Olvidando la vida. Capítulo 14

Podría describirse el sexo de mil y una formas, pero con Gaby, solo cabe una definición, DELICIOSO. Estaba claro que no era nuestra primera vez, pues sabía muy bien cuándo, dónde y cómo tocarme. Recordar su majestuoso cuerpo sobre el mío no logra otra cosa que no sea estremecerme por el recuerdo. Esas manos que me envolvían, que me tocaban con la misma suavidad con la que se acaricia una Mimosa, esos ojos que me hacían perderme en ella, esos labios que me recorrieron entera, de arriba abajo, su lengua, que lograba que alcanzara el infinito. Toda ella era tan perfecta, que ni mis orgasmos podían entender el motivo por el cuál había pasado tanto tiempo separada de ella.

–          Veo que hacía mucho que no follabas. Nunca te conocí estas ganas.

–          No digas follar, por favor. Hace que parezca algo sucio, y a mí me ha resultado precioso.

–          ¿Prefieres que use eufemismos? Para hacer el amor hay que estar enamorada. Y tú no sabes lo que es eso.

–          Quizá no lo sepa ahora, pero lo supe, y aunque no lo recuerdo, prefiero que uses ese término.

–          ¿Quién fue la última con la que te acostaste?

–          Eso da igual.

–          A mí no me da igual. Cuéntamelo.

–          Fue Isa.

–          ¿Isa? ¿Mi Isa? ¿Cuándo?

–          En Sitges. Me llamó, notó que estaba algo jodida y vino a verme.

–          Ya, a verte…

–          Sí, pero no sé cómo pasó.

–          ¿Estáis juntas?

–          No. Ella quería más, pero yo estoy muy perdida como para meterme en una relación.

–          ¿Esto ha sido solo un polvo?

–          No quise decir eso, Gaby. Pero si quieres que sea algo más, necesito ir despacio, necesito tiempo.

En un arrebato de ira, se vistió y salió de mi casa. Me dejó desnuda, sola en la cama que había sido testigo silenciosa de nuestra lujuria. Me sentí triste, apenada. Quería abrazar a Gaby, que se quedara conmigo aquel día, la necesitaba, pero ella prefirió darme la espalda. Supuse que era en esas condiciones como dejaba Helena Uno a todas esas amantes a las que prometió amor eterno y luego olvidó entre las piernas de otra.

Fui a casa de la señora Pilar. Le había prometido un rato hija-señora, y debía cumplirlo. Al llegar, solo estaba Susana. Me recibió como si hiciera siglos que no me veía, por lo que llegué a la conclusión de que quería algo más de mí.

–          ¡Cuánto te he echado de menos, hermana!

–          ¿Necesitas dinero?

–          No, ¿por qué?

–          Por tu actitud. ¿Dónde está la señora Pilar?

–          Ha ido a comprar, que le faltaban gambas para hacerte una sopa de marisco.

–          Me encanta. Por cierto, he hablado con Judith y me ha contado que Vero y yo éramos pareja y que me puso los cuernos con una tal Eva. ¿Sabes tú algo?

–          ¿No puedes dejar ese tema en paz?

–          No. Necesito saber la verdad.

–          No lo necesitas, estás mejor así. Y no hagas caso a esa guarra.

–          ¿Es mentira lo que me ha contado?

–          Te respondo si me dejas tu casa esta tarde.

–          ¿Ves como querías algo de mí? ¿Para qué la quieres? ¿Has quedado otra vez con el musculitos sin dinero para pagar un hostal?

–          Quiero dar una fiesta.

–          Ni de coña.

–          Por favor –suplicó con su mejor cara de pena-. Es muy importante para mí.

–          Y para mí lo es seguir teniendo un sitio donde vivir. No quiero volver a las fauces de tu madre.

–          Nuestra madre. Cuidaré la casa, te lo prometo. Solo serán unos amigos. Puedes venir si quieres.

–          Hacemos un trato. Tú me respondes y yo voy a la fiesta, pero si veo que tocan algo, todos a la puta calle, ¿entendido?

