegerla de aquel harén de lesbianas devoradoras de mujeres.

–          ¿Tanto se me nota? –preguntó.

–          ¿El qué?

–          Que entiendo.

–          No lo he sabido hasta ahora mismo, así es que supongo que no.

–          Menos mal, porque me da mucha vergüenza.

–          Tranquila, yo no he notado nada.

–          ¿Y ellas? No es por nada, pero las lesbianas tenemos un radar que las hetero no sabéis usar.

–          Pues el tuyo falla bastante, porque yo soy lesbiana.

–          ¿No?

–          Sí –aquella conversación era digna de dos besugos.

–          Pues vaya. Tendré que llevar mi radar al taller.

–          Y tu cámara.

–          Jajaja, sí. Y a mí misma, que no me vendría mal.

–          Pues yo te veo muy bien.

–          Gracias. ¿Estás intentando decirme algo?

–          Nada más allá de lo que ya he dicho.

Era guapa, inteligente y muy alta para ser lesbiana. En aquel momento pensé que me gustaba Silvia, y no me equivocaba, porque cada vez que abría la boca era para cautivarme más y más. Me olvidé por completo de Eva, de Verónica, de Judith, de aquel plan sin sentido que estaba marcando mi vida. Era hora de encauzar mi rumbo, ese camino debía llevarme hasta mi bienestar, no al de Helena Uno y su macabra mente.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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