Olvidando la vida. Capítulo 15

Estábamos en casa de la señora Pilar. Susana era mucho más joven, quizá tendría quince años. Me gritaba, pero no entendía muy bien lo que decía, porque yo me sentía completamente hundida. Permanecí en silencio, mientras ella me reprochaba algo que no llegué a comprender. Al parecer también tuvimos nuestros problemas. Su irritación no hacía más que crecer, y me decaimiento aumentaba a un ritmo prodigioso. Sabía que Susana tenía razón, sabía que era mi culpa, pero ¿el qué?

–          ¡Qué pasa, sister!

–          Susana, he recordado algo.

–          Mira, si es sobre Vero, Judith o cualquiera que forme parte de eso, yo paso.

–          No, es sobre nosotras. Discutíamos.

–          Hemos discutido mucho.

–          Tú me gritabas, estabas alterada, yo lloraba.

–          Solo te he visto llorar una vez, y no voy a hablar de ese día.

–          ¿Por qué?

–          Porque me alegro de que lo hayas olvidado. ¿Por qué no pasas del pasado y empiezas de cero? No todo el mundo puede, y tú sí.

–          No puedo, recuerdo cosas, tengo dudas, y tú no eres de gran ayuda.

–          ¡Joder, tía! Mira, si estás en este plan, me piro. Paso de más malos rollos. Ahora nos llevamos guay, y tú quieres joderlo.

–          No quiero joder nada, Susana. Quiero saber quién soy. ¿Tan difícil es de entender?

–          Sí, porque eras una hija de puta, que solo pensaba en ella misma. Que nos jodió a todos y a la que ahora hay que dar una oportunidad porque la niña se ha olvidado hasta de su nombre.

–          ¿Tanto me odias?

–          No lo sabes bien –dijo con rabia.

–          Es mejor que pidas a tus amigos que se marchen. No te molestaré más y desde luego no voy a pedirte ninguna oportunidad.

No comprendía aquel cambio de rumbo en la relación con mi supuesta hermana, pero parecía mejor aceptarlo que tener que volver a pedir disculpas por algo que había hecho alguien que ya no era yo.

Encendí el ordenador, sin percatarme del desastre de salón que los amigos de Susana me habían dejado. Necesitaba saber más, esa puta ansia no cesaba y se estaba apoderando de mí cada vez más.

Las mismas fotos, los mismos archivos sin sentido, la misma sensación de no avanzar. Una música empezó a sonar, pero, ¿de dónde venía? Parecía proceder de mi bolso. Era mi móvil. No aparecía ningún nombre, identidad oculta. Descolgué y una bonita voz de mujer respondió al “dígame”.

–          Tenemos que hablar. ¿Estás en casa?

–          Sí.

–          Estoy allí en dos minutos.

Y colgó. No sabía quién era, pero parecía ansiosa por verme, por compartir una charla sobre algún asunto desconocido para mí. No pasaron los minutos prometidos cuando sonó el timbre. Abrí sin preguntar, y poco tiempo después una mujer algo más mayor que yo, alta, vestida con un elegante traje, el pelo recogido y cara de pocos amigos, se presentó ante mí. No me dejó que le invitara a entrar, ni tan siquiera me saludó.

–          ¿Has estado de fiesta?

–          Más o menos.

–          Bueno, no vengo a meterme en tu vida. Solo quiero decirte que no vuelvas a acercarte a ella.

–          ¿A quién?

–          Los años no pasan por ti, ¿siempre tienes que ser tan gilipollas?

–          Te lo pregunto en serio.

La chica me miraba, no sabía si le estaba tomando el pelo  o realmente no sabía de qué me hablaba.

–          A Vero, ¿a quién iba a ser?

–          No lo sé. ¿Por qué no puedo acercarme a ella?

–          Porque no quiere verte, y lo sabes.

–          No, no lo sé. Tampoco sé quién eres tú, ni por qué te presentas en mi casa amenazándome.

–          Han pasado muchos años, pero no creo haber cambiado tanto.

–          No lo sé. ¿De dónde has sacado mi número?

–          ¿Qué más da eso? Déjala en paz. ¿Entendido?

–          No.

–          ¿De qué vas, Helena? ¿No tuviste suficiente?

–          Mira, sigo sin saber quién eres, no sé por qué me prohíbes hablar con nadie, no sé cómo sabes dónde vivo, ni quién te ha dado mi número de teléfono, así es que, o me explicas las cosas o te marchas.

–          ¿Es verdad?

–          ¿El qué? –no había quién entendiera a aquella mujer.

–          Lo de la amnesia.

–          ¿También sabes eso? Pues entonces aclárame todo esto.

Suspiró y sin ser invitada a nada, fue a la cocina, sacó un refresco de la nevera, se sentó en el sofá y suspiró.

–          ¿Por dónde empiezo?

–          Por tu nombre, por ejemplo.

–          Eva.

–          ¿Eva? Una chica me habló de ti.

–          ¿Judith?

–          Sí.

–          Empezamos bien… Olvida todo lo que te haya dicho esa gilipollas. ¿Por qué fuiste a ver a Vero?