–          Vale. ¿Cuál era la pregunta?

–          ¿Verónica me puso los cuernos con la novia de Judith?

–          No. No fue eso lo que pasó.

–          ¿Qué sucedió entonces?

–          Ya he contestado. No voy a hablarte más de este tema. Y a mamá ni se lo menciones.

Susana estaba enfadada ante mi insistencia y yo no comprendía su recelo a contarme más cosas de Vero, pero dejé estar el tema, quizá por la tarde, cuando estuviera borracha, consiguiera más de ella.

La comida con la que se autodenominaba mi madre fue bien. Habló mucho de sus amigas, de un viaje que harían juntas a Egipto, de lo poco que salía desde que murió su marido, de las partidas a la Brisca, de los bailes de salón en el Hogar del Jubilado, vamos, temas muy interesantes para una treintañera.

Con la cabeza corrompida por horribles imágenes de mujeres jugándose la dentadura postiza a una carta, salí de aquella casa, con Susana amarrada de mi brazo y con muy poquitas ganas de estar en su fiesta. Tenía el coche cargado de botellas, comida, espumillón y cosas varias, como si supiera que no iba a negarme a su propuesta. Me tocó ayudarle con los preparativos y sonreír ante la llegada de sus invitados. Todos eran unos pijos redomados, pero traían regalos, que, tras el festejo, abriría y podría cotillear en qué invierten sus regalos los “niños bien”.

Mientras realizaba mi papel de portera de habitación para evitar que unos hormonados adolescentes sofocaran sus ansias de fornicar en su cama, una muchacha, de la edad de Susana, se me acercó.

–          Hola, soy Fátima. Tú debes ser la hermana de Sus.

–          Sí.

–          Te llamas Helena, ¿verdad?

–          Sí –la chica no se daba cuenta de las pocas ganas de conversación que tenía.

–          Te he visto por el trabajo. Acabo de sacarme la plaza.

–          Enhorabuena.

–          En realidad eres mi jefa. Aunque hay un montón de cargos intermedios entre nosotras. Soy auxiliar administrativa. Mi jefa es Inés.

–          Es una buena chica.

Pasé un rato hablando con Fátima. Hasta que me soltó el típico cotilleo de oficina.

–          ¿Sabes que Inés es bollera?

–          ¿Es eso importante? –pregunté con total indiferencia.

–          Te lo digo para que tengas cuidado, no sea que quiera meterte mano o algo así.

–          Inés siempre ha sido muy correcta conmigo. Si no es tu caso, deberías presentar una queja en Recursos Humanos y no ir difundiendo rumores por ahí.

–          No son rumores. La han visto con otra tía por Chueca.

–          Eso no implica nada. Yo salgo por Chueca. ¿Crees que soy lesbiana? ¿Cómo sé que tú no lo eres? En su tiempo libre puede hacer lo que le plazca, y me sorprende que alguien tan joven tenga tantos prejuicios.

–          A mí me da igual con quién se acueste. Solo era un comentario.

–          Pues yo te comento que creo que la lesbiana eres tú.

–          ¿Yo? No es cierto.

–          Pues yo lo creo. Trabajas para una mujer a la que han visto con otra. La homosexualidad puede ser contagiosa.

–          Eso no es cierto.

–          Ni lo que tú dices tampoco. Creo que es mejor que te vayas, no sea que me dé por besarte y se líe una gorda.

–          Tú no harías eso.

–          ¿Crees que no sería capaz de besar a otra mujer?

–          No lo eres. Se nota en tu estilo, tu pose. Seguro que solo sales con hombres fibrosos trajeados que te llevan a buenos restaurantes a cenar y…

Me había tocado tantos los huevos que me vi en la obligación de sacar a esa muchacha de la duda existencial que le invadía. Le sujeté la cara y le di el mejor beso que había recibido esa idiota en su vida. Tanto le gustó, que quiso más, a lo que yo, por supuesto, me negué.