–          No creo que deba contarte mis motivos. Perdóname, pero no te conozco de nada.

–          Vamos, que quieres información a cambio de que me contestes.

–          Sí. Nadie me dice nada de Verónica. Ni mi hermana, ni mi madre y lo que me contó Judith me sonó muy raro.

–          De esa loca no te creas ni su nombre. A ver, resumiendo, no puedes ir a ver a Vero porque le haces daño.

–          Eso es mucho resumen.

–          ¡Cómo eres! Era tu novia, le engañaste, rompisteis y ya está.

–          ¿Yo le engañé? Se suponía que tú te habías acostado con ella.

–          ¿Yo? No, ni de coña, es mi mejor amiga.

–          Quiero la historia completa.

–          No puedo dártela, Vero no quiere que esté aquí, que hable contigo. Pero la he visto destrozada. Ahora tiene otra vida, podrá ser más o menos convencional, pero es la que quiere llevar. Estaba tranquila hasta que tú apareciste.

–          Si no me lo cuentas tú, volveré a hablar con ella.

–          Helena, por favor, no seas así.

–          Estoy harta de que me diga todo el mundo cómo debo ser y nadie me diga cómo soy. Eva, sé que no me entiendes, pero ponte en mi lugar, no conozco a nadie, pero todo Chueca sabe quién soy, no sé en quién confiar, mi hermana primero me quiere, y cuando le hablo del pasado, me odia. Todo el mundo me odiaba, y no sé por qué. Parece que me tiraba a todo lo que llevara faldas, pero ese no es motivo suficiente para que la gente sienta eso hacia mí. Luego hay otras, que solo quieren acostarse conmigo, porque debo estar de moda, y el último grupo son las amigas de alguna chica a la herí, que, o me odian, o quieren follarme. Tú eres de esas, y no sé el motivo, ni cómo solucionarlo. Estoy perdida en medio de un montón de mujeres que no me conocen, porque yo no soy esa persona que recuerdan.

Comencé a llorar, y aquella muchacha que al principio me miraba con recelo, se enterneció ante mi monólogo de la soledad profunda en la que me encontraba. Me abrazó, sin lograr consuelo alguno, pero sí consiguió que mirara al mundo con un poquito menos de miedo. Empezó a contarme una historia, mientras yo seguía sin lograr que mis lágrimas detuvieran su rumbo. Era la primera vez que me sinceraba de aquel modo con una persona desde mi resurgimiento.

“Vero y yo nos conocemos desde casi toda la vida. Íbamos al colegio juntas y nuestra salida del armario la hicimos cogidas de la mano. No quiero decir que estuviéramos juntas, sino que éramos muy buenas amigas. Cuando acabamos la carrera, ambas estábamos demasiado liadas con el MIR como para vernos, pero seguíamos manteniendo el contacto. Conseguí trabajo en un hospital público y ella en un centro de diagnóstico. Un día me llamó y me dijo que se había enamorado de una niñata de dieciocho años. Yo le dije que no se dejara llevar por los amores veraniegos, que ella ya era una mujer, y esa jovencita no sabía nada de la vida, pero no me hizo caso.

Un día quedamos y me la presentó, eras tú. Comprendí nada más hablar contigo qué era lo que había visto en esa mocosa de pelo oscuro. Eras divertida, desvergonzada, inteligente, con muchas ganas de comerte el mundo. Vero estaba fascinada con todo el entusiasmo que le ponías a la vida.

Quedábamos de vez en cuando, pero, cuando conocí a Judith, como erais de la misma edad, intentamos vernos algo más. Cuando tu padre murió, cambiaste por completo y no nos dimos cuenta de lo que sucedía, hasta que ella confesó estar liándose contigo. Para mí fue una putada, me gustaba mucho Judith; pero para Vero fue como la muerte. Te quería tanto que aún no lo ha superado.”

–          Y esa es la historia.

–          ¿Estuvimos mucho tiempo juntas?

–          Cuatro o cinco años. Hasta que tú terminaste la carrera y aprobaste la oposición.

–          ¿Me estás insinuando que estaba con ella por el dinero?

–          No lo sé, Helena. Creía que la querías, pero le jodiste todo lo que pudiste y más.

–          Por lo visto es bastante habitual que engañe a mis parejas, y ninguna otra se ha puesto así.

–          No creo que ninguna te quisiera como ella, no creo que aguantaras tanto con una chica y no pienso que después fueras restregándole los cuernos por la cara.

–          ¿Qué quieres decir?

–          Pues que te liaste con todas nuestras amigas, que fuiste a su cumpleaños dándote el lote con su prima, que la llamabas a altas horas de la mañana, llorando y le decías que la querías para que al día siguiente te viera del brazo de otra amante nueva.

–          ¡Qué hija de puta!

–          Y eso no es ni la mitad. Por eso no debes molestarla.

–          ¡Claro que sí! Debo pedirle disculpas.

–          No, deja que viva tranquila. Está esperando que le acepten los papeles para adoptar a una niña china, tiene una vida, un marido…

–          ¿Un marido? –interrumpí.

–          Sí. Bueno, eso es algo difícil de explicar.

–          Pues empieza.

 

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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