–          Ahora ten más cuidado con lo que vas diciendo por ahí, porque yo también puedo hablar.

–          Bésame otra vez, por favor. Nunca me había gustado tanto. ¿Follas igual de bien? Folla conmigo.

–          Menos mal que no eras lesbiana. No voy a hacer nada contigo, prefiero mis cenas con fibrosos hombres en restaurantes de lujo.

Día absurdo con sus correspondientes conversaciones ridículas. Lo mejor para rematar un día odioso es besar a una niñata y transformarla en una futura ninfómana lesbiana.

 El sonido del móvil me devolvió a la realidad. Era Gaby. No entendía por qué me llamaba después de haberse ido esa misma mañana de la forma en que lo hizo.

–          Dime.

–          Tu casa está llena de niñatos. Deberías cerrar mejor la puerta. ¿Llamo a la policía?

–          ¿Estás aquí?

–          ¿Estás ahí? –preguntó sorprendida.

–          Sí, es la fiesta de mi hermana. Pasa, que estoy en la puerta de la habitación.

–          Si estás con una de estas pánfilas, me voy.

–          No, estoy vigilando que no entren en mi cuarto.

–          Voy.

Tardó cinco minutos en atravesar el salón, no es que sea kilométrico, pero la concentración de gente era atroz. Sus ojos denotaban una mezcla entre enfado y satisfacción por no verme en los brazos de otra.

–          ¿Cómo te has metido en este lío?

–          No lo sé…

–          No sabía que tuvieras buena relación con tu hermana. Nunca me hablaste de tu familia.

–          No sé qué relación teníamos, pero sabe cosas de mí, como mis amoríos y mis gustos, así es que supongo que muy mala no debía ser.

–          Quiero que hablemos de lo que ha pasado esta mañana.

–          A mí también me gustaría. Vamos a mi habitación, porque aquí es imposible entre tanto mochuelo.

–          Helena, me gustas mucho, ya lo sabes, pero estoy perdida contigo –dijo una vez hubimos cerrado la puerta.

–          Gaby, no sé qué decirte. A mí me atraes muchísimo, me gustaría estar contigo si nos encontráramos en una situación normal, pero esta no lo es. Yo no sé si mañana me despertaré y seré otra vez la de antes. No sé a quién quería Helena Uno, sé que por ti sentía cosas muy bonitas, pero también por Isa, y a mí todo esto me confunde, porque tengo esos sentimientos, pero también los míos.

–          Entiendo lo que me dices, pero comprende que no quiera esperar a saber qué pasa. No quiero que un día me mandes de nuevo a la mierda. Deberíamos darnos tiempo, ver qué pasa, ver cómo va tu memoria, cómo evolucionan nuestros sentimientos, y ya se verá lo que sucede.

–          Me parece lo mejor.

Gaby se marchó y yo me quedé como esa misma mañana, perdida en mi habitación, esperando que se diera la vuelta, que regresara a mis brazos. Pero no sucedió, y en vez de ella, fue Fátima la que atravesó el umbral, vociferando.

–          Me has convertido en una invertida.

–          No he hecho nada. Tú tenías dudas, yo te ayudé a resolverlas.

–          ¿Qué vas a saber tú de mis dudas?

–          Estaba muy claro. Y además estoy convencida de que te gusta Inés.

–          ¿Cómo sabes eso? –preguntó extrañada-. Nunca se lo he contado a nadie.

–          Es que es muy evidente. Intentabas sonsacarme. Habla con ella si de verdad te gusta, pero fuera del trabajo, no quiero gilipolleces en la oficina.

Fátima se fue más tranquila. Yo me alegré por ella, al menos alguien había sacado algo en claro de ese día. Susana entró en la habitación, y con ella, un nuevo recuerdo desembarcó en mi cabeza.

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About Remendada

No se me dan bien los idiomas, por eso escribo en clave. Estoy descubriendo Twitter, así es que si tienes algo que enseñarme, búscame http://twitter.com/#!/Sremendada
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